viernes, 30 de septiembre de 2011

AVIÑÓN


Yo tampoco sé lo que no sé.


[Frase escuchada en una guagua de la línea Madrid-Tres Cantos]

No sé cómo ni por qué me subí a las murallas y empecé a caminar a lo largo de ellas. Era de noche. En la parte de fuera, es decir, extramuros, había coches aparcados en los que aparentemente dos personas conversaban o se inclinaban la una hacia otra o se besaban o se exploraban mutuamente las oscuras entrepiernas o repasaban con los labios, una y otra vez, un pene erecto y jugoso. Yo paseaba a lo largo de las murallas con la sensación de estar vigilando intramuros y extramuros, centinela de paso, un mundo desconocido ya casi devastado. En los coches los cuerpos seguían conversando. Después de recorrer por fuera el palacio de los papas, que era algo así, creo haber leído, como la casa privada más grande de su tiempo —grandiosos muros ávidos de gloria, arquitectura soñada más que construida—, había preguntado a varios jóvenes solitarios por direcciones de calles que mi guía anunciaba y que ellos, sin excepción, no conocían. Me había dejado acompañar por uno de ellos, un desconocido que, con la excusa de indicarme la zona de la ciudad en la que según él debía encontrarse la calle que buscaba, me iba lanzando miradas traviesas o inseguras que me era imposible interpretar cabalmente. Me di cuenta de que no sabía cómo quitármelo de encima. Había demostrado que hablaba un poco su lengua, me había dejado servir por él como cicerone improvisado para un asunto que aún no habíamos resuelto, se comportaba todo el tiempo con corrección y hasta con gentileza. ¿Cómo desprenderme de él? No soy de los que anuncia de pronto que a partir de ahora va a continuar solo su camino. Dejemos la resolución de este trance para otro momento, pues ni siquiera estoy seguro de recordar cómo pude deshacerme de mi servicial acompañante. Lo cierto es que poco después me vi tomando una jarra de cerveza en un lugar que mi guía anunciaba como “el bar más frecuentado de la histórica ciudad” pero que a aquellas horas ya apropiadas para tomar unas copas estaba casi vacío. Subí y bajé varias veces las escaleras que conectaban la barra de abajo con la barra de arriba. Estuve un rato sentado, solo, en una especie de reservado amueblado con mesitas redondas y metálicas y un banco lleno de cojines: leí con fruición folletos y guías de las zonas secretas de la ciudad con la permanente impresión de estar siendo estafado. Nada de esto existe ni ha existido nunca, me decía. No es más que un reclamo para turistas incautos. Cuando volví a la barra de abajo —a la de arriba no había subido nadie— seguían allí las mismas caras mustias que me encontré al llegar. Pagué y me despedí. Creo que crucé un puente en el que me dije, creo, que era delicioso escuchar el río pasar por debajo sin que me llevara: como si esa reflexión desangelada solucionara alguno de los problemas eternos sobre la identidad, sobre el tiempo, sobre la desaparición o sobre el ser. Continué mi paseo y llegué a las murallas. No sé cómo ni por qué me encaramé a lo alto y empecé a caminar tranquilamente a lo largo. Al cabo de unos minutos aparecieron unos policías que desde el coche, educadamente, me indicaron que me bajara, pues estaba prohibido caminar por encima de las murallas de Aviñón.

martes, 27 de septiembre de 2011

UNA CASA EN LOS MONTES DE ARAFO


Para Cristi, Víctor y Gabi, con todo cariño.


En aquella casa nunca jugábamos, para qué: si teníamos las huertas, los bancales, el bosquecillo hundido al final de la ladera, las estribaciones del barranco, los muros, las pencas, los hoyos que escarbaban los perros, la piscina de plástico, el tesoro del aire, que al final de la tarde, como un prestidigitador, mostraba sus sorpresas: la brisa del recogimiento y los tornasoles del ocaso. La casa parecía haber sido construida al modo de un cuarto de aperos en el que guardar, al llegar, nuestras mochilas, los bolsos con la comida, las chaquetas. Una sobria cocina, un dormitorio oscuro, un aseo minúsculo y un saloncito casi sin decoración constituían todo el espacio. Así lo habían querido mis tíos, sus dueños: todo para el exterior, nada o casi nada para el interior. Me recuerdo devorando unas lecturas para minutos refugiado en la cama, al margen de los juegos, casi escondido en el interior de la sombra, escuchando en la mente las palabras de Hermann Hesse, sus extraños consejos para una vida más plena. Pero eran solo eso: lecturas para minutos, pues enseguida salía a buscar lo leído en la razón de la tierra, en los corros trenzados de adultos y de niños.

