viernes, 29 de abril de 2011

PRIMER ALCOHOL

¿Por qué, de pronto, se le ocurrió mirarse en el espejo? Algo le había, sin duda, lanzado hacia fuera, al exterior de sí mismo. Pero era en vano: el único exterior era él mismo, una imagen de sí que, sin embargo, no había visto nunca, extraña, como si se hubiera puesto una careta de carnaval, un antifaz, una de aquellas máscaras guardadas en el armario de su abuela al que iba con sus primos una vez al año a buscar los disfraces, esos atavíos de otras épocas, esos rostros impostados, las carcajadas de cartón de unos payasos, las lágrimas de dolores fingidos desde siempre, los disfraces que los volvían otros como ese mismo espejo de la primera vez que bebió alcohol y quiso buscar lo que no conocía volviendo los ojos lo más fuera de sí que le permitieron las órbitas sin encontrar otra cosa que su propio rostro en el espejo. Y es que uno cae, sin duda, donde debe caer en cada instante. El imberbe que baila su torpeza ante el espejo del baño de un piso prestado y que una hora antes se ha bebido tres vasos de whisky sin hielo no sabe que el rostro, su rostro, en ese mismo instante, se está transformando de otro modo, en otra dirección o dimensión, más hacia adentro o más hacia afuera según se lo mire, en cualquier caso de un modo que él, ese joven incauto, tardará en comprender porque aún le quedan años por delante de cantos solitarios, hipnóticos, falsamente seguros de sí mismos antes de dar con la música herida del rostro que celebra cada año el carnaval de todas las ausencias. Así que: dejemos que disfrute ahora que puede, engañado, sonriente, sorprendido de verse como el rostro de otro en un espejo que es casi como el fondo del vaso en el que apura ya su quinto trago de whisky. Descubrirse a sí mismo, ¿no requiere soledad, pertenencia, inexperiencia, furor? Continuará toda esa tarde la feroz empresa de deshacerse de cuanto creía seguro y suyo hasta entonces. Tendrá tiempo luego, cuando vuelva a su casa, de vomitarlo todo y saber que lo único que le ha quedado dentro han sido las entrañas convulsas de cualquier animal, esa miseria.

jueves, 28 de abril de 2011

LA ESQUINA

Nunca, se dijo, recordaría en qué esquina de aquel barrio había tenido lugar la despedida que habría de separarlos para siempre. Por mucho que deambulara sin rumbo, como siguiendo un hilo evasivo o sinuoso, por mucho que se dejara llevar por las señales dispersas que se le iban mostrando —o que él inventaba— sin demasiada convicción, nunca, se dijo, daría con el lugar exacto en que se habían abrazado durante unos segundos que entonces le parecieron fracciones de milésimas de segundo pero que, sin duda, habían llegado a alcanzar casi el minuto. Y no lo encontraría porque ese lugar no existía. Podía rodar casi como un poseso por las calles, apurar con su sed cada gota perdida de un recuerdo borrado, beberse a bocanadas el aire en busca de una emoción que vibró allí, muy cerca: nada se le revelaría porque no solo estaban cerradas las puertas que daban al lugar que buscaba, sino porque, además, el propio lugar había sido cancelado para siempre. Sin embargo, seguía caminando y buscaba. Llegó a pensar que se había equivocado de barrio, o incluso de ciudad, que una determinada conjunción de calles o de tiendas, de edificios o de bares lo había confundido. Aquel barrio se parecía, estaba casi seguro, al que veinte años atrás había asistido a un abrazo de madrugada con el que concluía una noche única, arrebatada, extraña. Había sido en una esquina, de eso no le cabía duda. No se había tratado de una esquina cualquiera, sino de una de esas que gozan de una pequeña ampliación, casi como una placita, en la que desembocan varias calles. Por una de ellas habían llegado hasta allí conversando, sonriendo, quizás hasta canturreando, perdidos bajo un cielo que les era ajeno a ambos. Allí, en la esquina, ya de madrugada, se habían detenido porque sus pasos debían separarse para siempre. Y aunque sabe que nunca, por mucho que lo busque, encontrará el lugar preciso en que se despidieron, insiste y camina, cruza, se detiene y mira una y otra vez por si acaso, de pronto, en una ráfaga de aire, le fueran devueltos el lugar, el abrazo, la emoción.

