jueves, 30 de junio de 2011

LOS HERMANOS

Podría decirse que es un sueño si nos situáramos fuera del sueño. Como en un comienzo de verano, cuando el tiempo parece estirarse en el horizonte de los días sin obstáculo alguno, yo había bajado a la zona de las piscinas, creo que en pantalones cortos y sin camisa, calzando unas cómodas chanclas con las que iba recorriendo toda aquella explanada junto al mar. Chiquillos alocados se lanzaban desde los bordes de las piscinas y no chocaban de milagro al caer unos junto a otros. Yo hubiera querido zambullirme con ellos, piscina tras piscina, como en un cuento célebre, hasta llegar al final de la explanada, al mirador dispuesto para contemplar los acantilados y comprender que ahí estábamos ante uno de los límites de la isla. Pero no tenía edad para tales travesuras. El sol bullía en las superficies, flotaban los cuerpos entregados al verano y todo era un griterío extasiado que nombraba el placer sin necesidad de palabras, como un eco del sol. Me contentaba con disfrutar del espectáculo, herido levemente por no poder participar en él, meticuloso en la mirada, ávido de imágenes, como un comulgante que recuerda su etapa de neófito y añora los tactos de la primera vez, los cuerpos chorreantes, exangües, que se frotan las pieles bajo el agua sin querer. Debe de ser que sentí hambre, pues de pronto me vi entrando en una especie de venta, mezcla de chiringuito y de tasca, regentada por unos chinos, en la que se vendía de todo y, además, se podía comer por un módico precio. Allí me encontré con los hermanos. Eran amigos míos desde hacía mucho tiempo, pero había perdido la cuenta de los años que llevaba sin verlos. Uno de ellos, el hermano menor, de unos cuarenta años, había engordado notablemente desde la última vez; había adquirido, de hecho, una obesidad preocupante. El otro, el mayor, de más de cincuenta, tan solo había envejecido. Me saludaron con el alborozo de quienes se encuentran en un lugar insólito y piensan poder compartir, después de tanto tiempo, un rato de alegría. Estaban comiendo en un rincón de la venta y eran en ese momento sus únicos clientes. Les habían servido un arroz cuyo aspecto era el de un mazacote grasiento en el que apenas se destacaban unos tropezones que podían ser tanto gambas refritas como alitas de pollo. Junto al arroz, que compartían, cada uno tenía un gran pincho de tortilla que parecía preparada varios días antes, tan seca, descolorida y almidonada se veía. Acompañaban la comida con sendas cocacolas y lo cierto, a pesar de la dudosa calidad del menú, es que se estaban poniendo como el quico. Claro, así se explican muchas cosas, pensé. No les preocupa comer bien, simplemente pretenden atiborrarse. Creí que era mi deber reconvenirles, no tanto por la abundancia inapropiada de lo que estaban comiendo, sino porque sin mucho esfuerzo hubieran encontrado a lo largo de la explanada lugares mejores para comer. Hay cerca de aquí, les dije, varios restaurantes que, sin ser de lujo, ofrecen una comida más elaborada, más sana y menos grasienta que la que ustedes están comiendo en este mismo instante, y no entiendo por qué han tenido que venir precisamente a un garito como este si casi por el mismo precio hubieran podido permitirse una buena paella o un rico estofado. Diría que me miraron boquiabiertos si no fuera porque mantenían las bocas cerradas para poder masticar bien el entullo que enseguida iban a deglutir. Bueno, Rafa, las cosas no siempre son lo que parecen; con estas tapitas lo único que hacemos es acompañar unas cocacolas que nuestros cuerpos, sedientos después de bañarnos con los niños en las piscinas y expuestos al calor estival, no dejaban de reclamarnos con impaciencia. Escuché perplejo lo que me respondió uno de los hermanos, concretamente el menor, el que más delito tenía por no haber puesto freno a una voracidad que, a ojos vistas, lo había conducido a la gordura. No supe qué contestar a unas palabras que me resultaron histriónicas, excesivas, retorcidas y falsas, y que lo único que buscaban era excusar lo inexcusable. O sea, le dije, que se trataba con estas tapitas, con este arroz pegajoso y con esta tortilla inmunda, visiblemente cocinada hace un mes, de acompañar unos refrescos para combatir la sed. ¿No es así?, recalqué. Bueno, Rafa, el lugar nos pareció curioso, esta tienda de chinos junto a las piscinas, y, además, tampoco vamos a engordar con estos aperitivitos, dijo esta vez el hermano mayor mientras el otro lo contemplaba serio, con cara de no saber si interpretar sus palabras como un nuevo intento de excusa o como una sorna velada. Tú, desde luego, sí que no vas a engordar, le oí contestar al hermano menor, pero, en cuanto a mí, sin duda me hubiera ido mejor comiendo la ensalada que te propuse al principio y que rechazaste porque “para comer hierba ya están las vacas”. Empecé a sentirme el causante de una discusión fraternal, pues la referencia a las vacas dio pie a nuevas alusiones, comentarios y proclamas mientras, de todas formas, ninguno de los dos dejaba de comer lo que quedaba del arroz y la tortilla. Intenté cambiar de tema. Vamos a bañarnos con los niños, les dije. Sí, hay un grupito divertido en una de las piscinas, dijo el hermano mayor. Se tiran de bomba y gana el que más agua salpique fuera de la piscina. Antes ganó él, dijo señalando a su hermano con un dedo tímido. Sí, y ojalá hubiera salpicado tanta agua que la piscina se hubiera quedado sin ella cuando saltaste tú, para que reventaras, le contestó impávido su hermano menor. En otra de las piscinas hay un grupito que juega a lanzarse por un tobogán, siguió sin rechistar el hermano mayor; pero hubo que interrumpir la competición porque aquí el amigo se atascó cuando se lanzaba y no sabían cómo desatascarlo. Siguieron durante un rato recordando sus juegos en las piscinas con los niños, hasta que me cansé y, como tenía hambre, pedí unas tapas para acompañar una caña. Me trajeron, claro, un poco de arroz y un pincho de tortilla. Cuando terminamos pedimos unos cafés y luego fuimos a jugar en las piscinas con los niños.