Allí estaba mi prima, la pequeña, con sus trenzas al aire. Con el paso del tiempo se entregó a los demás como enfermera y como madre de dos niñas. Lloró mucho, lo sé, cuando uno de sus perros murió atacado por el perro de un vecino en aquellos mismos bancales. Allí quiso enterrarlo. Por lo demás, mi prima, que fue siempre el desvelo y la entrega absoluta a los demás, sigue conservando en los ojos una luz parecida a la que le recuerdo, tan pura, de entonces.

Allí estaba también mi primo el mediano, con su aspecto travieso de díscolo galán, en el fondo callado, introvertido, pero siempre dispuesto a una broma, bonachón, desprendido, un poco casquivano. Tuvo, con el paso del tiempo, una vida un tanto aventurera, unos cuantos trabajos, pero sentó luego cabeza, se casó, tuvo un hijo y hoy en día es, por lo que sé, un auténtico padrazo.

Y allí estaba, finalmente, mi primo mayor, con sus misterios. Yo lo admiraba y no sabía por qué. Tal vez porque pensaba de otro modo, siempre libre, diferente a cualquiera, independiente, insumiso, radical, ecologista. Con el tiempo estudiaría biología, pero desde hace muchos años fotografía el universo. Trabaja fotografiando cometas, astros, satélites, planetas, galaxias y constelaciones en uno de los mejores institutos astrofísicos del mundo. Sigo admirándolo, por esa y por otras muchas razones, pues, no en vano, es el mayor de mis primos.

Allí, a aquella casa escondida en los montes de Arafo, que no he vuelto a ver desde hace muchos años, íbamos algunos domingos de mi infancia. Acaso si recuerdo sobre todo los atardeceres es porque en aquellos instantes de la despedida luchaba interiormente por quedarme allí, o por retener al menos todos los momentos que allí había vivido. Y porque esa frontera, la del final de la tarde, nos regalaba su brisa y su luz tan especiales para enseguida quitárnoslas.

jueves, 22 de septiembre de 2011

MADRE E HIJA

Las únicas palabras que posee no le sirven de nada. Está sentada en un sillón. Siente cómo se apaga: sin ningún testimonio, sin que pueda encontrar la manera de ser otra, diferente a sí misma. Mira cómo su madre, con cerca de cien años, se consume también, aunque de un modo distinto. Su madre va despidiéndose muy lentamente de la vida como quien llega al final de un largo viaje y no necesita ya las palabras porque las gastó todas por el camino. Ella, en cambio, en mitad de la vida, empieza a perder pie, siente enseguida el abismo, el vértigo de la caída, se agarra como puede a un par de arbustos cuyas raíces no tardarán en ceder, y ahora, sentada en un sillón, espera, muda y aterrada, el impacto final. Las únicas palabras que posee son las que usa para consolar a los demás, para intentar engañar a su madre, para afirmar o afirmarse que tanto no ha adelgazado, que se siente con fuerzas para dar un paseo, que esa noche comerá con apetito. Vivir era una costumbre que ahora le parece un milagro. No sentía la vida: se dejaba vivir. Y solo ahora, cuando está a punto de perderla, la siente de verdad. Recuerda casi cada día, aunque se parecieran todos, los recuerda compactos y risueños, compartidos y sólidos, seguros, transparentes, soleados. Los recuerda sin palabras, como puras imágenes, escenografía radiante para un cuerpo mermado que aún debe interpretar un último papel. Su madre, que aún conserva el sentido de las cosas, se pregunta qué ocurre, por qué, si era ella la enferma, la llamada a marcharse, es ahora su hija la que sufre, la más desmejorada, casi iguales las dos en su apariencia de ancianas. Como si su destino fuera el de marcharse juntas. Antiguas alegorías hoy ya casi en desuso nos dirían que en esa casa la muerte, la ciega tejedora implacable, prefirió no marcharse para ahorrarse otro viaje y decidió instalarse con su rueca, lúgubre, una noche en un cuarto y otra noche en el otro, vigilarlas a ambas en sus sueños confusos, esperar el momento en que les llegue la hora para convertirse en el sueño eterno de la madre y la hija: como un viaje fulgurante hacia atrás en el tiempo.