domingo, 24 de abril de 2011

DIEZ AÑOS SIN ALBERTO GIORDANO


Cómo se nos empobreció la vida con tu muerte. Tal día como hoy, 24 de abril, pero de hace diez años. Aunque lleváramos algún tiempo sin vernos y aunque los últimos encuentros no hubieran podido ir más allá de un breve saludo, siempre cariñoso, festivo, envolvente, en la cafetería de la universidad o en sus aledaños, no tuve nunca la impresión de que estuvieras lejos, de que la conversación se hubiera interrumpido, de que la fiesta permanente hubiera decaído alguna vez. Estas, la conversación, la fiesta, no tenían sentido sin tu presencia, quiero decir que, por ejemplo, no se me ocurrió nunca, pasados los años, escribirte una carta para darte noticias de mis andanzas alemanas, pues tenía la intuición de que un intercambio epistolar hubiera sido para ti un pálido simulacro del embeleso constante de las palabras compartidas, de los abrazos, de las risas, de los guiños catapultados en varias direcciones, ambiguos los guiños, las risas, las palabras, pero nunca los abrazos, que lo eran siempre de cariño y de amistad. Sin embargo, era tan intenso el recuerdo de esos momentos compartidos que, a pesar de las distancias que va imponiendo la vida, de esa errancia particular que cada uno emprende en busca acaso de una imagen menos borrosa de sí mismo, seguían irradiando desde el fondo, desde la memoria, desde una especie de presente perpetuo, invulnerable. Se nos empobreció la vida, en cambio, y esta vez definitivamente, cuando supimos que habías muerto. No comprendí, cuando me lo contaron, que alguien tan lleno de vida pudiera marcharse en un brevísimo instante. Cómo podía explicarse que poco antes de morir estuvieras, como te imaginaba, recitando inspirado algún poema en lengua portuguesa, qué digo inspirado, más bien fervoroso o entusiasmado o iluminado o extático (ninguna de estas palabras consigue describirte bien). Era inconcebible que, de pronto, hubiera dejado de existir quien hacía de la existencia una participación permanente, alguien para quien el mero mirar a los demás era un acto de entrega, una persona que estaba llena de voces ajenas (inmensos conocimientos de varias tradiciones literarias) que había hecho suyas para regalárselas a su vez a los demás en un intercambio sin fin. Todo esto era inexplicable, inconcebible y atroz. Para las diez o doce personas que asistimos a tu curso sobre “Literatura portuguesa contemporánea” en el año, si no me equivoco, 1990, entre ellas mis amigos Goretti Ramírez y Gregorio Gutiérrez, estar allí era un privilegio de tal magnitud que cuando salíamos lo hacíamos como si guardáramos algún secreto que tú nos hubieras confiado. Éramos casi como iniciados de alguna cofradía, testigos de una revelación que a partir de ese momento estaba destinada a transformar nuestras vidas. Y esto era así porque todo lo que tú decías en tus clases, cada palabra y cada gesto, cada comentario y cada interpretación, cada reflexión y cada duda, tenía su origen en tu propio ser, en tu propio pensamiento o personalidad o corazón o espíritu (como quiera que podamos llamar a lo más íntimo de un hombre). Muchas veces recuerdo alguna de aquellas palabras y no consigo dejar de asociarla a la imagen que conservo de ti: por ejemplo, paseando a buen ritmo, con tu chaqueta azul algo desgastada, por una avenida de Santa Cruz de Tenerife, ajeno a todo lo que te rodeaba y, sin embargo, extrañamente incorporado de un modo necesario a un paisaje que hiciste tuyo, creo, sin demasiado esfuerzo. Otras veces me he preguntado si llegaste a la isla huyendo de algo, de alguna decepción o dolor, de un desengaño o de una gran soledad, pero me digo que eso, en todo caso, no es asunto mío y forma parte de tu enigma esencial. Nos regalabas libros cuando volvías de un viaje. Recuerdo una cena, con Goretti y conmigo, en uno de los restaurantes chinos que están como suspendidos sobre el puerto de Santa Cruz: hablábamos sobre asuntos cotidianos, casi triviales, y de pronto citaste un pasaje del Bhagavad-Gita que nos hizo pensar que en la vida todo es superficial y profundo a la vez, como aquel mismo instante en que cenábamos arroz tres delicias y acaso pollo con almendras y parecía uno más de tu vida y de la nuestra y lo era y no lo era. O como cuando te imaginaba en tu piso de la zona residencial cercana al puerto viendo una de esas telenovelas (recuerdo uno de los títulos: La loba herida) que eran para ti, según nos dijiste (en serio y en broma, por supuesto), todo un tratado de narratología. Años después de que te marcharas di una vez un paseo por la zona en la que vivías, aquel barrio nuevo construido junto a las primeras estribaciones de los montes de Anaga. Aquel día escribí mentalmente un relato en el que tú eras el protagonista: deambulabas por aquellas calles que se habían convertido en tu destino; te detenías en los escaparates de las tiendas de ropa de los comerciantes rusos; pedías un barraquito en una cafetería; te sentabas a fumar en uno de los bancos de una plaza inhóspita a la que, sin embargo, el sol, mezclado con la brisa del mar, dotaba de una atemporalidad casi sagrada. Eras lo más alejado del engreimiento académico, de la solemnidad cuyo único fin es enmascarar la incompetencia. Fustigabas con más virulencia el engreimiento que la mediocridad, salvo que, como solías recordar, ambas propiedades solían darse conjuntamente en algunos de los profesores de las facultades de letras de nuestra universidad. No tuviste reparo en ser uno más de los jóvenes que, en una furgoneta casi destartalada, acudíamos a visitar a nuestros amigos de Icod para almorzar mientras tramábamos alguno de los números de la revista Paradiso. Una foto (que temo haber perdido) da testimonio de uno de esos almuerzos. Se te veía joven en ella (nosotros éramos casi unos niños). No sé qué más decir. Sé que acaba de publicarse una obra tuya, Five, una novela en la que estuviste trabajando durante tus años de Tenerife y que tu muerte te impidió revisar. Estoy seguro de que cuando la lea volverás a estar vivo de algún modo. Cada vez que alguna de las personas que te conoció ha compartido conmigo una anécdota tuya, un recuerdo, una imagen, he sentido el alborozo de un reencuentro. Es como si, a pesar de lo mucho que se nos empobreció la vida después de tu muerte, tu unánime presencia en el recuerdo de todos los que te conocieron fuera la garantía de que aún sigues estando con nosotros, de que aún, como decía Camilo Pessanha en unos versos que amabas, “só, incessante, um son de flauta chora”.*

