jueves, 26 de abril de 2012

EN EL DIVÁN

—Sí, sí, doctor, es verdad que este tipo de sueños solo se me presenta cuando no duermo con él. La sedosa piel de su espalda, en la que apoyo mi mejilla derecha y contra la que me acurruco como si solo así estuviera en lo más protegido de la barcaza del sueño, esa piel cubierta de una pelusilla de finísimos pelitos oscuros que solo se distinguen cuando uno se recuesta sobre ella y la contempla de muy cerca; esa piel de su espalda extendida junto a mí, le decía, las noches que duermo con él, parece tener el poder de alejar ciertos sueños que, en cambio, se ensañan conmigo las noches en que duermo solo. No sé cómo explicarle, doctor, la suave disolución que experimento cuando él, a punto de dormirse o recién dormido ya, da unos eléctricos respingos con sus piernas, enlazadas con las mías, y luego, seguramente en la primera fase de su sueño, se estremece con todo su cuerpo un instante, como si hubiera dado un salto a otra dimensión, mientras yo lo tengo sujeto con mis brazos y me estremezco con él en esa sacudida en la que, quizá, se intercambien los papeles de quien ya duerme y de quien aún espera dormirse. Vea que es a partir de ese instante, a partir de ese calambrazo que queda resonando en los dos cuerpos abrazados en la frontera del sueño y la vigilia, cuando mi mejilla, adherida a la pelusa que cubre por entero su espalda, empieza a percibir el flujo de la protección, el calor o la calma de su cuerpo que, desde su entrega sin fisuras al abrazo del mío, se ha vuelto ya capaz de actuar sobre él, de brindarle una coraza contra ese tipo de sueños que aprovechan, sin embargo, cualquier noche solitaria para salir a mi encuentro. Creo que él, doctor, no conoce sus poderes taumatúrgicos. Sonríe y habla, brinca y se desnuda, se enrosca y se despereza, hace todo esto antes de que encontremos esa posición que parece perfecta y en la que, de pronto, su respiración se transforma, su perfil se recoge entre las palmas de mis manos, resulta vencido y a la vez vencedor, se duerme y al mismo tiempo espera a que me duerma también yo. No sé, ni siquiera, si, cuando de pronto regresa y siento la mordaza que aplica sobre la abertura por la que entran y salen los sueños de una mente dormida, lo hace consciente o inconscientemente, pues en todo ese proceso yo siento su benéfico influjo a través de la pelusa adorada de su espalda y no sé, a ciencia cierta, nada más, nada más. Dígame, doctor, ¿cree que tendría que disciplinarme y pasar más noches sin él para enfrentarme yo solo a esos sueños de que le hablo y aprender a vencerlos por mis propios medios? ¿O debo, más bien, pedirle que se quede a dormir todas las noches conmigo, de esa forma que le he descrito, mi cara hundida en el bosquecillo de liquen de su benéfica piel, mejilla contra espalda, las piernas enlazadas, una de mis manos en su vientre enroscado y la otra en su cuello de latidos, unas manos que son como las de quien se ata a un mástil para no escuchar el fragor de las mareas…?

martes, 24 de abril de 2012

TALISMANES, FLORES, PALABRAS (SOBRE EL POEMA “RETAMAS EN FLOR”, DE ÁNGEL CRESPO)