martes, 20 de septiembre de 2011

MAELSTROM

Como casi todos los demás, vas dando bandazos, desarbolado, pegajoso, engañosamente ingrávido, por los pasillos recurrentes, que no son más que tres o cuatro aunque parezcan trece o catorce, pasillos que desembocan en pasillos que desembocan en pasillos hasta que vuelves a encontrarte con alguien que te recuerda a ti hace nada más que un instante, ¿o fue ya hace una hora?, sin que ese recuerdo te haga detenerte o te haga ni siquiera pensar en detenerte. De un grupo se destaca, como si en ese justo instante un interruptor se pulsara en la habitación adecuada, un cuerpo fulgurante, un cuerpo que parece consistente hasta que, tras seguirlo, hipnotizado, durante varios pasillos o varias vueltas en el mismo pasillo circular, descubres que no es más que una sombra seductora, una indigente proyección de otro cuerpo visto horas atrás, ¿o fueron solo segundos? Y ese cuerpo, que, lo hubieras jurado, rezumaba un aceite aromático, cada lámina de piel dibujada con precisión milimétrica para obtener la perfección que los dioses ostentan o que, una vez perdida, exigen a quienes aman, ese cuerpo, también ese cuerpo, acaba desmembrado, disuelto en los vaivenes y en los roces de todos los demás, integrado en la masa que fluye vaporosa, engañosamente ingrávida, que gira y que circula en la infinita porquería de los cuatro pasillos subterráneos. La memoria, que se deja una y otra vez pisotear por la insolente desgracia del arrastre, rescata, incómoda o patética, algún resto de brillo, un gesto fantasmal capturado al azar en una esquina inmunda, la esbelta terquedad de unos muslos firmemente arqueados en el dintel que une un pasillo con otro. O acaso la espalda turbia pero inequívoca de una escultura carcomida en la hora más baja, en la hora de todas las claudicaciones. A partir de ahí te desgajas, ya no sabes quién eres, la memoria es un pulso perdido contra algo que quizá pueda llamarse la antimateria de ti mismo, permaneces sentado o recostado o erguido o asomado o encaramado sin saber si al pasar una vez más por donde nunca estuviste descubrirás una señal de que estuviste acaso en el revés de ese allí o de que nunca estuviste, ni siquiera una vez, ni siquiera de paso, en el revés del revés de un lugar como ese. Las melodías suenan huecas, melifluas, pretenciosas, a cierta hora de la madrugada. Los escondites no llevan ya a descubrimiento alguno. Ningún ejemplar de gato montés desamparado caerá sobre ti implorándote compañía, protección o caricias. Un sinuoso cortejo de penitentes viscosos estará en todo instante dispuesto a desollarte. Habrás de recobrar las fuerzas o la orientación, tu propio cuerpo, para salir enseguida del lugar, vencido o rescatado, sudoroso o reseco, en cualquier caso alguien que sale a la mañana y que casi respira el aire de la calle como si volviera a nacer.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SIMON LAKS EN AUSCHWITZ