* Le agradezco al profesor José Juan Batista el envío de la foto, tomada en el mes de abril de 2001.

jueves, 21 de abril de 2011

RECUERDOS DE LA CASA

No siempre que rememorabas la casa de tu infancia te atendía yo como hubiera debido. Estoy seguro de que con frecuencia estaba distraído, enredado en los pensamientos que, con su incesante vaivén, me ocupaban por aquel tiempo. Sin embargo, algunas de tus palabras permanecieron unidas a imágenes o a trazos de imágenes que, con el paso de los años, pude ir reconstruyendo. Había un patio interior. Creo que los lavabos se encontraban en alguno de sus extremos, pues para llegar hasta ellos había que atravesar el patio, decías, hasta el que, por la noche, se colaba a partir del otoño la brisa húmeda del parque cercano. Cada vez que he pasado por donde estaba la casa he intentado imaginarla. Fue derruida cuando aún eras joven para construir una nueva. En esta casa nueva, en la que pasé tantas tardes, me costaba reconducir los pasillos hasta los cuartos desaparecidos, borrar mentalmente los tabiques para volver a levantarlos, también mentalmente, según el supuesto trazado original. Todo lo desaparecido deja huellas salvo cuando es sustituido por otra realidad que aspira a suplantarlo. Pensaba entonces que no era demasiado importante lo que recordabas del único cuarto en el que dormías junto a las camas de tus padres y hermanos, el bochorno de las noches de verano, la respiración de todos ellos dormidos como un único soplo al compás de lo que parecía, en la oscuridad, un solo corazón. O de la cocina, en la que un día pisaste sin querer un pollo que correteaba entre tus piernas y al que viste morir sin que emitiera ni un solo quejido. No sé si me extralimito al imaginar muy altas las paredes, gruesos los muros que separaban la sala del dormitorio, sobria la pobreza de los muebles, tristes las pocas fotografías apiñadas sobre una mesa de camilla, chirriante la mecedora para los pocos ratos de descanso, misteriosa la cómoda para los escasos secretos, guardados en alguna caja al final de una gaveta. Pero todo esto, quizás, perteneció o pertenece tan solo a la casa nueva, a mis recuerdos de ella, a no ser que existiera ya en la vieja y formara parte de lo que no se perdió en la mudanza. Ni tú misma, tal vez, recuerdas todo lo que desapareció en el camino. Y ya no vive ninguno de los que podrían recordarlo. La presencia del parque con sus árboles mudos, la calle en pendiente entre las dos avenidas, el cielo con sus amaneceres, sus mañanas de nubes o de sol inclemente, sus tardes demoradas de claridad o de lluvia, sus noches silenciosas casi más allá del tiempo: esto no se ha perdido, o apenas ha cambiado. Lo que rodeaba la casa es también parte de la casa. E incluso quienes entonces no estábamos seguimos, de algún modo, dentro de la casa.