Ayer, 23 de abril, en el marco de La Noche de los Libros, tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un entrañable homenaje a Ángel Crespo. En presencia de su viuda, Pilar Gómez Bedate, que dijo unas palabras muy emotivas sobre sus primeros encuentros con Crespo en el Madrid de la posguerra y, precisamente, en ese mismo Círculo de Bellas Artes, cinco poetas, Carlota Fernández-Jáuregui, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Esther Ramón y yo, leímos cada uno un poema de Crespo escogido para la ocasión al que hubimos de acompañar con un breve comentario. Los textos de mis compañeros fueron todos de una gran lucidez y revelaron hasta qué punto la poesía de Crespo está viva y sigue alimentando desde el enigma y desde la independencia a algunos poetas españoles actuales. En este enlace puede verse el vídeo que grabó el Círculo de Bellas Artes con la lectura de cada poema. Mi texto, al que precedí de unas pocas palabras alusivas a mi primer encuentro con Crespo, por intermediación de Arturo Ramoneda, en el Madrid de 1994 —horas flotantes a una distancia que no podría ser sino la de las más distantes estrellas, horas previas y posteriores a la presentación de la antología de Alianza Editorial, con una extraña flor dorada en la cubierta, que a Ángel le pareció acertadísima—, y a sus varias colaboraciones, como poeta y como traductor, con la revista Paradiso, que alentábamos en Tenerife, por aquellas mismas épocas, algunos estudiantes de la Universidad de La Laguna; mi texto, digo, que cuelgo hoy en este blog, no es más que el testimonio de cómo un poema consiguió enamorarme y conducirme, como de la mano, hasta donde no hubiera pensado llegar nunca. Agradezco a Jordi Doce la invitación a participar en el homenaje a Ángel Crespo, y a Pilar Gómez Bedate no solo tantos detalles cariñosos a lo largo de los años sino sus palabras, casi una confidencia, de ayer: "las retamas eran de Provenza". 


RETAMAS EN FLOR

Ahora están floreciendo las retamas
y destilan su oro
como aflora el recuerdo
en los deseos que aún no han sido 
cumplimiento ni engaño. 

Son tantas flores una sola luz
que se reflejase en lo esbelto
de tallos y hojas, como las memorias
en lo que deseamos se reflejan. 
O son como la música
de un aire que en otro aire se sostiene,
como lo recordado en la nostalgia
de lo que aún no ha sido. 

Ahora florecen. Son las flores
de la retama. Olvido
podría ser su nombre. 