lunes, 27 de junio de 2011

SOBRE UNA TARDE DE JUNIO

Para Antonio Anaya

No debí haber salido, pues, ¿en qué tonalidad cantar un poco más adentro, junto a unos árboles de los que solo caían hojas cuando un balón los golpeaba enfurecido, frente a la devastada llanura de un cielo de canícula, bajo vencejos que se pisaban los unos a los otros y gritaban formando una escala inservible para dejar atrás el suelo caldeado de esta tarde de junio? No debí haber salido, vencido como estaba ya antes de salir, aunque me complaciera engañarme pensando que no había otra paz que la de estar tendido en el reposo de la cama, entregado a una lectura que me hablaba de adioses y de pasos taciturnos, de noches de convalecencia y de confusos fervores. No, no debí haber salido si era solo para esto, para enredarme un poco más en la maraña de voces, en ese griterío de la feria cercana, en una música que retumbaba como producida por batanes infernales, sin otra ilusión que la de vindicar el movimiento de mi cuerpo, vana, desde luego, como cualquier ilusión, sobre todo si estaba originada en la atrocidad de la indolencia, en la sudorosa quietud de quien resiste acostado los calores, las dudas, la propia inexistencia. No debí haber salido para seguir encerrado en la inmovilidad de la vida, si no iba a ser capaz de cantar un poco más adentro, de saltar con los niños hasta el vapor con que eran fumigados en las terrazas sus padres, de hablar por los codos, por las caderas, por la nariz y hasta por las sonrisas como aquellos aprendices de malabaristas que apenas conseguían mantener el equilibrio y, sin embargo, bebían el instante con más intensidad que yo. No debí haber salido, de ninguna manera, hasta no haber encontrado el modo de salir primero de mí mismo, pues acercarme hasta el parque era tan solo el pretexto para encontrar otro tono, otro color en el alma, una tonalidad distinta a la del gris monocorde que la cubre hace tanto, pinceladas que afloran cuando alguien raspa en el cuadro, bajo los ojos, junto a la boca, sobre el mentón. No debí haber salido porque toda salida ha de ser como un viaje que implica regresar transformado, mezclarse con el aire, enjuagarse en las fuentes, trenzarse con la hierba, adormecerse de sí, aligerarse del peso que se carga sin ganas, sin paciencia, sin fe. No, no debí haber salido con la mueca de siempre, con los dedos que cuelgan de unas manos marchitas, con los torpes andares, con las vísceras frías que ya no sienten nada.

domingo, 26 de junio de 2011

LA FISURA IMPREVISTA

Como quien se ha adentrado tanto en el mar que no solo ha dejado de hacer pie sino que duda que sus fuerzas le den para volver y entonces, con un hilo de voz, pronuncia una palabra que alguien en la orilla escucha como si hubiera sido transportada por el viento especialmente hasta su oído.