lunes, 18 de abril de 2011

CAUTIVERIO

El primer paso habría de ser ordenar un poco tu casa. O no solo un poco, sino a fondo. Recoger los papeles tirados sobre la mesa, las bolsas de plástico ya desprovistas de contenido —medicamentos, comida, ropa, cachivaches—, las migajas esparcidas en el poyo, los libros apilados en los bordes de la estantería, las camisas colgadas en los respaldos de las sillas, la vajilla amontonada en el escurridor, los lápices, las gomas, los bolígrafos que alguna vez empleas para apuntar cualquier cosa. A partir de ahí, todo podría mejorar. Dejarías tal vez de tener sueños turbulentos, sueños como el de anoche, en el que aparecías de pronto perdido entre callejuelas desconocidas a pesar de que visitabas, supuestamente, una localidad con la que estás familiarizado desde niño; abrías luego una verja y te adentrabas por lo que parecía uno de esos pasillos ajardinados entre los adosados de una urbanización hasta que divisabas un perro enorme que al verte empezaba a correr hacia ti; entonces dabas la vuelta para alcanzar de nuevo la entrada, pero en el momento preciso en que abrías la verja sentías en el muslo una dentellada que acabó con el sueño —aunque la seguías sintiendo, en cierto modo, al despertarte. Ahora que ya sabes cuál es el primer paso que has de dar, dalo. Empantanarte en la conmiseración de ti mismo, dejarte mecer por las voces que te atan a la inmovilidad, asilvestrarte, por decirlo así, en el interior de los bosques de tu propia desgana, no es más que un camino de perdición que conduce al abismo. Mira: el sol ha declinado, la tarde es apacible, fuera respirarás el mundo de otro modo, aunque creas ahora que allí nada te espera. Igual que esta mañana te hiciste la pregunta de si en aquella terraza vacía, en sombra, caería el sol por la tarde, y enseguida pensaste que no era el sol lo que podría llegar a caer sino su luz —¡qué compulsiva pasión por las metonimias la de esta lengua nuestra, te dijiste!—, del mismo modo, si sales esta tarde, estarán esperándote nuevas preguntas, nuevas palabras, nuevos retorcimientos de la lengua, imágenes, presencias, desapariciones, expectativas, movimientos, vacilaciones, fisuras, rostros, terrazas, pasos, emociones, a ti que, ahora cautivo, sin que, en cambio, nada ni nadie te retenga, sabes ya cuál es el primer paso que has de dar para llegar hasta la puerta, abrirla y recorrer con nuevos pasos la ciudad. Sé como esos fantasmas de la película que viste anoche: emprenden un viaje para encarnarse de nuevo en un ser vivo, huyen de las voces de sus propios pasados, se enfrentan a criaturas infernales que quisieran retenerlos en las convulsas prisiones de la culpa, de la melancolía y de la postración. Arráncate el vestido espectral que ahora te cubre y sé de nuevo un vivo entre los vivos.

lunes, 11 de abril de 2011

DE UN CUADERNO CASI DESAPARECIDO

Una pérdida. O una desaparición. O un nudo desatado. O todo esto a la vez. Decir que P. lo era todo es como no decir nada. Lo era todo para mí. Lo es. No hay en nuestra lengua un tiempo que contenga a la vez el presente y el pasado. Todo debe separarse, bifurcarse, para existir. Así nosotros. No existíamos porque existir es ser diferente y nosotros no lo éramos porque solo éramos uno.