Una de las lecciones que uno puede aprender después de leer Melodías de Auschwitz es que nunca se sabe lo que en un futuro puede salvarnos. Simon Laks, compositor, pianista, violinista, intérprete en funciones cinematográficas en el París de entreguerras, no pudo nunca imaginar que acabaría siendo salvado por la música, que su destino, el de un judío recién llegado al centro del infierno pero que, por su buen estado físico, había evitado de entrada la cámara de gas y había sido designado para uno de los comandos de trabajo, que su destino, decía, que era la muerte por agotamiento, por inanición o por frío después de un par de semanas, iba a ser transformado en el de un superviviente gracias a la música. Simon Laks llegó a dirigir la orquesta del campo de Auschwitz-Birkenau, una de las “instituciones” mimadas por los carniceros nazis en virtud de ese paradójico (y varias veces recalcado por Laks en su libro) amor de los alemanes por la música. Otra de las lecciones que la lectura de Melodías de Auschwitz depara (después de que en las varias librerías en que pregunté por el libro ninguno de los libreros supiera cómo se escribe Auschwitz) es que el testimonio puede padecer dos males mayores: el olvido y la tergiversación. Cualquier europeo que haya olvidado cómo se escribe Auschwitz, que tenga solo una vaga idea de lo que allí ocurrió, que no se haya preocupado apenas por la infamia infinita que supuso aquel reverso, aquel (como dice Laks) “negativo” del mundo, no solo está expuesto, como lo estamos todos, a que el infierno vuelva en cualquier momento a reeditarse, sino que será incapaz de detectar las señales atroces que aparezcan en el horizonte. En cuanto a la tergiversación: los supervivientes temieron no solo no ser escuchados, sino sobre todo no ser comprendidos. Muchos se avergonzaban de haber sobrevivido. Simon Laks, incluso, tuvo que responderle un día a una señora que le preguntaba cómo lo había logrado si habían muerto tantos: “Perdóneme usted… pero no lo hice a propósito”.

Lo que Simon Laks afirma en su libro, la que podría considerarse como su tesis principal, si es que alguna puede haber en un libro que es sobre todo un crudo testimonio de sus años en Auschwitz, es que la música puede hacer daño. El arte más sublime, considerado por tantos celestial o divino, la música, cuyo origen estaba en las esferas y que era capaz de amansar a las fieras o aplacar las tormentas, el bálsamo del alma, la inductora del sueño, la protectora del espíritu, la escala misteriosa entre la tierra y el cielo, la música, según Simon Laks, que la interpretó a la salida y al regreso de los comandos de trabajo de Auschwitz, puede hacer daño. ¿Tal vez porque evocaba, como un perfume lejano, el mundo perdido de cada prisionero, lo irrecuperable de cada vida? ¿O tal vez porque recordaba ese vínculo roto entre la vida y lo que la trascendía, entre el cuerpo y el alma, entre el mundo y la eternidad? Simon Laks no se hace estas preguntas. Le basta con dar testimonio, por ejemplo, de su visita al hospital del campo durante unas Navidades para interpretar con su orquesta unos villancicos. Los moribundos empezaron a gemir, luego a llorar, y finalmente les gritaron a los músicos: “¡Márchense! ¡Déjennos morir en paz!”.

El libro de Simon Laks, que no fue autorizado por las autoridades polacas de la época comunista y tuvo que publicarse en Londres (había habido una primera versión, más breve, en 1948, escrita en francés al alimón con René Coudy y publicada en París), es un libro incómodo. Ya desde el principio, desde su propio título: Gry oswiecimskie, cuya traducción literal sería “Músicas o juegos auschwitzianos” y que en la edición española (traducida por Xavier Farré, a quien debemos agradecer un trabajo tan necesario) se ha vertido como Músicas de Auschwitz, contiene una aparente paradoja. Aunque en ningún momento se escatima ningún detalle para describir las atrocidades sufridas u observadas por su autor, este insiste sobre todo en la historia de la pequeña orquesta espectral, en la condición de privilegiados de sus miembros: comen más, viven en mejores condiciones, sufren menos golpes de kapos y esmans que la mayoría de los presos del campo. Pero todo esto, y Simon Laks lo sabe y no lo oculta, es una especie de milagro procurado por la música. Esa misma música que tocan y que en los oídos de los enfermos y los presos se convierte en un llanto insoportable a ellos, a los músicos, les salva la vida. Afinan sus instrumentos, copian y componen obras, la mayoría canciones o marchas tradicionales alemanas (a veces, en secreto, cantos polacos o judíos), y luego las tocan a la salida y al regreso de los comandos de trabajo que vuelven siempre con los cadáveres de quienes no superaron el frío, la fatiga, los golpes o el hambre. Y esos músicos, dirigidos por Simon Laks, no dejan nunca de tocar, pues, desde el momento en que lo hagan, el peso del silencio caerá sobre ellos.

lunes, 12 de septiembre de 2011

PARA JOSÉ HERRERA


















(José Herrera en su taller de Las Mercedes, Tenerife. Foto: Nacho González)

