sábado, 23 de febrero de 2013

LA CASCADA

Se asombra al descubrir que allí también hay playas. La mano mojada en el agua helada del río tarda diez minutos en dejar de dolerle. El vientre verde de los pájaros se esconde entre las ramas estropajosas de los árboles que han sufrido el embate de la última tormenta. Junto a la cascada lee un poema sobre una cascada, pero las dos cascadas no se parecen. Ha ido pensando, a lo largo del camino, en la amarga cortedad de los días, en la escasa tregua entre el amanecer y el anochecer que no es siempre sino una condena para el caminante. La extraña lengua impermeable que hablan en la taberna no coincide con la lengua que escupen el televisor o los periódicos. Boñigas sobre la nieve como el calor de un mundo perdido por el que cruzamos de puntillas. El canto de los pájaros es un crujido que martillea unos segundos: un cuerpo tan pequeño para un sonido tan rotundo. Un sol maravilloso brilla como queriendo demostrar que las montañas no son sino los juguetes blancos con los que se entretienen los hijos de los titanes invisibles. El cuerpo sigue siendo nuestro único enganche con un mundo del que podríamos soltarnos en cualquier momento y que acaso no es sino un lastre que nos impide acceder a otros mundos posibles. La cerveza ronronea en su vientre ya hambriento, pero al parecer el restaurante más cercano está a más de media hora. Las ruinas del castillo, en lo alto del peñasco, son lo más vivo de un pueblo sumergido en la pecera del tiempo. Un anciano de unos setenta años lo confundió con un sacerdote. Los caminos pueden llevar a muchos lugares, pueden atravesar países enteros, pero si no se es capaz de abandonarlos al buen tuntún no sirven para nada. Atrapó una rana que se había escapado del estanque cuyas aguas hedían, la tuvo unos instantes presa entre sus dedos y, después de mirarla como un amante a su amada o como un verdugo a su víctima, la dejó de nuevo en el barro. La enseñanza que se desprendía del río que corría a su lado no era más que la vieja cantinela de la fugacidad de todo instante: solo que el río era más rápido que él. El gorro rojo, el abrigo negro, la mochila azul y las botas marrones debían de darle un aspecto de lo más estrafalario si aquellas chicas interrumpieron su conversación junto a la cristalera del pub y se fijaron en él al verlo pasar. El anciano le preguntó si tenía mujer. Se comió un queso cubierto de trocitos de piña en uno de los extremos del pueblo, en el lugar donde empezaban los caminos de montaña, lo que lo expuso a que todo el que pasaba le dirigiera la palabra. Al parecer, había zigzagueado entre los montículos de nieve, las placas de hielo, los charcos de agua y los montones de barro del camino junto al río solo para que aquel anciano estúpido le preguntara si nunca había tenido una mujer. Los gatos deambulaban por las callejuelas o descansaban en los portales de las casas con tanta indiferencia como si no fueran más que gatos soñados. Algún día la gran grieta por la que bajaba la cascada se tragaría el pueblo por la noche. La arena de las pequeñas playas a la orilla del río era extrañamente parecida a otras arenas que conocía. Tuvo que decirle al anciano que nunca había tenido una mujer porque la gran pasión de su vida había sido la soledad en la naturaleza. O acaso eran las crecidas del río las que habían desbaratado los bosques, las que habían doblegado los troncos, las que habían hecho que las ramas se enzarzaran en una batalla que solo parecía congelada al paso del viajero. Regresa una y otra vez a cuando nunca estuvo aquí, a cuando ni tan siquiera podía imaginarse estar aquí, pero una y otra vez desemboca en el mismo vago presentemiento del momento presente. Por culpa de las conversaciones imprevistas no tendrá tiempo de subirse en el funicular cuyos horarios apuntó antes de salir. Su siguiente respuesta al anciano fisgón fue tan contundente como que le dijo que no, que nunca había mantenido relaciones sexuales. La rana, en vez de salir huyendo, se le quedó mirando con el cuerpo cubierto de barro y él pensó en agacharse y atraparla de nuevo, pero sin malas intenciones. El poema decía que, junto a la cascada, había una cueva en la que el protagonista se refugiaba para recuperarse de sus heridas. En todas las tabernas atiende una muchacha joven que habla animadamente con los parroquianos. También en aquel pueblo, junto a la cascada, había una gruta, una gruta glaciar que prefirió no visitar. El anciano le preguntó, mientras explicitaba el gesto obsceno correspondiente, si ni siquiera practicaba sexo consigo mismo, lo cual era perfectamente natural, añadió, a lo que él le contestó que no, que él, aunque no era propiamente un sacerdote, practicaba una castidad casi religiosa y que la vida contemplativa en contacto con la naturaleza le bastaba para ser feliz.   