                             Ángel Crespo, Ocupación del fuego, 1990


¿De dónde vienen estas flores? ¿Estuvieron ahí siempre? ¿Son estas retamas las mismas que el poeta vio en aquella mítica Cuesta del Jaral cercana a su natal Alcolea junto con las jaras, los chaparros, las aulagas, el romero o el espliego, las mismas retamas entre las que se perdía de niño? ¿O son unas meras retamas literales, inventadas por la imaginación o la nostalgia, recuperadas por el deseo en forma de palabras? ¿Están floreciendo ahora, como dice el poeta, o florecen desde siempre, no dejan nunca de florecer cada vez que llega su estación o cada vez que un lector atento, casi enamorado, lee estas palabras? Y ese ahora, el ahora del principio, ¿lo es únicamente del principio del poema o lo es también del principio del tiempo, un tiempo suspendido por la mediación del lenguaje, no congelado ni petrificado sino simplemente suspendido como el ave que se deja balancear por el viento? Ahora es también el olvido, el principio del poema contiene su final lo mismo que el final contiene su principio. Las flores entrevistas, casi tímidamente, por el poeta que pasa no sabemos por dónde y las contempla con respeto, con delicadeza, trazan un puente entre la memoria y el olvido. Nos conducen, silenciosas como una música de aire, desde el principio hasta el principio, desde el primer recuerdo hasta el ningún recuerdo. Olvidamos con ellas todo lo que fuimos y, sin embargo, recordamos todo lo que no pudimos ser. Son los pasadizos entre la nostalgia y el deseo, los mudos emblemas de nuestra vida abismada de seres incompletos, hombres, seres que han dejado de ser y que aún no han sido lo que hubieran deseado recordar que fueron o no fueron. Las flores de la retama. Si ustedes me preguntaran por qué elegí este poema les diría que fue un poco por azar, que recordé esa flor dorada de la que les hablé al principio y que, al mismo tiempo, volví a ver florecidas otras retamas, las retamas reales de las Cañadas del Teide de mi infancia, amarillas, de un vivísimo color amarillo contra los marrones volcánicos. Luego me fui enamorando de él, casi como si el poema me arrastrara a lugares lejanos y desconocidos, me fui enamorando de unas palabras, de su sencillez despojada. ¿Despojada, he dicho? No, más bien ceñida, diría, una sencillez que se ciñe a lo que en un instante se siente: unas palabras plenas de sabiduría porque no quieren o no saben alejarse de lo que, al mismo tiempo, no quieren y no saben tocar. Las retamas florecen sin que las palabras las toquen, sin que apenas las rocen; y, sin embargo, como ese aire que en otro aire se sostiene, las palabras se quedan flotando alrededor de las flores. Son las puertas que podrían conducirnos a la verdad de las flores. Y, sin embargo, por mucho que pudiéramos llegar a esa verdad, y quién sabe si el lector profundamente enamorado no lo lograría, tendríamos que olvidarla en cuanto la viéramos, desaprenderla, tomar de nuevo el camino de las palabras para volver al mundo de aquí, al borde de las flores, asomados de nuevo, una vez y otra vez, al deseo y la nostalgia de la otra realidad. Las retamas en flor, dice el poeta, son como una música que apenas se escuchara, un soplo soplado por un soplo, apenas nada, un instante en medio de la nada del tiempo. Y así, el poema podría leerse como el memorial de un camino iniciático: el poeta ha encontrado, ha visto y ha nombrado unas retamas en flor, se ha adentrado por ellas en busca de su oro, del oro del sentido, que es acaso la visión de la unidad en lo plural, el instante sentido como la totalidad del tiempo, y ha retornado con algo que entrega a los demás, ese nombre que “podría ser” y que no es otro que el de “olvido”, es decir, el despojamiento de todo lo que se ha sido y el acceso a una realidad nueva pero desconocida, vacía aún para el neófito, intrigante, deshabitada o habitada solo por el deseo de ser habitada. El poeta ha ido y ha regresado, pero en sus manos las flores, lejos de marchitarse, se han transformado en otra cosa, algo cuyo nombre es el nombre del olvido pero cuyo recuerdo punza como un deseo abrasador. Hay como una timidez en la dicción, no exactamente un balbuceo, sino una especie de prudencia. Creo que es la prudencia de quien sabe que la luz reflejada en las flores que ha visto lo expone al sufrimiento de saberse alejado de la luz original. Es como si cada palabra, cada collar de sílabas o abalorios que tintinean en el poema como en sordina fuera una especie de talismán que protege y a la vez un emblema de paso, el recuerdo de un viaje a las profundidades y una olvidada contraseña, una huella de la vivencia más profunda y un eco de otras palabras leídas o recordadas en la demorada travesía de la vida. 

