martes, 27 de noviembre de 2012

GÉNESIS DE UN RELATO*


El relato surgió de una conjunción azarosa. Los caramelos y la botellita de poppers habían coincidido no en la misma mesa, ni siquiera en la misma habitación, sino en una cadena de acontecimientos que se habían desarrollado a lo largo de un único día. La botellita señalaba, por decirlo así, la plenitud del instante, el momento de máxima tensión, la fusión de los cuerpos, el éxtasis de una penetración sin condiciones. Los caramelos, dejados en la mesa del salón junto a una nota de despedida y gratitud, eran como un colofón, el epítome azucarado y un poco nostálgico de todos aquellos momentos turbadores que habíamos compartido. Solo más tarde, cuando empecé a chuparlos con fruición —acto inhabitual en mí, poco dado a la confitería—, me di cuenta de que, junto a uno de limón y otro de café, había sobre todo caramelos de anís. No recordé haber probado nunca caramelos de anís. Mientras desleía el primero desplazándolo suavemente hacia arriba y hacia abajo, a un lado y a otro de la cavidad bucal, dejando que su sabor pasara de mi lengua a la garganta y de esta al estómago hasta subir al cerebro, notaba un cierto ritmo, una cierta sensación sustitutoria de algo. Fue luego, cuando estaba saboreando el segundo, cuando me dije que el ritmo del saboreo, el paso agitado de un caramelo al otro recordaban un poco al ritmo de la inhalación del poppers, esa sustancia al parecer vasodilatadora que convierte la experiencia sexual en un desbocado galope de todos los sentidos. Chupaba los caramelos con las mismas ganas con que inhalaba el poppers, salvo en un detalle: ahora se trataba de un acto póstumo, por decirlo así, un acto solipsista en el que el cuerpo se recreaba consigo mismo en una acción demorada a falta ya de la otra parte de la brava coyunda de horas antes. Así que, de pronto, sentí que, de algún modo, caramelos y poppers, saboreo e inhalación debían de mantener un vínculo y que ese vínculo me estaba siendo comunicado desde el mismo instante en que me di cuenta de la rara conjunción de ambas presencias. Puede que influyera también la relativa abundancia de caramelos que me fueron depositados como regalo improvisado junto a la nota de agradecimiento en la mesa del salón. Puede que también tuviera algo que ver el hecho de encontrarme al regresar a casa la botella de poppers en la mesilla de noche, fuera de su lugar habitual, como una señal de la incruenta batalla. Lo que nos habla no son quizá los objetos, como tantas veces hemos leído en poemas o relatos sin duda demasiado fantasiosos, sino los encuentros con objetos y sus conjunciones en un determinado momento o lugar. Entonces asociamos, preguntamos, recordamos u olvidamos. Y esa asociación, esa pregunta, ese recuerdo o ese olvido desencadenan una secuencia de palabras que estamos obligados a transcribir de un modo casi ansioso, inexorable. Lo demás —lo que no forma parte de esta armazón esencial— son los vericuetos propios de las palabras que se han puesto en marcha. Un albornoz para cuando se sale de la ducha. Unas sábanas revueltas al amanecer. Un viaje a oscuras por el interior de una casa. Doblamos por aquí, nos desviamos por allá, seguimos hasta ese punto, nos detenemos en esta coma, meditamos un poco al final de algún párrafo y perdemos en todo momento la orientación, pues no logramos estar nunca en el centro de nosotros mismos. Pero algo nos guía, un estremecimiento inicial que tenía que ver con la propia disposición de los caramelos sobre la mesa o con sus envoltorios blanquiazules. Seguimos sintiendo un olor persuasivo, la sensualidad incrementada por la vaharada del poppers que entra en nuestro cuerpo como una descarga y nos convierte en machos cabríos completamente fuera de sí. El relato nace de todo esto aunque se dirige hacia otro lugar. No intenta reconquistar nada de lo que se ha perdido, tampoco celebrarlo o lamentarlo, ni persuadir a quien lo escribe de que ha comprendido nada, y mucho menos azuzar a un lector hipotético a engañarse a sí mismo durante un par de minutos. No: el relato es quizá la única manera de permanecer atado —si bien por un hilo muy frágil y durante la escasa duración de su escritura— a unos instantes que no son ni siquiera los mismos que entonces se vivieron —algo del todo imposible—, sino otros instantes que se viven como una conmoción paralela a la otra, casi, se diría, emanada de la otra, pero no por ello menos auténtica. 