jueves, 21 de febrero de 2013

ARTHUR PARCHET

Me intriga el destino de Arthur Parchet (1878-1946), compositor del Valais que triunfa en la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial como director de orquesta y joven promesa de la música. Vive en Berlín, Mannheim, Stuttgart. Admirado por una novelista inglesa, Aline Wakley, quizá en gran medida debido a su porte, a su estatura, al exotismo salvaje de su aspecto, se convierte en el protagonista de su novela Un hijo de Helvecia. Al estallar la guerra, se ve obligado a volver, empobrecido, a su pueblo de origen, Vouvry. Allí lo acompañan más tarde su mujer y su hijo. Se dedica a dar clases de alemán en colegios de la región. Critica la música local, las fanfarrias, los acordeones, las armónicas. Sufre todo tipo de críticas, se gana enemigos, el pueblo lo rechaza. Pasa a trabajar en el campo, con otro refugiado como él, pero en este caso rumano: Panait Istrati. Se hacen grandes amigos. Comparten penas y labores, recorren las tabernas. Istrati le presenta a Romain Rolland, exiliado entonces en Villeneuve. Parchet intenta elevar la calidad de la enseñanza musical, se propone introducir nuevos métodos, se empeña en incorporar ideas novedosas sobre la cultura y el arte a una sociedad cerrada, provinciana, sorda para todo lo que no provenga de la tradición. Ninguna de sus propuestas es aceptada. Al cabo de unos años muere su mujer. Parchet se queda, viudo, al cuidado de su hijo. También este muere unos años más tarde. Parchet está ahora solo en Vouvry. Istrati se ha ido y con el tiempo se convertirá en un escritor famoso. El piano que le regala a su viejo amigo compositor aún se conserva en el museo local. Al final de su vida, Parchet funda un coro de aficionados al que logra elevar a niveles de calidad inusitada. Compone para él piezas hoy en día olvidadas. Vive prácticamente de la mendicidad, de las limosnas de unos vecinos para los que no es sino un estorbo, un loco, un trastornado, un inútil, un frustrado y un alborotador. Parchet enferma. En 1944 le escribe a René-Pierre Bille, hermano de S. Corinna Bille y uno de sus pocos amigos: «Todo mi arte es para mí y la vida solo me es valiosa en la medida en que me permite cultivarlo. La imposibilidad de hacerlo es para un artista peor que la muerte. Y este estado de cosas me ha convertido en un rebelde...». Arthur Parchet muere en la clínica Saint-Amé de Saint-Maurice el 20 de febrero de 1946. 

