martes, 24 de abril de 2012

TALISMANES, FLORES, PALABRAS (SOBRE EL POEMA “RETAMAS EN FLOR”, DE ÁNGEL CRESPO)

Ayer, 23 de abril, en el marco de La Noche de los Libros, tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un entrañable homenaje a Ángel Crespo. En presencia de su viuda, Pilar Gómez Bedate, que dijo unas palabras muy emotivas sobre sus primeros encuentros con Crespo en el Madrid de la posguerra y, precisamente, en ese mismo Círculo de Bellas Artes, cinco poetas, Carlota Fernández-Jáuregui, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Esther Ramón y yo, leímos cada uno un poema de Crespo escogido para la ocasión al que hubimos de acompañar con un breve comentario. Los textos de mis compañeros fueron todos de una gran lucidez y revelaron hasta qué punto la poesía de Crespo está viva y sigue alimentando desde el enigma y desde la independencia a algunos poetas españoles actuales. En este enlace puede verse el vídeo que grabó el Círculo de Bellas Artes con la lectura de cada poema. Mi texto, al que precedí de unas pocas palabras alusivas a mi primer encuentro con Crespo, por intermediación de Arturo Ramoneda, en el Madrid de 1994 —horas flotantes a una distancia que no podría ser sino la de las más distantes estrellas, horas previas y posteriores a la presentación de la antología de Alianza Editorial, con una extraña flor dorada en la cubierta, que a Ángel le pareció acertadísima—, y a sus varias colaboraciones, como poeta y como traductor, con la revista Paradiso, que alentábamos en Tenerife, por aquellas mismas épocas, algunos estudiantes de la Universidad de La Laguna; mi texto, digo, que cuelgo hoy en este blog, no es más que el testimonio de cómo un poema consiguió enamorarme y conducirme, como de la mano, hasta donde no hubiera pensado llegar nunca. Agradezco a Jordi Doce la invitación a participar en el homenaje a Ángel Crespo, y a Pilar Gómez Bedate no solo tantos detalles cariñosos a lo largo de los años sino sus palabras, casi una confidencia, de ayer: "las retamas eran de Provenza". 


RETAMAS EN FLOR

Ahora están floreciendo las retamas
y destilan su oro
como aflora el recuerdo
en los deseos que aún no han sido 
cumplimiento ni engaño. 

Son tantas flores una sola luz
que se reflejase en lo esbelto
de tallos y hojas, como las memorias
en lo que deseamos se reflejan. 
O son como la música
de un aire que en otro aire se sostiene,
como lo recordado en la nostalgia
de lo que aún no ha sido. 

Ahora florecen. Son las flores
de la retama. Olvido
podría ser su nombre. 