El artista despierta. La habitación ha amanecido como recién pintada, llena de colores lavados en la fuente del sueño: un verde agua, un añil muy profundo, un rojo acerado. El artista ha dormido con la ventana abierta. En el sueño ha llegado hasta la orilla del mar y ha permanecido allí, respirando, recordando y cantando, durante horas. La respiración se le ha llenado de recuerdos que el canto ha absorbido para devolverlos al mar cuya brisa no han dejado de respirar sus pulmones. Al despertar, unas manos han dibujado solas la forma de un cuerpo. La han dibujado como si la mecieran, como se hace con un cuerpo recién nacido cuya piel es muy frágil y cuyo peso es inconmensurable. La incomodidad de no disponer de branquias para respirar debajo del agua: la desgracia de no estar dotado de alas para volar en el viento. Las piezas que van surgiendo a partir de los dibujos flotan, bucean, planean, levitan o navegan, pero ninguna de ellas, aunque lo parezca, reposa convencida en ningún suelo. Están tensas, como una palabra en suspenso, una paradoja, una especie de koan hecho no de palabras sino de materia, de memoria y de sueño.


(De la otra mirada, Acrílico y óleo sobre pasta de papel, 171,5 x 91,5 x 91,5 cm, José Herrera, 2001/02. Foto: Alejandro Delgado)

Las manos del artista dibujan solas porque su cuerpo sigue estando sumergido en la irresolución apartada, en una dimensión de la vida en la que no hay antes ni después, aquí ni allá, ahora ni nunca ni siempre, yo ni mundo, acaso tan solo un puro tú perpetuamente desprendido que se encarna en las manos, las dadoras, las dadoras de forma para todo lo informe. El artista conversa con su propia muerte. Se tiende para medir el tamaño de su inexistencia. Se encoge, incluso, hasta casi desaparecer, para compararse con la dimensión de su ausencia. Pues solo desde la ausencia puede decir o palpar, solo desde la inexistencia más radical y más atroz surge un hilillo de vida verdadera que se vuelca en la obra como una plegaria o como un llanto. Hay aquí lágrimas que nadie ha visto y que, sin embargo, pueden llenar la habitación con su peso de madera o de plomo. Y luego, enseguida, el vuelo o una escalera para hacernos respirar, a nosotros o todos esos túes con los que el artista conversa, más allá de nuestros propios cuerpos: súbete en mis hombros, o en esta escalera, para ver el horizonte en el momento justo en que se disuelve en la noche.


(Obra sobre papel, José Herrera, 2005)

Podrían ser también figuras que nadie hasta ahora ha visto y que han sido rescatadas de su mentida invisibilidad como en un acto de mera justicia. Ojos que no ven para que el corazón los sienta. U ojos que sí ven para que el corazón los presienta. O incluso ojos que son el propio corazón en el que laten. La casa en la montaña, en la que el artista ha instalado su vivienda y su estudio, queda a veces envuelta en tinieblas voraces. Lo único que entonces se mantiene encendido es un minúsculo fuego, un resplandor oculto: la llama de las yemas que crean, hasta en sueños, formas y objetos que mantienen la noche aferrada a la noche.


(Espacio para lo íntimo, Bronce, 225 x 210 x 142 cm, José Herrera, 2008, Colección TEA, Tenerife Espacio de las Artes)