Algo similar a esto. Llegar a tal estado de aislamiento y de incomunicación que, de pronto, en el pasillo, se tiene la ocurrencia de descolgar el telefonillo del portero automático y ponerse a escuchar los sonidos de fuera, de la calle, las voces lejanas de los transeúntes, los cláxones, la música del bar de la esquina.

Como si fuera esa la única posibilidad de acceder a un mundo ajeno al de la propia casa: un pasaje algo insólito, que siempre estuvo ahí pero que nunca se había descubierto, como una fisura por la que dejar que la vida, sus ruidos y sus voces, se cuelen hasta el silencio de la casa en que los pasos se suceden los unos a los otros.

Es extraño, de pronto, descolgar fácilmente un aparato que casi nunca se ha usado para sentir cómo todo sigue respirando a nuestro alrededor: cómo ahí mismo, a unos pasos, fuera, si traspasamos el portal, aún no ha sido cancelada la vida, aún late aunque lo haga ya al margen de nosotros.

Y se tiene la sensación de estar espiando del modo más invisible, escuchando fragmentos de conversaciones, palabras sueltas que casi no se entienden, como una grabación en mal estado. Basta con permanecer con el auricular junto al oído para estar como detrás de una cortina acechando a quienes hablan sin pensar que otro los escucha.

E intentamos contener la respiración. El silencio en la casa es absoluto. Somos un mero oído en el que no cae palabra alguna a él destinada, sino que caza palabras al azar a través del telefonillo de un portero automático. Como un ojo que espía a través de una mirilla. Como una mano que toca cuerpos ajenos al amparo de la oscuridad.

Y de pronto, una idea: hablar, ¿por qué no? Decir algo en voz alta. Catapultarse en forma de palabras hasta el exterior. Dirigirse a oídos anónimos que pasarán de largo casi todos, incluso si se recita un poema recién escrito o se balbucea un lamento o se entrecorta una breve reflexión desesperada. Decir algo, como un bañista que está a punto de ahogarse, para el único oído capaz de escuchar.

jueves, 23 de junio de 2011

UNA IMAGEN RESUENA

En la mente
de un niño
quedó impreso
el momento
en que la casa ardía
incendiada de voces
junto al mar de un domingo
en el norte de la isla:
una terraza
de losetas partidas
y hierbajos acoge
a ese niño que juega
a las palas con otro
niño desconocido.
El eco de la bola
golpeada con furor
resuena entre las voces
que llegan desde dentro:
las voces de los padres,
las voces de las madres.
Resuena todavía
en la mente
de un niño
que ya casi no existe
lo que entonces sonaba
en la mente del mar.

(Garachico, hacia 1980)