domingo, 17 de febrero de 2013

LAUSANA

En una habitación de hotel alguien se pudre. Contempla la foto de los dos cerditos ―¿o es un grabado, una litografía?― y se pregunta qué le estará contando el uno al otro al oído. Es tanto lo que ha olvidado que ni siquiera recuerda en qué hotel durmió años atrás cuando visitó esa misma ciudad. ¿Habrá sido en el mismo que ahora, incluso en esa misma habitación? No es que recordarlo pudiera servirle para nada, pero quizás se sentiría un poco menos abandonado en ese atolladero, en esa desgana que lo roe por dentro. Hay tres espejos en la habitación del hotel, pero en ninguno podría reflejarse otra imagen de sí mismo distinta a la de un ser derrotado. De resto, unos visillos, unas colchas, unas sillas, una mesa, un armario y unas lámparas de una baratura tal, de un fealdad tan infame que no sabe hacia dónde volverse para sentirse un poco menos deprimido. Si abre la ventana para mirar hacia la catedral ―allá arriba, como construida en lo más alto de la ciudad para apabullar, para imponer su presencia en todos los rincones―, un frío cortante le hiela la cara. El baño no es un lugar en el que pueda pretender encontrar el más mínimo alivio: una luz mortecina, que va incrementándose poco a poco en intensidad sin dejar nunca de brillar de un modo fantasmagórico, lo invita a usarlo lo menos posible (cepillarse los dientes casi a oscuras es una experiencia que linda con el más tenebroso de los mutismos). No escucha nada a través de las paredes, no ha visto a nadie atravesando los pasillos cubiertos de unas alfombras pegajosas que parecen puestas allí para convertir los pasos en quejidos que no obtendrán nunca compasión alguna. Algo le dice que ha entrado en el más definitivo de los silencios, que han quedado atrás las últimas posibilidades de conversación, las eventuales intervenciones en diálogos que podían haber sido monótonos o miméticos pero que eran, por lo menos, una tentativa plausible de salir de sí mismo. Sabe, se dice, que el de estas pasadas semanas ha sido el último intento de establecer un vínculo afectivo con alguien distinto al fantasma que ve todas las mañanas al desvestirse ante el espejo para ducharse. Asume esto con una compostura que le asombra. Uno de los cerditos acerca su hocico a la oreja del otro para susurrarle alguna confidencia. Hay otros cuadros en la habitación en los que ni siquiera se ha fijado, para qué. La estufa emite un ronroneo sospechoso que lo lleva a pensar que en cualquier momento puede dejar de fucionar. Este cuerpo, se salmodia, es el mismo que estuvo en tantas otras habitaciones de hotel, el mismo que heredé del cuerpo de ayer, que era el mismo heredado del cuerpo de anteayer, a su vez el mismo... ¿Cuántos cuerpos ha tenido? ¿Cuántos ha tumbado en una cama de hotel con las piernas dobladas casi como una odalisca, con la misma e intacta impericia en la consecución de posturas apropiadas para el placer solitario? La catedral lo mira desde su opresiva atalaya. Contempla cómo se desenvuelven sus manos en dirección a la parte baja del vientre. Uno de los cerditos, el que escucha las confidencias del otro, lo mira también desde el cuadro ―plumilla, acuarela o lo que quiera que sea―, como si fuera eso lo que su compañero le está pidiendo que haga, mirar a aquel mamarracho que intenta sacarle a su cuerpo, tumbado en una cama repelente, un par de convulsiones de desangelado placer. La nieve que cubría el tejado de la casa abuhardillada de enfrente se ha derretido a medias con el medio calor de esta mañana. El mensaje que esperaba para hoy no llegó nunca. Puede seguir destrozándose los cercos de las uñas hasta que los dedos se le queden convertidos en garras sanguinolentas, que no por eso le enviarán el mensaje que espera. Monda una mandarina. Se raspa la piel hasta que se le forma una llaga. Las colchas rezuman unos jugos que parecen formados por la mezcla de veinte clases distintas de semen y tres o cuatro tipos de flujos vaginales. Lo que uno de los cerditos le dice al otro al oído es que el mamarracho de ahí se ha quedado con la mano agarrotada en su sucia entrepierna y un gesto de alelada incredulidad en las comisuras de los labios. Se imagina una rata del tamaño de un gato corriendo por las paredes y lanzándosele a la yugular al cerdito de los demonios. Para qué seguir, piensa mientras contempla no sin cierto agrado las tres perchas que parecen, respectivamente, un garfio, una hoz y una guadaña. O una horca preparada en el patíbulo más gris que quepa imaginarse: la habitación de un hotel de tres estrellas suizo. Si tuviera los dedos más finos podría meter el meñique, el anular y el corazón en uno de esos enchufes suizos de tres agujeros y recibir una descarga que lo dejara en el sitio. Va a tener que encerrar a la rata en la caja fuerte, pues no deja de insinuársele. Tras degollar al cerdito burlón y provocar la huida de su amigo o amante, parece haberse despertado en ella un hambre más lasciva que la que le inspiraron los marranos, un hambre sexual dirigida al único ser vivo que hay ahora mismo en la habitación. Claro que él no está por la labor. Existe una cierta desigualdad en los tamaños y no querría provocar ningún desgarramiento indeseado. Que la rata maldita se las apañe como pueda encerrada en la caja fuerte; en cualquier caso, en menos de una hora se le habrá terminado el oxígeno y quedará yerta, inerte, tiesa y tentetiesa allí dentro. “Se ruega a los señores clientes que depositen en la caja fuerte cualquier objeto de valor. En caso contrario, el hotel no se hace responsable de su pérdida.” Siente un ligero tufillo procedente de uno de los sobacos. Lo único que le faltaba ahora es un acceso de hedor que lo obligue a ducharse. Si no ha sudado ―la captura de la rata fue rápida y sencilla, dada la sumisión del animal―, si su cuerpo, en cualquiera de sus versiones heredadas, no ha soltado, impávido durante horas, una sola gota de sudor, ¿cómo pueden olerle los sobacos? Siente asco de sí mismo, de su imparable putrefacción. Pero no piensa perfumarse. No está dispuesto a someterse a ningún lavado a fondo por un par de vapores tumefactos que quizá no sean sino producto de su imaginación. ¿Desde cuándo se imagina olores?, se pregunta. En cualquier caso, pudrirse imaginariamente, y hacerlo además en una habitación de hotel como la que ahora ocupa, es un proceso fascinante que revela una sutileza sensorial e intelectual de la que no puede sino sentirse orgulloso. Esta constatación le basta para asumir que está bien donde está y que es ahí donde debe permanecer.