* Este texto hace referencia al relato "La inhalación", publicado hace unos días en este mismo blog

lunes, 26 de noviembre de 2012

LA INHALACIÓN


La inhalación de aquel nuevo producto le causó, a altas horas de la madrugada, unas convulsiones que lo despertaron. No había contado con ningún efecto secundario y, por lo tanto, no se las esperaba. El inductor no cabe llamarlo facultativo ni nada por el estilo de aquella novedosa terapia le había recomendado que combinara la inhalación del producto con la ingesta de dos o tres caramelitos de anís que podían despacharle en cualquier tienda de chucherías. Quizá se había propasado con la dosis inhalada que debía ser la equivalente a la exposición de la nariz al producto durante tres o cuatro segundos o con la cantidad de caramelitos ingeridos, pero lo cierto es que cuando se despertó de madrugaba sudaba un sudor frío, se retorcía como alma que lleva el diablo, sentía las arremetidas de impacientes retortijones y unas palpitaciones que le hacían estremecerse desde la coronilla hasta las uñas de los pies. La botellita que contenía el producto que le habían inducido a inhalar se encontraba en la mesita de noche. Dos o tres caramelitos de anís, reservados para la siguiente inhalación que, según el programa prescrito, debía tener lugar a las seis de la mañana, antes del primer café, permanecían envueltos en sus envoltorios de plástico adornado de unos puntos azules que rodeaban la palabra anís. Se levantó y fue al baño. Instaló el calefactor cuyo chorro de calor lo resarcía durante sus duchas de primera hora de la mañana. Faltaban todavía dos horas para las seis, pero decidió que no iba a poder dormirse de nuevo y que era preferible buscarles remedio a las convulsiones, sudores, retortijones y palpitaciones que lo habían despertado. La primera solución que se le ocurrió fue una ducha de agua fría. Preparó las dos toallas y el albornoz en los que se envolvería después del amargo pero, pensó, necesario trago, reguló el calefactor a la máxima potencia, dejó correr un poco el agua como para acostumbrar el tacto por medio de la vista y el oído pensamiento absurdo, pues, pese a lo que creyeran los poetas simbolistas, no hay ninguna correspondencia entre nuestros sentidos, que no son, ay, más que compartimentos estancos y entró precavido en el plato de ducha. Lo cierto es que, después de unos minutos de estéril sufrimiento, sus convulsiones habían aumentado, el sudor frío se había transformado en una costra helada que le cubría todo el cuerpo, los retortijones habían dejado paso a unos pinchazos atroces en el bajo vientre que solo pudo aliviar a medias dejándose evacuar en plena ducha y, por último, el corazón ya no le latía sino que gemía y aullaba desde que la cascada de agua fría parecía haber empezado a filtrarse hasta la cueva en la que vivía encerrado. Al cabo de dos o tres minutos, decidió interrumpir el suplicio, apagó el calefactor, cuyos servicios habían sido esta vez inútiles, se enfundó en las dos enormes toallas como para dejarse morir dentro de ellas y remató su propio embalsamamiento con un albornoz a modo de sudario que se amarró con un doble nudo alrededor de lo que unos minutos atrás había sido su cuerpo. Ahora, se dijo, voy a regresar a la cama. Atravesó como un alma en pena salvo que las almas, se dice, no sufren ya los tormentos corporales el salón en que otro tiempo había leído tratados de álgebra, libros de viajes por el extremo oriente, novelas sobre la paz y sobre la guerra y poemas del cancionero tradicional, ese mismo salón en donde había sido feliz viendo películas mudas, escuchando preludios wagnerianos, bebiendo selectos whiskies escoceses y haciendo el amor a mansalva, y llegó al dormitorio. Contempló con una mezcla de escepticismo, candor, rabia y delectación la botellita que contenía el producto inhalable y los dos o tres caramelitos de anís. Eran aproximadamente las cuatro y cuarto de la mañana cuando decidió adelantar su próxima dosis, dispuesto a reventar de una vez o a tirarlo todo por la borda con la insana esperanza de alcanzar con el acabamiento una migaja de paz. Cuando se metió en la cama y se tapó, podía decirse que lo que quedaba de su cuerpo, allá perdido en el fondo, rodeado de mantas, sábanas, albornoces y toallas, no era más que un miasma balbuciente, una mindundez recorcovada, un guiñapo o un gorgojo infectos, contraídos. Aun así, consiguió liberar dos dedos de una mano, una de las ventanas de la nariz y un pequeño recodo de la comisura derecha de su boca, que le sirvieron, respectivamente, para agarrar y destapar la botellita, inhalar durante unos segundos el producto y embutirse los dos o tres caramelitos preceptivos. Lo que ocurrió entonces no podía extrañarle a nadie, y menos a él. Imaginemos pues hay cosas de este mundo que solo pueden contarse por medio de metáforas un bulto formado por tripas desgajadas de las entrañas de las más inmundas bestias, un bulto irreconocible para la supuesta conciencia que a aquel bulto animó en un tiempo ya del todo inexistente, un bulto cuyas tripas comienzan a rebullir en todas direcciones en medio de una batalla campal con el único objetivo de estrujarse unas a otras y escapar al tormento atenazante de unas mantas, unas sábanas, un albornoz, unas toallas. Al cabo de unas horas, después de un largo y profundo sueño, amaneció curado. La única señal de lo que le había ocurrido era un leve sabor a anís en la boca del estómago.*