lunes, 20 de junio de 2011

NUNCA HASTA AHORA

Ojalá no se acabara nunca, pensó aquella noche en el mismo momento en que tuvo la sensación de que empezaba a batir su marca personal: las casi tres horas sin interrupción que recordaba haber pasado haciendo el amor mucho tiempo atrás, en su primerísima juventud. No solo deseó que no se terminara nunca aquella conjunción de dos cuerpos que se amaban, sino que vislumbró la posibilidad de que, en efecto, no se terminara nunca. Era de tal calibre la fogosidad con que su cuerpo entraba en el de aquel muchacho al que, por un prurito simbólico, aunque sin dejar de faltar del todo a la verdad, llamaremos Abel, y era tan gozosa la forma con que el cuerpo de Abel recibía al suyo, que su mente empezó a enredarse en pensamientos extraños que tenían que ver con sus dos cuerpos fundidos en un instante que era similar a aquel instante y que era a la vez como el reverso de la eternidad. Sí, podríamos seguir así para siempre, sin necesidad de comer, pensó o susurró al oído de Abel, pues qué alimento mejor que nuestros propios cuerpos, los músculos mordidos, sabrosos, abrasados, la fruta de tus nalgas como colgada del primer árbol del mundo, toda la carne expuesta para la boca del deseo sin fin; sin necesidad de beber, con todo el sudor desparramado por tus brazos, por tu espalda, por tus muslos, ofrecido como en una fuente brillante en lo más profundo de un bosque o de un edén; sin necesidad de dormir, pues el amor nos mece entre sus brazos y al mismo tiempo que te doy el preciso placer que tú deseas te acuno y te adormezco como en un sueño de muerte; sin necesidad de vivir fuera de esta pequeña alcoba en la que estamos tendidos sobre una cama que se ha convertido en el centro candente del mundo; sobre una cama que irradia una luz que no se extinguirá mientras sigamos trenzados como un único cuerpo. Las embestidas de la pelvis parecían dictadas por un ritmo profundo, incluso cósmico, se atrevió a pensar. Los dos cuerpos habían alcanzado una compenetración perfecta y no se movían ya en respuesta a ninguna voluntad individual sino como las piezas de un engranaje superior e invisible. El tiempo, conjeturó, había pasado a estar, en aquel instante, sometido al imperio de los sentidos saciados. Proseguir de este modo, siguió pensando o susurrando, es entrar en una dimensión desconocida, pues dejamos atrás el mundo de los cuerpos que nos separan de quienes no somos nosotros, el mundo de los límites y de las barreras entre lo de dentro y lo de fuera, entre la realidad y el deseo, entre la piel y el universo. Nos estamos perdiendo en nosotros mismos. Una noche como esta es propicia para ir más allá del tiempo: nos pide que no nos detengamos nunca, que cada vez me acerque un poco más al corazón de lo que eres, al ardor primordial, que cada vez sientas más honda la caricia que te quema por dentro hasta que su llama toque y deshaga lo que eres, lo que soy, como si un animal estuviera lamiendo con su lengua bífida las entrañas llagadas de la vida o el resquemor de la muerte. Qué jóvenes somos ahora en esta noche, pensó, en el resplandor de nuestros cuerpos que ya nunca se separarán. Hemos hecho el amor en un coche, en un recinto de piedras cerca del mar, bajo las parras del jardín de nuestro padre, en unas escaleras, en un claro del bosque por encima de las nubes, en aquel túnel abandonado que servía para atravesar la autopista. Pero nunca hasta ahora, Abel, habíamos hecho el amor en la eternidad.

domingo, 19 de junio de 2011

BIOGRAFÍA DE NADIE

La vida está siempre afuera. Por eso el primer territorio de la búsqueda son los pasillos interiores, las deslizantes losetas moradas que una luz tenue ilumina a todas horas. Cuando sale de casa y se encuentra allí, en medio de los pasillos interiores, siente que su vida comienza a palpitar.

*

A veces se detiene en las escaleras. Se sienta como si el cuerpo le pesara demasiado para proseguir. El silencio se interrumpe de pronto cuando suena el chasquido del ascensor al que alguien ha llamado. Como si ejecutar el más mínimo movimiento pudiera traducirse en vibración perceptible en el interior del ascensor, permanece completamente inmóvil hasta que lo escucha detenerse unos pisos más arriba. Apenas distingue los pasos de quien ya está abriendo la puerta de su casa. Seguirá unos instantes más en las escaleras: ese incierto escondrijo en fuga, esa desamparada espiral entre su casa y la calle. Otro gallo le cantara si no padeciera fobia a los ascensores.

*

En la calle es ya, por fin, el otro que los otros conocen. No el hijo de mamá. No el huérfano del médico importante. No el hermano de sus hermanos muertos de sobredosis. En la calle es solo él, aunque no sea nadie, aunque apenas recuerde su infancia, la turbia adolescencia de inacabables fiestas, de antros mohosos en los que las pibitas solían preferir a sus amigos mientras él se drogaba como quien busca posponer la madrugada —por si acaso la noche accediera, finalmente, a regalarle una prenda. No es que no recuerde todo eso porque lo haya olvidado, sino porque, en cierto modo, continúa viviéndolo, de un modo fragmentario, a fogonazos, cada vez que se achispa. Milagrosamente, logró sobrevivir a aquellos años. No fue, sin duda, cuestión de voluntad. El empobrecimiento, los tratamientos no siempre eficaces pero persistentes, las muertes disuasorias de sus hermanos, el envejecimiento: todo contribuyó a que se convirtiera en un superviviente cuyo único consuelo es acabar las noches en brazos del alcohol.