sábado, 14 de abril de 2012

TENTENIGUADA

                                             Para Ángel Padrón

No recuerdas muy bien aquel lugar. Nadie hubiera dicho que hasta aquellas alturas la carretera continuara dando vueltas para llegar a una especie de barrio escondido detrás de tantas hondonadas. Pero ya sabes: cuando te empecinas en seguir conduciendo no hay modo de que te detengas. Así llegaste a Tenteniguada. Parece un nombre irreal, inventado, uno de esos apelativos casi siempre ridículos que los escritores inventan para sus comarcas o pueblos imaginarios. Quizá ahora te baste con recordarlo para saber que existió, pero entonces, cuando llegaste a las primeras casas, insólitas, de aquel lugar que no sabrías decir si era un pueblo, un caserío, un barrio o una pedanía, te pareció acaso menos real que ahora que tan solo sobrevive en tu recuerdo. El aire de Tenteniguada era todo lo fresco que, en cualquier mes del otoño o del invierno, puede serlo en las cumbres de una de aquellas islas. Las casas, arracimadas en torno a la carretera, se iban mostrando a medida que avanzabas: casas de dos o tres pisos, a veces estrambóticas, con sus garajes abiertos en los que se veía trajinar a campesinos junto a sus camionetas, a chicuelos alrededor de mesas puestas para la merienda, a señoras con sombreros de paja sentadas en el fondo como para pasar desapercibidas. Tenteniguada. Recuerdas vagamente un antiguo cine o teatro de fachada amarillenta en la que faltaban algunas de las letras con que se había trazado un nombre pintoresco e inútil. Después de algunas curvas, cuando ya parecía que el pueblo o barrio o lo que fuera que fuera aquel apretujamiento de casas a casi mil metros de altura se había terminado para dar paso, de nuevo, a la montañosa floresta, aparecía un nuevo grupo de casas, esta vez menos altas, más separadas las unas de las otras, como si no solo quisieran permanecer distanciadas del casco urbano, llamémoslo por una vez con este nombre honorable, sino que tuvieran a gala mantener una distancia prudente las unas de las otras. Las casas, tal vez, de quienes procedían de familias repudiadas en siglos anteriores por los habitantes del pueblo, o de quienes habían decidido llevar una vida independiente pero no del todo desligada de las costumbres comunales; casas cuya soledad producía en ti, el forastero que pasaba junto a ellas, la sensación de un desamparo consentido, de una frustración orgullosa. Los bares de Tenteniguada, que eran, si no recuerdas mal, tres o cuatro, dispuestos a lo largo de la carretera —lamentas ahora no haberte internado por las calles transversales, no haber seguido el rastro de los perros solitarios que descendían por callejuelas inhóspitas hasta quién sabe qué barrizales o escombreras— se parecían, al menos en su aspecto exterior, mucho los unos a los otros. Platos de chochos, te imaginabas, serían servidos en sus barras grasientas junto a vasos de vino del país que cuatro o cinco lugareños compartirían sentados en altos butacones giratorios. Al fondo, tres o cuatro mesas solitarias habrían concentrado desde tiempos inmemoriales —es decir, desde tiempos que ninguno de los vivos de entonces podría recordar sin mentirse a sí mismo— el eco de un desánimo en los rostros arrugados, partidas desbocadas de dominó o de baraja, ruidosas reyertas con desenlaces funestos de las que ningún juez llegó a tener jamás noticia. Tenteniguada. Qué absurdas derivas te llevaron hasta allí. Porque tú eras un forastero que no quería pasar por tal. Los magos con los que hablaste —sus dejes pendencieros, sus socarronas miradas— supieron enseguida, por un par de palabras foráneas que te delataron, que no eras de por allí. Estuviste a punto de sentarte a comer un chuletón como los que habías visto servir en una de las mesas, con mucha sal gruesa por encima, descomunales trozos de carne poco hecha cuya devoración, sin duda, resucitaría a un muerto y lo pondría a danzar la rumba allí mismo, pura energía como la de aquellos pastores reconvertidos en mecánicos, fuerza bruta en los brazos curtidos en miles de pulsos con otros brazos y con la invencible hostilidad de la vida. Tenteniguada era aquello, aquel mundo en el que desaparecer y en el que desconocerlo todo, la ebriedad del aire más alto de aquella isla, cinturas prohibidas de morenos adolescentes que al final de una calle, en un merendero improvisado, se palmeaban los hombros mientras charlaban casi fuera del mundo, todo aquello ofrecido al viajero de un día por el módico precio de su vida pasada, unos minutos de magia contra la pesadumbre de los años. Y más allá de aquellas calles, más allá de las últimas casas, solitarias, empezaba la cumbre verdadera, la montaña desnuda e implacable, el techo de la isla en el que, con un poco de suerte, a través de ralos pinares y a la vista de roques en eterno equilibrio, giraría el viajero el resto de su vida, o el resto, al menos, de la memoria de su vida.

martes, 10 de abril de 2012

POR QUÉ LA POESÍA (NOTAS POLVORIENTAS —Y MUY POCO EXHAUSTIVAS— QUE PONGO AQUÍ A REMOZAR)

Porque una vez, de niño, jugué a dar grandes saltos entre las piedras que formaban una especie de sendero en uno de esos estanques que se construyen como adorno de los paseos turísticos. Y cuando saltaba temía caerme al agua. Y pensaba que el agua era profunda. Pero, aun así, saltaba.