Es como no decir nada porque las palabras son soles calcinados que nunca podrán iluminar lo que está oscuro a la espera de una luz que lo rescate. Para qué escribo entonces. Para ocultar con florituras la herida insoportable. El hueco. Para que la espera parezca realmente una espera y no un tiempo perdido que se escapa hacia donde nunca sabré. Por eso nada de lo que diga dice lo que en el fondo debería o querría decir.

Estoy solo. Como si nunca lo hubiera estado. Lo estuve muchas veces antes, pero apenas me acuerdo. Con P. llegué hasta a olvidar que alguna vez no hubo nadie junto a mí, tantas veces incluso. Ocupaba el presente y el pasado y el futuro y los disolvía en un tiempo que apenas si podría recibir este nombre.

Mientras escribo hay tal vez un hilo que se recompone, una huella que se sigue, un eco que se recobra, un ardor que suspende un instante su deriva hacia el definitivo enfriamiento.

A veces siento a P. a mi alrededor. Siempre está hablando porque siempre hablaba. Quien callaba era yo. Ahora callamos ambos y yo he comenzado a hablar. Hemos entrado acaso en un espejo con el que nunca contamos. Y en nuestras posiciones invertidas no nos reconocemos.

P. hablaba hasta en sueños mientras yo empujaba su cuerpo para que no ocupara toda la cama. Por la mañana dejaba caer un brazo hacia mi lado mientras yo me vestía, y con ese brazo enlazaba una de mis piernas, mi cintura o mi vientre como si así me pidiera que no me marchara. Pero yo debía irme temprano a trabajar.

Tal vez me engaño cuando siento a mi lado su presencia, cuando me digo que espera ansiosamente una llamada mía, cuando percibo como el frescor de una fuente inagotable su amor intenso, ciego, penetrante.

Resisto un día tras otro sin llamar. Van ya dieciséis. Los voy contando. Son ya casi tantos como cuando en navidades estuvimos sin vernos. Me digo que todo volverá a ser como antes. Que es un simple juego. Que nos comunicamos a través de esta rueda de días que transcurren sin vernos. Que es como otras veces en que uno de los dos, casi siempre yo, se marchaba solo a su casa en un ataque de celos.

Pero no sé lo que piensa, lo que siente, lo que hace. Imagino que continúa hablando a diario con su amante, recibiendo de él mensajes con fotos en múltiples posturas. Es probable que hayan vuelto a verse, incluso que P. haya hecho el viaje a las islas donde vive el otro o que esté a punto de hacerlo el próximo fin de semana.

Prefiero no pensar que hayan dejado de hablar. Pero no siempre me imagino a P. sonriente, exultante en esa nueva relación como hasta ahora. No deseo su tristeza salvo como compensación de la mía. Pero ambos sabemos que esa tristeza llegará algún día y que sería preferible que llegara ahora que podemos compartirla y no en un futuro en el que será uno de los dos el único que sufra.

Que el otro se vaya. Por donde ha venido. Que dé media vuelta y comprenda que no es este su lugar. Que, si aprecia un poco a P. como persona, no insista en la prolongación absurda de este simulacro de alegría que tarde o temprano acabará disolviéndose. Que abandone la partida cuanto antes. Que claudique. Que sufra cuanto antes su derrota y así todos nos recuperaremos a tiempo.

Si me he alejado es porque lo intenté todo para permanecer a su lado. Pero no pude. No resistí la presencia de un intruso que llamaba a cualquier hora, que venía a pasar fines de semana a casa de P., que hablaba de mí, creo, con una especie de piedad prepotente, como si yo no fuera más que un adorno superfluo que la más leve ráfaga emitida por su hombría acabaría por tumbar.