jueves, 8 de septiembre de 2011

HORCYNUS ORCA

Para Carla Chiummo

A saber por qué recordé, una de estas últimas tardes, un libro que estuve hojeando solo unos instantes, hace años, en la casa de una amiga italiana: Horcynus Orca. Recordé el grosor imponente de la obra, la biografía resumida del autor en la contraportada, el aroma extraño de una lengua a medias inventada, a medias libresca, a medias recordada en las costas de la infancia siciliana. Un aroma prácticamente vedado para mí, desde luego, que, si lo desconozco casi todo del italiano, cómo podría atreverme con uno de los libros considerados más difíciles —según me explicó luego mi amiga— no solo de la literatura italiana, sino de toda la literatura universal. Una obra en la que su autor trabajó durante casi veinte años y que yo estaba hojeando en la biblioteca de mi amiga poco antes de dormirme. Una profanación. Una indecencia. Lo cierto es que recordé que, según la sinopsis que ofrecía el editor, el centro de la obra, de raíces homéricas, era el regreso de un marinero a su lugar natal al acabar una gran guerra y sus enfrentamientos con un monstruo, una especie de orca gigantesca, que venía a ser el símbolo del mal encarnado en el mundo. Ahora creo saber que, si me vino al recuerdo aquel flechazo imposible entre Horcynus Orca y yo, fue porque estaba pensando en los problemas que a veces plantea la traducción de una frase, o de un único verso, incluso, cuya fallida versión a nuestra lengua trastorna un poema entero, un relato completo. Pensé luego en esas obras que se cree, no sé si con razón, imposibles de traducir: acaso, me dije, un traductor auténtico tendría que invertir un esfuerzo equivalente al del autor original para verter a su lengua obras tan complejas como… Horcynus Orca. Sí, fue en ese momento, a modo de ejemplo espontáneamente sobrevenido para una idea trillada, cuando recordé el título, el libro, aquella noche en que estuve hojeándolo en la habitación de invitados de mi amiga, en Roma, extraído al azar de su amplia biblioteca, intrigado por un autor, Stefano D’Arrigo, del que nada sabía y cuya vida no parecía haber tenido otro sentido que el de crear un libro destinado a muy pocos lectores. ¿O había otros sentidos más secretos, transversales, ocultos, resguardados, perdidos en el hilo imprevisible de los tiempos? Algo como que yo estuviera allí, aquella noche, y ahora aquí, esta otra noche, uniendo con palabras una noche a la otra, para qué, quizá para buscar lo que perdí días después, un largo paseo por las afueras de Roma del que apenas recuerdo unas pocas imágenes, un paseo que era tal vez un regreso a algún lugar olvidado, que llevaba —y llevó, como lleva solo el destino— a un encuentro con alguien a quien nunca he olvidado. Las filigranas que luego desgranaron dos cuerpos en su mentida eternidad, un cuerpo blanco y otro negro, una piel áspera y otra sedosa, la fluctuación de miradas, los lentos deslizamientos entre la cintura y los hombros, una pasión auténtica cercada por la ilusión que es todo instante, sobre todo el instante que se inventa a sí mismo como algo más que un instante: todo llevaba a todo. Y los deslizamientos siguen: la barca sigue zozobrando porque el mar no ha dejado de ser azotado por monstruos, la barca en la que va cada uno, en la que voy en busca de algo parecido a una tierra firme o natal, frágil embarcación construida con palabras, único medio de mantener unidos el tiempo perdido y el presente, la noche en que leía y la noche en que escribo, la noche en que temblé, entregado, y la noche en que vigilo, arisco, que el aire impida el paso a cualquier cuerpo extraño, tantas figuras dibujadas que la mente desgarra en sus intentos vanos de abrazarlas y la piel de las yemas de los dedos que escriben.