Porque a veces, cuando me siento en el sillón después de un día de trabajo duro e inútil, se desmorona la pila de libros y cuadernos que he ido amontonando sin criterio. Y entonces leo un título que tenía olvidado. Y recuerdo. O aparece una página que escribí para nadie.

Porque el sueño no llega, muchas veces, y la noche abre manos que sólo se aplacan sobre un papel en blanco.

Porque sí.

Porque me he desvelado tantas veces, vencido en combates que nunca empiezo yo, empapado en un sudor espeso, y cuando abro los ojos no encuentro sino restos de imágenes que buscan un sentido, un orden nuevo, distinto del que una vez tuvieron cuando estaban completas o unidas o intactas. Y todo fluctúa entonces. Y me desvelo y apenas si pregunto porque sé que no dormiré más.

Porque ya no estás y tal vez nunca estuviste.

Porque temo dormirme y no despertar nunca.

Porque me levanto aún casi dormido y las palabras me ayudan a ir atravesando el día, esa fatiga, deslavazada quimera.

Porque nadie encendía las lámparas y en los bordes del camino se abría un abismo para el que no tenía alas.

Porque llovía. Y yo andaba por la acera de aquel parque sin paraguas. Los castaños de Indias, empapados, no me protegían. Deseé que no dejara nunca de llover, y que la lluvia me empapara aún más que a ellos.

Porque el amor es frágil y nunca sabemos si acaba de nacer o está empezando a morir.

Porque cada vez que volvía —pero, ¿adónde?— quería saber por qué había vuelto, dónde había estado, quién me estaba esperando aquí y quién se quedaba esperándome allá, lo que había aprendido y lo que había olvidado.

Porque las tardes pasan en silencio y al alargar las manos toco un viento muy frío que parece haber estado ahí desde siempre. Los dedos se agarrotan y olvidan la caricia ensayada en las horas de insomnio.

Porque no es mía la noche, sino de quien me la ha arrebatado. Oigo sus pasos que se alejan, el llanto que queda enredado en las entretelas de mi sueño. Respiro apenas, como si hubiera olvidado el modo de hacerlo. El arrebato.

Porque hay cabelleras en las que introducir nuestras manos sería como perderse en un bosque de algas o en una cascada de agua tibia; cabelleras casi adolescentes que ostentan jóvenes de miradas perdidas una vez que se han sentado en su asiento de la guagua que los llevará hasta la universidad; cabelleras inaccesibles aunque bastaría estirar el brazo para tocarlas y deslizarse por su interior, ese mundo que sólo podemos imaginar con nuestras pobres y lejanas palabras.

Porque hoy, en un sencillo tren de cercanías, recordé trenes de hace años, recorridos de noches enteras en un compartimento, balanceado mi cuerpo por el traqueteo constante, atraído por cuerpos ajenos que descansaban a mi lado, y recordé también algunos paisajes que veía desde las ventanas, árboles y lagos, pueblos y bosques, periferias y ovejas, y sobre todo el asombro de ver lo que nunca había visto, lo que nunca volvería a ver.

Porque hay sueños fálicos en los que, con la electricidad de una serpiente, otro cuerpo visita nuestro cuerpo, se apodera de él y hace que salgamos adonde no somos ya nosotros, a una pradera de sentidos distintos e inflamados. Como si entráramos de pronto en otro cuerpo que contuviera al nuestro a su vez. Y esos sueños, acaso, son rastros de los instantes más plenos de la vida, que, perdidos, regresan de vez en cuando a nuestras noches sedientas.