*

Tuvo siempre cara de niño. De niño ajado por la vida. Su pelo rubio de niño mimado por una madre perdida en vagos ensueños de grandeza. Sus ojos azules que conservaban un resto de inocencia cuando, convulsos o abotargados tras una noche al raso, miraban sin ver a los vecinos que se cruzaban con él en el portal. Allí, en el portal, se sentaba por la mañana. A su lado descansaba siempre la última lata de cerveza. No hablaba solo, pero había algo de conversación solitaria en su postura, como si creyera seguir enredado en alguna disputa toscalera de bar pringoso de la zona del puerto. El portal era el preámbulo del infierno. Y, como todo preámbulo, requería ser prolongado en la ilusión de sortear lo que vendría a continuación.

*

El infierno era, de nuevo, la casa. Los pasillos interiores eran ahora, si cabe, aún más tenebrosos. Las losetas moradas se tragaban su sombra renqueante a medida que subía hasta el quinto piso donde vivía con su madre. Las paredes, en las que iba apoyándose como si estuviera cargándose a sí mismo, le raspaban la piel. Pensaba que estaban hechas para eso, esas paredes ásperas, para que la piel de sus brazos y de sus mejillas, maltratada, manchara levemente de sangre las sábanas limpísimas en las que iba a acostarse. Abría silencioso la puerta. Pretendía que su madre, en pie desde temprano y con el delantal ya puesto en el trajín de la cocina, no lo escuchara llegar hasta su cuarto. A veces ni siquiera la saludaba al llegar.

sábado, 18 de junio de 2011

LA PASAJERA

Ella iba callada mirando por la ventana. No fue difícil descubrirla: el autobús iba repleto y lo único que se podía hacer, salvo mirar alejarse la ciudad como si fuera cayendo la luz, era fijarse una y otra vez en los compañeros de viaje. Y ella destacaba. Apenas parpadeaba, no cambiaba de gesto, movía lentamente el cuello o los ojos como si estuviera hipnotizada, se posaba un dedo en los labios y lo mantenía allí durante un rato largo. Su mirada parecía perdida o resignada, aunque también podía pensarse que estuviera maquinando algo, algún plan no demasiado diabólico pero sí lo suficientemente malvado como para que alguien se retorciera sin saber si lo hacía de placer o de dolor. Era una mirada perdida pero a la vez recogida, perfectamente serena al tiempo que incontrolable. Miraba siempre hacia fuera, la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda. Después de un rato me di cuenta de que su rostro se reflejaba en el ventanal del autobús. Empecé a mirarla a través de ese espejo. Se conjugaba mejor con la desesperanza, con la inutilidad de mi mirada mirarla en esa réplica pálida, confusa, que, sin embargo, aventajaba a su rostro real en inocencia, en distancia, en indefinición, en todo lo que a mi imaginación le convenía para dotarla de un mínimo atisbo de respuesta. Pero ella no me miraba. Ni una sola vez me miró. Y, en cambio, me parecía evidente que se sabía mirada. Era como una sensación, parecida a la que se siente cuando nos siguen por la calle sin que hayamos de volver la cabeza ni una sola vez hacia atrás. Su belleza no puede describirse. Con el dedo posado sobre el labio, sin ninguna intención, como quien palpa lo que nunca se llegará a conocer del todo, imitaba a una máscara, acallaba el estrépito interior y el exterior, alejaba cualquier pensamiento lascivo y conseguía que acabara preguntándome quién era, qué hacía en esa línea, adónde iba, en qué estaba pensando exactamente, qué habían visto sus ojos antes de ver el mundo esa tarde, todas esas preguntas que basta formular para que nos recuerden a cáscaras vacías en las que nunca hubo un fruto ni nada que se le parezca. Hubo un instante, un único instante que duró unos segundos, en el que yo hubiera podido intervenir, acercarme. Pero, seguramente en obediencia a un destino que —lo sé desde hace tiempo—no es más que una condena, lo dejé escapar, como siempre. El señor que iba sentado a su lado bajó del autobús. Quedó libre el asiento y el camino hasta él estaba despejado: en tres segundos me hubiera podido sentar allí y… quién sabe. Pero al cuarto segundo una filipina feísima que parecía un caballo se cambió de asiento, pues debía de estar incómoda en el suyo —como si no fueran todos iguales—, y ocupó por sorpresa el que, sin duda, no estaba destinado a mí. Pocas paradas después me bajé. No la miré por última vez, como habría querido. Me complace pensar que quizá en el instante en el que yo descendía me haya mirado ella sin querer.