Nunca he dudado de lo que P. aseguraba: que le gustaría estar conmigo para siempre, que yo era (soy) su hermano, su amigo, su compañero. Me he alejado porque no puedo concebir que seamos dos quienes ocupemos un espacio fundado espontáneamente, pero como una especie de milagro necesario y maravilloso, por P. y por mí. Si lo echa de menos, si no puede vivir en otro espacio que en ese, como me ocurre a mí, ya volverá para restaurarlo. Paciencia e impaciencia lucharán en mí y ganará la primera, que es siempre la más sabia.

Quedarse en una quietud que lo desestabilice todo. Responder con un ligero estremecimiento a la conflagración absoluta. Tensar el arco hasta que la flecha salga disparada por sí sola y se hunda precisa en el blanco deseado. No moverse de este lugar inhóspito e inexistente. Dar la espalda a cualquier tentación de enfrentamiento o de abrazo, de llamada o de carta. Exultar en esta nada que, como una espiral imprevista, se enrosca en torno al cuerpo y comienza a engullirlo. Recordar apenas cómo se erizaban los pezones cuando P. sembraba sus caricias abruptas, sus besos de torpe animal enamorado.

Y esa inmovilidad logrará su objetivo. Se disgregará la pasión que ahora siente o soporta. Quedará en nada el supuesto cariño del intruso. Naufragará el deseo que arrebataba sus cuerpos la primera noche, a cuyo comienzo asistí como mero testigo mudo a pesar de haber sido invitado a participar. Se apagará para siempre la quemazón que soldaba el cuerpo amado a otro cuerpo al que nadie invitó a nuestra fiesta. Arderán largo tiempo los bordes de una herida imprevista, pero como todas las heridas también esta acabará cerrando y ostentará una cicatriz como recordatorio del dolor.

Estoy aquí, sin saber qué hacer, pero sabiendo lo que no debo hacer, P.

Busqué inconscientemente algún modo de seguir estando en ti cuando tú estabas con él. Salía a buscar cuerpos a los que someter, y cuando lo lograba dejaba de ser yo, me transformaba en ti en el momento en el que sometías a tu amante. Mis víctimas se rendían a una fuerza que yo obtenía de donde ellas ni siquiera imaginaban. Quería que su belleza fuera mayor que la suya, que la de tu amante, y procuraba que quedaran aún más exhaustas que como imaginaba que tú lo dejarías a él. Me decía a veces que probablemente ambas escenas transcurrían a la vez, como sincronizadas. Y cuando acababa sonreía para mí y para ti al mismo tiempo, sonreía y tú me sonreías. Hacía gritar a aquellos cuerpos, pero en realidad era yo quien por dentro gritaba.

Han pasado unos días, pero todo sigue igual. Me he divertido un poco en la isla: he conocido a alguien de la edad de tu amante, del mismo pueblo que él, con un nombre que se le asemeja, con familiares en otra de las islas, igual que él. Puras casualidades que, sin embargo, me hacen pensar. Como si, de un modo que no alcanzo a entender, lleváramos vidas paralelas que se reflejaran la una en la otra. Sé que en mi caso no ha sido más que un entretenimiento pasajero, pero estoy casi convencido de que en el tuyo no lo es. Hoy, en cambio, he pensado en la posibilidad de que tu trato con el intruso hubiera terminado, de que simplemente no me hayas llamado todavía por orgullo, por tristeza, por vergüenza o por miedo. Tal vez estés deseando que te llame yo. Tal vez debería llamarte.

Pero probablemente sigo engañándome. Te imagino ahora mismo en tu casa, después del gimnasio, preparando una cena equilibrada: una ensalada, higaditos de pollo, zumo de piña o plátano, fruta. Como las que me preparabas con frecuencia. Te veo después liando un canuto en la mesa de la cocina, con la televisión encendida: la navaja recorta un trozo de hachís y los dedos lo estiran hasta convertirlo en una culebrilla a la que luego recubrirá el tabaco a su vez recubierto por papel de fumar con un filtro en la punta.