Porque el rostro de alguien a quien amé no tiene ya piel, no está formado ya por carne acariciable, por poros rebosantes de sudor en las tórridas noches en que nos cabalgábamos, jinete y montura intercambiables, el uno al otro; porque ese rostro existe ya sólo en forma de píxeles que brillan rodeados por un marco azulado en una ventana de la pantalla de mi ordenador. Y en un poema, aunque no recobre la carne, puedo engañarme al creer que ese rostro, al menos, logra ser evocado como el rostro auténtico que fue.

Porque después o más allá de cualquier dolor fingido puede abrirse en nosotros, como un arado que hiere la piel de la tierra, el dolor verdadero. Y las semillas que deja corren por la sangre hasta llegar al corazón. Y entonces a este sólo le cumple cantar o morir.

jueves, 5 de abril de 2012

VIÑEDOS DE TEGUESTE

Pasé yo el otro día (todo esto viñedos) por aquí
caminando (lomas quietas, veladas) poco tiempo,
un paseo (pues el vino irradiaba sus melodías de sangre),
y pensaba en el tiempo (piconera o montaña
mordida en sus costados), en cuánto tiempo queda
hasta el fin de los tiempos (melodía
de un pájaro mecida por el viento),
paseaba y pensaba y reía en
mis adentros (mis adentros viñedos, cañerías resecas, un bidón oxidado,
la puerta que da al campo), y al volver me detuve
en una de esas tascas (se anunciaba la lluvia
como un tímido abrazo) que venden vino nuevo
para que arda en el cuerpo.

miércoles, 4 de abril de 2012

HOJA VOLANDERA ENCONTRADA EN SARNA PUS DE TENERIFE

¿Está este estar aquí ─esta estancia muda─
surcado de las voces que no escucho,
de las letras que, acaso,
en la permuta ciega,
se revelan cansadas, capturadas por algo
que es como mirar sin ver,
como un sueño perdido en la caediza cintura de la tarde o del whisky,

o es este estar aquí otra canción más que oigo,
engañosa voluta de lo más escondido,
esta rambla de asfalto, las imágenes vivas,
la extraña intervención de un nudo que ata el soplo al encuentro
espectral de dos niños que comparten colegio,
una canción o un pulso, un deseo o una magia
que este estar aquí hoy distraído genera?