jueves, 16 de junio de 2011

BRICK BREAKER (BLOOMSDAY)

Con quién hablar de lo que no existe. De todo lo que por dentro nos roe y nos corroe sin que sepamos si es pura fantasía inconsciente o tenebrosa obsesión de solitarios giróvagos. El padre que se sentó frente a mí mientras su hijo de dos o tres años jugaba con una pelota —siempre esas pelotas tras las que corre un niño como si en ello le fuera la vida—, ese padre joven que hablaba por teléfono con algún compañero de trabajo, al que daba instrucciones sobre el acabado de no sé qué edificio, no me miró ni una vez. No es que yo quisiera que me hubiera mirado, pero no pude evitar pensar en la inmensa distancia que nos separaba a tan solo unos metros, en la extraña imposibilidad de que en el mundo en el que ambos vivíamos como seres de una misma especie se cruzara algún signo de comunicación entre los dos. Era muchísimo más fácil, pensé, pues lo veía una y otra vez, sentado como estaba en el banco de aquel parque al atardecer, que un perro se comunicara con un hombre, un hombre con un perro o un perro con otro perro. Este era mi bloomsday, un dieciséis de junio atrofiado por la molestia en el lado derecho de la cabeza que había perdurado durante todo el día —y eran ya varios los días en los que se había hecho notar, los suficientes como para empezar a pensar en algo más que migrañas, tensiones acumuladas, estrés o falta de sueño. Hacía unos cuantos días que no podía leer, no conseguía concentrarme, repetía como un autómata la misma rutina diaria y a lo sumo, para distraerme, recurría, como lo hacía ahora, a un juego que había descubierto en mi teléfono móvil. Una de las modalidades de ese juego era la contrarreloj: consistía en sobrevivir el máximo tiempo posible. Ese tiempo, en segundos, era consignado en la pantalla al final de cada partida. La absurda mecánica del juego, que consistía en ir destruyendo bloques o ladrillos con una pelotita que era golpeada con una especie de pala horizontal que había que desplazar a derecha e izquierda, conseguía, extrañamente, distraerme. Llegaba incluso a emocionarme jugando. Me propuse batir mi propio récord, que estaba en los 581 segundos. Cada vez que se lograba pasar a una pantalla superior se obtenían diez o treinta y cinco segundos extra, dependiendo de la dificultad de la pantalla. Sin embargo, no logré sino llegar a los doscientos y pico segundos en las varias partidas que jugué. Haber llegado al extremo de estar sentado en este banco, acurrucado casi, de espaldas a los árboles, desconectado del mundo, como una especie de neurótico, incapaz de ver nada a mi alrededor, como si cualquiera de mis miradas se hundiera en un agujero cavado en la propia imagen, haber llegado a este extremo, me dije, es, en cierto modo, como estar aproximándome al fin del mundo. Tenebroso era el cuerpo que no podía ya sino contemplar desde lejos otros cuerpos, ni siquiera olfatearlos, mucho menos tocarlos o saborearlos o incorporárselos. Cuántos segundos sobreviviría esta vez. Bloomsday era el día de los días, el día que es un viaje que es un libro que es una memoria que es una vida. Y desde ese día, como desde un promontorio irlandés elevado sobre el horizonte, podía contemplarse el propio pasado derretido, o a punto de derretirse para entrar a formar parte del mar de las tinieblas. Ahí dentro, aquí, en algún lugar indeterminado de mi cerebro, está pasando algo. Un bloque más, destrúyelo, ese que impide pasar a la siguiente pantalla, ese bloque que significa unos segundos más de vida. Afina tu puntería, pues de ella depende tu vida. Podría estar ahora mismo esperando a alguien sentado en este banco, me dije. Cuántas citas hubo similares a esta en la que no espero a nadie. Se acaba la cuenta atrás. Llega un momento en el que son más los obstáculos que los segundos restantes. Solo un golpe de suerte, uno de esos regalos en forma de granada que destruyen todos los ladrillos de una pantalla, puede salvarte. El último segundo es este.