martes, 6 de septiembre de 2011

EL SIGUIENTE SUEÑO

Y en el siguiente sueño, ella —que no bebe nunca— da cuenta de un solo trago de un extraño licor que yo rechazo con la excusa de que padezco de asma —enfermedad que no padezco aunque con frecuencia haya afirmado lo contrario. Esto sucede en la barra de un pequeño local exclusivamente masculino en el que ella campa a sus anchas como si las normas de acceso no la afectaran. Descorro una cortina y accedo a una salita exigua en la que un jacuzzi atiborrado de cuerpos me invita a seguir adelante. Con la piel aún mojada por el repelente y constante chapoteo de los cuerpos me introduzco a través de un pasillo acristalado. A un lado y a otro se entrevén reservados en los que conversan animadamente seres que no son humanos salvo en el uso del lenguaje: no tienen cuerpo ni cabeza, sino únicamente contorno, una línea que apenas delimita una masa de vapor más espesa que el aire circundante. Tales masas se mueven mientras hablan, se desplazan a través de los reservados —reservados que están, como sabemos, a la vista de cualquiera que atraviese el pasillo— y, en ocasiones, difuminan aún más sus particulares contornos para fundirse las unas con las otras durante unos breves instantes. Al final del pasillo se llega a un gran patio que no lo es, quiero decir que es como una explanada en la que ya estamos fuera del pequeño local en que dejé a mi amiga bebiéndose furiosamente en la barra una copa tras otra. Sin embargo, la sensación es la de seguir en el interior del local. En una enorme piscina que cubre por entero uno de los laterales de la explanada —y que es una piscina soñada ya antes, el resto de un sueño soñado no se sabe cuándo, en todo caso hace mucho— una multitud fervorosa se salpica y salpica a quien pasa por el borde —a mí, quiero decir— sin que esto signifique animadversión alguna. La multitud está formada por cuerpos que, esta vez sí, parecen humanos, aunque la forma en que allí se utiliza el lenguaje no sea en ningún caso la conversación, sino el grito. No me refiero a gritos que se lancen unos a otros en respuesta unos de otros, sino de gritos solitarios, soliloquios gritados que cada cual emite cuando le parece sin buscar ni esperar respuesta en los demás. Gritos y salpicaduras, así pues, soliloquios y chapoteos son lo único que allí se produce en una especie de espectáculo cuyo único espectador soy yo. Un poco más adelante, en las estribaciones de la explanada —o patio—, una exploración casi furtiva me lleva a descubrir una puerta apenas visible que no parece haber sido pensada para entrar ni salir. Digo apenas visible porque está pintada exactamente con el mismo color del muro en que se encuentra, como si el constructor de todos esos espacios —que debe haber sido uno solo, un solo constructor de mente retorcida— hubiera querido camuflarla. Una puerta, además, que no sirve para entrar ni salir, no porque esté condenada, sino porque al abrirla no da a ningún lado. Esto es difícil de explicar. Ocurrió que encontré la puerta huyendo, en cierto modo, de los gritos y salpicaduras de los que ya hablé, y cuando la abrí para acceder, como era mi deseo, a otro lugar, resultó que no había otro lugar, que la puerta se abría pero allí no había nada, absolutamente nada. Y cuando, decepcionado, me volví para regresar por donde había venido, tampoco había ya nada, nada en ningún sitio. En ese momento me desperté.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA ESTRELLA

Mentiría si dijera que anoche, cuando salí al balcón, no me conmoví al ver la estrella. Era una estrella que brillaba más que las demás, o tal vez no fuese que brillaba más, sino que brillaba de otro modo. O acaso era yo, éramos nosotros quienes la habíamos visto brillar más o de otro modo. La estrella ampliaba las dimensiones de la noche, le daba un sesgo de introspección que la noche se resistía a incorporar pero que bastaba con asomarse un rato al balcón para sentir. Y es que la estrella remitía directamente a los ojos que, juntos, la habían contemplado, lo mismo que los geranios de la jardinera seguían recordando las cuatro manos que habían removido la tierra para plantarlos. Y había más: había una pared de la casa que habíamos pintado juntos y que seguía ostentando su color de ciruela aun después de la separación. Toda la casa, de hecho, estaba impregnada de pequeños detalles, de huellas casi invisibles de una convivencia entrañable, que podían ser localizados no solo en lugares exactos del espacio sino también en secretas e inciertas celdas de la memoria. Pero solo la estrella, la estrella con su remoto resplandor, con su constante presencia, cada noche, con su silencio y su calma, con su luz como un ojo perdido en algún lugar del universo, no tenía su sitio en el interior de la casa, estaba fuera, allá arriba, y, sin embargo, era lo que más seguía vinculándonos, lo que mejor mostraba todavía al corazón lo fuertes que habían sido los lazos de quienes la miramos juntos durante varias noches de agosto. La estrella parecía mantener unido lo que la vida había separado. Por muy lejos que esté en los abismos oscuros de los mundos, por muy indescifrable que su verdad sea aún para los hombres, para mí esa estrella significa algo muy simple: que cada vez que salga al balcón y la vea, cada vez que levante la cabeza hacia el cielo, si siguen intactas mi memoria, mi vista y mi razón, recordaré los días en que allí conversábamos, fumando, avanzada la noche, sin sueño, extasiados el uno junto al otro, en el milagro de un tiempo que está fuera del tiempo y al que podría darle algunos otros nombres aunque el que más me guste sea la palabra amor.