* La génesis de este relato se relata en el relato titulado "Génesis de un relato", que constituye la entrada posterior a esta en el blog.    

miércoles, 21 de noviembre de 2012

UN TEXTO DE JOSÉ CARLOS CATAÑO

Generoso como solo pueden serlo quienes nos quieren de verdad, José Carlos Cataño ha publicado en su blog unos apuntes --llenos de vivencias-- sobre mi cuaderno Disolución, publicado el año pasado en la colección Léucade de Tenerife. Disolverse es quizá el destino de algunos textos --o de todos. Lo que resulta ya más insólito es la pertinacia con que un cuadernillo escrito en tiempos más felices que los actuales insiste en perderse una y otra vez en los vericuetos que José Carlos describe tan bien en su texto. Lo comparto aquí, por si alguien quiere inmiscuirse en estas peripecias de vida y escritura.

http://josecarloscatano.blogspot.com.es/2012/11/perdida-disolucion-rafael-jose-diaz.html

lunes, 12 de noviembre de 2012

SORIA


Para Julián, Susana y Violeta



La "curva de ballesta en torno a Soria" - Foto: Susana Corullón

¿De qué estaba huyendo cuando vine a Soria? Creo que llevaba demasiadas semanas sin salir de la ciudad espesa, abotargada, de su cargamento de seres extraviados e inhóspitos, de los atardeceres sin más expectativa que la de alcanzar en un breve paseo el principio de la Dehesa de la Villa para, en un giro de noventa grados, atroz como el movimiento de un autómata, volver al piso sin aprendizaje ni ganancia algunos. O quizá solo quería ponerles un rostro a las imágenes, un atrezzo a los nombres, una presencia a las palabras. Las palabras leídas en la adolescencia, en clases de instituto poco aprovechadas, clases en las que un profesor —parecido al que soy yo ahora, con mis mismas canas y con mi misma parsimonia— nos leía pasajes de un libro memorable, versos que no comprendíamos, descripciones de sitios imposibles, hacinados topónimos que nada nos decían, todo lejano y muerto, mudo e inservible. Todo, sin embargo, capaz de infiltrarse misteriosamente en alguna capa del espíritu, como esas palabras que se escuchan en sueños, se olvidan, pasan de contrabando a otro sueño, quedan como raspadas en la corteza de ese sueño y luego, al despertar, regresan a nosotros como palabras de una lengua extraña. Alcores, curva de ballesta, barbacana, cresta, San Saturio. Así que, cuando, después de perderme entre las calles de la ciudad moderna intentado encontrar el hostal donde iba alojarme, fui paseando por El Espolón, atravesé la calle de El Collado, pasé junto a la Concatedral y llegué hasta el puente sobre el Duero, me dije: no has llegado hasta aquí para saber ni para recordar, ni tampoco para sentir o para ver, sino para olvidar. Y olvidar significaba haber conseguido huir y, sin embargo, incorporar la huida al propio temblor de quien huía, huir hacia dentro de una huida distinta o huir de la propia huida que es huir. Ya empezamos con los juegos grotescos de palabras. Qué extraño, ahora que lo pienso, el verbo huir, sus sílabas que huyen y proliferan cuando se lo conjuga, en fin, las cosas de esta lengua macarrónica que hablamos. El puente sobre el Duero es un lugar a partir del cual puede comenzar otra historia. Uno se detiene allí y comprende que un río es una especie de lenta circulación entre lugares diversos, una compañía que respeta nuestro ritmo y a cuyo ritmo nos acomodamos porque no hay en él entrega ni imposición, sino ternura. La curva de ballesta surge entonces como dibujada en un paisaje de palabras: las palabras son fechas que se grabaron hace mucho en las cortezas de los árboles, insinuaciones de una brisa que sigue soplando desde entonces, una mirada aterida, un embozo del tiempo, una verdad a través de lo imposible. Somos los comensales de un banquete del aire