lunes, 2 de abril de 2012

RELATO PARA UN PREMIO

En recuerdo de Paco Vidarte

En su famoso pero no por ello menos desconocido diario Samuel Pepys logra la extraña proeza de consignar durante miles de páginas, con todo detalle, los intríngulis más escondidos de su vida íntima, a la vez que, sorprendentemente, consigue rescatarla de su nadería y progresivo derrumbamiento para elevarla a la mayor intensidad, obteniendo así el milagro de que cualquier lector común, y no sólo los grises estudiosos de su obra, se encandile y progrese sin pausa, y con asombro cada vez mayor, en la lectura de ese simple e inagotable registro de banalidades rococós. ¡Bravo por Samuel Pepys! Cualquier otro (y yo el primero) fracasaría relatando sus visitas de cortesía, sus bailes de salón, sus molestos insomnios, sus envidias, sus planes, sus escapadas nocturnas por un Londres de hechizo, sus besos, sus ardides, sus gotas y sus gripes. Y no sólo porque quizás para cualquier otro la vida auténtica se compone, presuntamente, de escenas más trascendentales, de verdades más hondas, sino porque relatar lo vivido con la misma intensidad con que se lo vivió no deja de ser una excepción al alcance de unos pocos en un mundo que ha dado excelentes narradores que no viven o fascinantes vividores que no saben narrar. (Mucho más abundantes, claro está, los segundos que los primeros.) Si los señores miembros del jurado (sí, debo confesarlo ya: escribo este relato para presentarlo a un premio y ganarme, con suerte, unos cuantos eurillos sin apenas esfuerzo) fueran un poco inteligentes (y estoy seguro de que, si no todos lo son, al menos sí que todos pretenden serlo, lo que ya es algo), sabrían acaso distinguir entre las palabras que nacen del corazón de la vida y las que nacen ya contaminadas de impostura. ¿Ganaría hoy Samuel Pepys un premio? Tal vez diría, emulando a Bartleby, que preferiría no hacerlo, consciente de que el juicio emitido por unos señores convocados por un ayuntamiento, por una diputación, por un banco, por una caja de ahorros o por un ateneo de provincias no puede sino corromper el carácter sagrado (¡y alado, y alado!) de la literatura, del arte. Porque, ¿qué reciben esos cuatro o cinco jueces de pacotilla a cambio de leer, hojear o simplemente desechar sin leer ni hojear manuscritos que, en su mayoría, es cierto, no son sino obras de aficionados sin talento alguno, si es que su trabajo no se limita a proponer y defender a veces acaloradamente el nombre del amigo, protegido o protector que llevan in pectore y al que han prometido conceder el premio? Contrapartidas hay, sin duda, y de varios tipos: suculentos honorarios, almuerzos o cenas en hoteles de más o menos lujo, prestigio en los medios culturales e incluso dádivas que pueden consistir en un futuro premio que su actual premiado luchará para concederles o en parte del botín, digamos mil euros de los seis mil que obtuvo el ganador. Samuel Peyps no hubiera luchado contra este estado de cosas: se hubiera limitado, después de vomitar, a constatarlo, a registrarlo con pelos y señales en su diario. Pero dejemos a Pepys, no lo mezclemos más con nuestras mezquindades posmodernas. Hablemos de nosotros: de mí, por ejemplo, que estoy escribiendo este relato unos días antes de que termine el plazo de entrega que figura en las bases del premio. Desde luego, no soy uno de esos individuos (no se me ocurre otra palabra) que han asistido una o dos veces en su vida a un taller de escritura y se dedican, mimetizando las técnicas que su profesor mimetizó a su vez de escritores de segunda fila, a redactar ejercicios escolares, correctamente escritos tal vez, para enviarlos al mayor número posible de concursos por ver si salta la liebre. (¡Y lo asombroso es que salta, y con cuánta frecuencia!) No: yo no he aprendido a escribir. Tampoco voy a decir que haya nacido sabiendo, porque ni siquiera sé si sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que si alguna vez escribiera algo que creyera digno de ser leído ante Apolo y su cuadrilla de musas, y capaz de arrancarles, si no un aplauso de sus etéreas manos, sí al menos una breve sonrisa de sus rostros dorados, no tendría la desvergüenza de presentarlo a un premio literario (sintagma, ahora que lo escribo, absurdo e incluso oneroso). Hasta que eso ocurra, desde luego, no podré hacer otra cosa que presentarme una y otra vez a los innumerables premios que ofrecen nuestras instituciones para demostrar, si algún jurado me otorga su benevolencia (lo que hasta ahora nunca ha ocurrido: y cruzo los dedos) que la frecuentación de talleres y cursos de creación literaria no es la única vía para ganar premios literarios; que acaso también la soledad y el desamparo, como en el caso de Pepys (y se