                             Ángel Crespo, Ocupación del fuego, 1990


¿De dónde vienen estas flores? ¿Estuvieron ahí siempre? ¿Son estas retamas las mismas que el poeta vio en aquella mítica Cuesta del Jaral cercana a su natal Alcolea junto con las jaras, los chaparros, las aulagas, el romero o el espliego, las mismas retamas entre las que se perdía de niño? ¿O son unas meras retamas literales, inventadas por la imaginación o la nostalgia, recuperadas por el deseo en forma de palabras? ¿Están floreciendo ahora, como dice el poeta, o florecen desde siempre, no dejan nunca de florecer cada vez que llega su estación o cada vez que un lector atento, casi enamorado, lee estas palabras? Y ese ahora, el ahora del principio, ¿lo es únicamente del principio del poema o lo es también del principio del tiempo, un tiempo suspendido por la mediación del lenguaje, no congelado ni petrificado sino simplemente suspendido como el ave que se deja balancear por el viento? Ahora es también el olvido, el principio del poema contiene su final lo mismo que el final contiene su principio. Las flores entrevistas, casi tímidamente, por el poeta que pasa no sabemos por dónde y las contempla con respeto, con delicadeza, trazan un puente entre la memoria y el olvido. Nos conducen, silenciosas como una música de aire, desde el principio hasta el principio, desde el primer recuerdo hasta el ningún recuerdo. Olvidamos con ellas todo lo que fuimos y, sin embargo, recordamos todo lo que no pudimos ser. Son los pasadizos entre la nostalgia y el deseo, los mudos emblemas de nuestra vida abismada de seres incompletos, hombres, seres que han dejado de ser y que aún no han sido lo que hubieran deseado recordar que fueron o no fueron. Las flores de la retama. Si ustedes me preguntaran por qué elegí este poema les diría que fue un poco por azar, que recordé esa flor dorada de la que les hablé al principio y que, al mismo tiempo, volví a ver florecidas otras retamas, las retamas reales de las Cañadas del Teide de mi infancia, amarillas, de un vivísimo color amarillo contra los marrones volcánicos. Luego me fui enamorando de él, casi como si el poema me arrastrara a lugares lejanos y desconocidos, me fui enamorando de unas palabras, de su sencillez despojada. ¿Despojada, he dicho? No, más bien ceñida, diría, una sencillez que se ciñe a lo que en un instante se siente: unas palabras plenas de sabiduría porque no quieren o no saben alejarse de lo que, al mismo tiempo, no quieren y no saben tocar. Las retamas florecen sin que las palabras las toquen, sin que apenas las rocen; y, sin embargo, como ese aire que en otro aire se sostiene, las palabras se quedan flotando alrededor de las flores. Son las puertas que podrían conducirnos a la verdad de las flores. Y, sin embargo, por mucho que pudiéramos llegar a esa verdad, y quién sabe si el lector profundamente enamorado no lo lograría, tendríamos que olvidarla en cuanto la viéramos, desaprenderla, tomar de nuevo el camino de las palabras para volver al mundo de aquí, al borde de las flores, asomados de nuevo, una vez y otra vez, al deseo y la nostalgia de la otra realidad. Las retamas en flor, dice el poeta, son como una música que apenas se escuchara, un soplo soplado por un soplo, apenas nada, un instante en medio de la nada del tiempo. Y así, el poema podría leerse como el memorial de un camino iniciático: el poeta ha encontrado, ha visto y ha nombrado unas retamas en flor, se ha adentrado por ellas en busca de su oro, del oro del sentido, que es acaso la visión de la unidad en lo plural, el instante sentido como la totalidad del tiempo, y ha retornado con algo que entrega a los demás, ese nombre que “podría ser” y que no es otro que el de “olvido”, es decir, el despojamiento de todo lo que se ha sido y el acceso a una realidad nueva pero desconocida, vacía aún para el neófito, intrigante, deshabitada o habitada solo por el deseo de ser habitada. El poeta ha ido y ha regresado, pero en sus manos las flores, lejos de marchitarse, se han transformado en otra cosa, algo cuyo nombre es el nombre del olvido pero cuyo recuerdo punza como un deseo abrasador. Hay como una timidez en la dicción, no exactamente un balbuceo, sino una especie de prudencia. Creo que es la prudencia de quien sabe que la luz reflejada en las flores que ha visto lo expone al sufrimiento de saberse alejado de la luz original. Es como si cada palabra, cada collar de sílabas o abalorios que tintinean en el poema como en sordina fuera una especie de talismán que protege y a la vez un emblema de paso, el recuerdo de un viaje a las profundidades y una olvidada contraseña, una huella de la vivencia más profunda y un eco de otras palabras leídas o recordadas en la demorada travesía de la vida. 

2 comentarios:

  1. Magnífica tu reflexión sobre este poema, Rafael.
    Gracias por compartirla. Creo que abundaré más en otro comentario, cuando disponga de más tiempo, porque dices cosas, a mi juicio, de enorme importancia sobre la poesía y sobre la percepción de la poesía.
    Un abrazo grande,
    José Aníbal Campos

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  2. Gracias, querido Aníbal, por tus palabras. Lo único que pretendí fue aportar mi visión personal de un precioso poema de Crespo. Cualquier lectura es siempre un acto íntimo en el que escuchamos palabras que parecen hablarnos al oído. Un fuerte abrazo.

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