y los chopos nos ofrecen su carne suculenta para que, irrigados con el vino de la memoria estremecida, nos deleitemos como príncipes vestidos con andrajos. El claustro de San Juan de Duero es una especie de mandala, pero un mandala en el que no hay reposo posible porque todo es allí inquietante y subversivo. Los rituales se han desvanecido y solo queda un teatro de piedra en el que cabe imaginarse cualquier cosa. Los templetes del interior de la capilla nos invitan a ir más allá, hasta el ábside desnudo, aunque sepamos que cualquier más allá no es sino una visión ilusoria. Ángeles encadenados a la boca del infierno, patrañas labradas en los más bellos capiteles, una voz exaltada que acabó adormecida después de un largo viaje. La tarde concluye en una librería en la que, en vez de comprar algún tomo de enjundiosa poesía castellana, me hago con la traducción de la obra de un poeta romántico alemán. Solo por ver cómo suenan el Danubio y el Rin en los brazos del Duero. Regreso al hostal y la recepcionista me informa de que el spa está disponible —es el primer hostal con spa que me encuentro, aunque “solo consiste en dos saunas, una turca y otra finlandesa”, me explica — siempre y cuando no me importe compartirlo con un chico y una chica “que no son pareja”. A mí, claro, no me importa nada compartir nada, pero no dispongo del bañador ni de las zapatillas que se requieren para acceder a ese servicio. Me tumbo, por lo tanto, en la cama y me dispongo a escuchar el ruido de los coches que, cada cierto tiempo, circulan por una calle más que secundaria. Pasan dos chicos africanos que se quedan mirando hacia la ventana desde la que fumo arriesgándome a contraer la peor gripe de mi vida. Pasan luego dos vándalos, es decir, dos lugareños que empuñan sendas litronas y golpean a su paso papeleras, retrovisores, puertas y contenedores. Entonces me doy cuenta de que he llegado a la Soria profunda, a la Soria de los locutorios regentados por hoscos ecuatorianos cuyos clientes son jóvenes dominicanos que buscan en internet putas brasileñas. San Saturio queda lejos. Allí el “santero”, como lo denominaban, vivía en otros tiempos en el interior de la ermita, cuidaba sus instalaciones, se dejaba una larga barba en imitación de la del santo y paseaba por la ciudad tocando una campanilla y pidiendo limosna. Yo sigo asomado a la ventana mientras el televisor muestra en directo la rueda de prensa en la que la alcaldesa de la gran capital, rodeada de concejales con aspecto de mafiosos, explica los detalles de una catástrofe en la que, a pesar de haber ocurrido en unas instalaciones propiedad del ayuntamiento, el ayuntamiento no ha tenido, según la alcaldesa, ninguna responsabilidad. Basta ver su cara ojerosa, sus mejillas mal maquilladas, su ceño fruncido, su mirada turbia, su hocico viperino y su postura inquisitorial para saber que miente. La puesta en escena se parecía a la de los dirigentes de un clan que ha convocado a sus subordinados para explicarles que, a pesar de que las cosas se puesto muy cuesta arriba, han decidido llevar la mascarada hasta el final. Sería desolador pasar un invierno aquí, pensé. Meses y meses bajo cero. Unas orillas blancas, un parque con el quiosco de música más ridículo que haya podido imaginarse, el más rancio casino en el que todos los poetas —¡bendita sea su memoria!— celebraron tertulias, la plomiza sensación de estar por debajo del nivel del mar, hundidos en una pequeña ciudad sumergida, fantasmal. Huyera de lo que huyera, no era aquel el lugar en el que resolver mis problemas. Volvería siempre, sí, al menos para asomarme a las orillas de los álamos cantores o para ver desde El Mirón el monte de las ánimas. Al menos para saber que las palabras no logran casi nunca salvar la realidad.