ve que no logro quitármelo de la cabeza), o la pasión, la ingenuidad y la vida, como en tantos otros escritores que no nombro para no ser acusado de erudito o sabihondo, pueden conducir a obtener la pálida gloria de un premio menor (aunque menores son todos). ¿No es mejor descubrir uno mismo a quién imitar, qué recursos aplicar para obtener determinados efectos, qué léxico usar en relación con el tema que se trata, o con el subgénero adoptado, no es mejor, digo, este aprendizaje autónomo, incluso gozoso a veces, que los turbios consejos de un narrador de cuarta o quinta fila que se ha visto abocado, por su definitiva falta de talento o por cualquier otro asunto igual de turbio, a hacer de la enseñanza en talleres presenciales o en cursillos online el ganapán que le permita no sólo sobrevivir, sino pagarse también regularmente putas y chaperos, por poner un ejemplo? Así, si me equivoco, me atribuyo a mí mismo los errores. Si empleo una palabra altisonante o inadecuada, sé que lo hice porque asumía un riesgo, y si me enredé en un período sintáctico insoluble, gozaré de la luz que me espere al final de tan oscuro túnel. Seré yo quien escriba, aunque lo haga mal, será mi propio rostro el que refleje el cristal de las palabras, y me divertiré azotando el ceño fruncido de esos lectores ociosos, bien pagados, que me leen ahora a la fuerza como miembros del jurado de turno, con anfibologías, quiasmos, exabruptos, sutilezas acaso inaccesibles para sus mentes embotadas tras la lectura de ochenta o noventa manuscritos. Podría dedicarle incluso una lindeza a cada uno de los ¿cuatro? ¿cinco? cofrades reunidos esta tarde (ahora, ahora mismo que vuelven a leerme, si he logrado llegar a la final) para emitir sus juicios a falta de otras diversiones más enérgicas, más sensuales, decrépitos catedráticos de universidad, poetas laureados, narradores de renombre que no han escrito en su vida una sola línea transgresora, críticos implacables con todos excepto consigo mismos o benévolos tan sólo con sus amigos, periodistas poderosos reciclados en autores de blogs casi infumables o concejales de cultura que en sus noches de domingo se duermen leyendo el último superventas. ¿Falta alguien? Falta el relato, dirán ellos, ustedes, convencidos de que no hay relato sin narración, sin historia, sin acontecimientos o anécdotas, sin personajes, sin espacios, sin tiempos. Tienen razón, claro: pero aquí estoy yo, personaje de mí mismo, y ellos, ustedes, sombras que el relato proyecta y que acabarán devorándolo, sumiéndolo en la nada (léase: dejándolo sin premio); el espacio es la página que nos convoca y nos reúne: nuestra balsa de náufragos en medio del mar intrascendente que nos rodea; el tiempo, ya lo dije, es el ahora, diverso y compartido a la vez, un tiempo que a ellos, mis jueces, les procura prebendas, dádivas, honores, y que a mí me concede tan sólo el efímero goce de escribir; y la trama, el tejido, la urdimbre de los hechos está clara: un hombre habla, otros le escuchan (para eso les pagan); unos dedican sus tardes a entretenerse y ligar en talleres de escritura, otros a luchar contra lo que no tiene nombre, lo insondable, el vacío; Samuel Pepys escribe cada día en su diario lo que vive y quienes no son Samuel Pepys leen una o dos veces al mes los manuscritos que otros, casi siempre aprendices, envían por quintuplicado a premios y concursos. ¿Que todo esto no conforma un relato? ¿Quién dictamina lo que es o no es un relato? Mientras escribo están ocurriendo numerosos sucesos, incidentes menores o mayores, comunes o insólitos, tranquilos o violentos, claros o ambiguos, pero, ¿podría un relato contenerlos a todos, reunirlos, trenzarlos, auscultarlos, descubrir su sentido? Aunque fuera posible (nada hay imposible para los que creen o esperan), yo prefiero contar apenas nada, o contar para mantener a raya la nada: decir, por ejemplo, que hace una semana falleció un amigo mío, pensador, escritor, con treinta y siete años (uno más que yo), a causa de un linfoma, y que antes de morir escribió un libro sincero, arriesgado, doloroso, intenso, un libro en el que pide que actuemos, que resistamos con todas nuestras fuerzas a la tentación de transigir, de amoldarse al dictamen de la mayoría. Es un libro valiente, escrito a trompicones, sin ninguna voluntad de estilo, sin talleres literarios a sus espaldas, pero auténtico, entrañable, necesario. Una bofetada de doscientas páginas, de esas que despiertan cariñosamente a alguien que dormita. Y una así, aunque algo más sonora, me gustaría a mí estamparle en plena cara a cada uno de ustedes, señores miembros del jurado, que ahora mismo, en lugar de estar leyendo, por ejemplo, ese libro, pierden su tiempo juzgando esta basura que he escrito.