Mi casa. Tendrías que verla ahora. Su índice de desorden se ha multiplicado por cinco en estas semanas que llevamos sin vernos. Es sólo una pequeña buhardilla, pero a veces no encuentro lo que busco: un paquete de sobres, un diccionario, un cortaúñas, una grapadora. Está todo repartido por donde buenamente cayó después de un uso breve, una ojeada o una consulta. En el sillón ya casi no hay espacio para sentarse. Cuando veníamos a mi casa te gustaba, si era ya tarde, recostarte mientras hablábamos. Si había un par de libros los retiraba para que pudiéramos sentirnos en el sillón a nuestras anchas.

Pero no siempre lo externo es un reflejo de lo interno, y viceversa.

Llegué ayer hasta la entrada de un parque: el cielo repartía su luz sobre los árboles y un gentío aparentemente ocioso disfrutaba de ese oasis en medio de la ciudad. No me atreví a entrar. Para qué manchar con oscuridad esa excepción de luz. Pensé en que alguna vez, en un día idéntico, entraría contigo. Y ese pensamiento era casi como entrar.

Ya lo sé, no te gustan mucho los parques. Los domingos callejeábamos por la ciudad, entrábamos en el primer bar que nos parecía y nos tomábamos un vino. Pero nunca fuimos a un parque. Quizás, alguna vez, deberíamos (o hubiéramos debido) ir a un parque.

No es solo tu recuerdo el que sigue estando intacto, ahí, ahora mismo, aunque no seas consciente de ello, aunque yo sienta un vacío como nunca lo he sentido, aunque pudiera estar escribiendo estas palabras durante veinte o treinta años: seguirías ahí, ahora, conmigo.

No nos hemos abandonado: solo nos hemos perdido.

Dime que estás bien, que no has perdido el sueño, que las hernias no han vuelto a molestarte, que la psoriasis remite, que tu cuñada ha salido ya del hospital, que has podido arreglar la herencia de tu padre, que estás bien aunque yo ahora no pueda preguntártelo. Dímelo aunque no puedas decírmelo.

Íbamos a hacer en julio un viaje juntos en tu coche. Habías pedido ese mes de vacaciones. Mañana será cinco de junio. Aún queda casi un mes para la incertidumbre.

Estuvimos en Segovia, en Salamanca, en Ávila, en Londres, en Plasencia, en Cáceres, en Trujillo. En este orden. Cuatro breves viajes en que fuimos felices. Imágenes ancladas ahora en cada mitad de nuestra alma escindida. Duplicadas. Doblemente nostálgicas de sí mismas: del momento que fueron en el tiempo, en la vida, y de la imagen gemela que reside, añorándolas, en la otra mitad.

O acaso has muerto y le hablo a quien sigue viviendo sólo dentro de mí. Mueren todos los días innumerables personas de tu edad, de la mía. Pensar que pudiera ocurrirnos a uno de nosotros, que por ese motivo no pudiéramos volver a vernos, o a escucharnos siquiera, me atormenta. Pero tú eres fuerte y yo me he propuesto resistir.

Tal vez otro te acaricia, te besa, te visita, te llama, te complace, se te entrega, te posee. Pero nadie te cuida sino yo.

Sí, eras transparente conmigo. Me enseñabas las fotos que el otro te mandaba al móvil, alguno de sus mensajes. Me hablabas de él con naturalidad, incluso me dabas detalles íntimos que yo reconstruía en mi mente de un modo a la vez lascivo y doloroso. Me describías su casa, su familia, los lugares a los que te llevó a comer en la isla. Hablabas por teléfono con él mientras yo estaba en tu casa. Me anunciabas una semana antes sus visitas. Durante dos meses intenté que todas esas imágenes que tú me confiabas sin pudor, sin dobleces, se diluyeran en mi corazón con la misma naturalidad con que salían del tuyo. Pero fracasé. Se agolparon en mí y estallaron sin que pudiera evitarlo.

A veces creo que todo se remonta a la escena en que me fui de tu casa cuando él se acostó contigo ante mis propios ojos.

Todo hubiera podido terminar ahí. Lo nuestro o lo vuestro. Él hubiera podido no llamarte al día siguiente. Yo hubiera podido no llamarte al día siguiente. Pero los dos seguimos haciéndolo y era lógico que algún día acabara sobrando uno de los dos.

Hoy he dado una vuelta por mi barrio. He paseado la vista una vez más hasta el final de la calle que conduce a la avenida en que tomaba el metro para llegar a tu casa. Es un trozo de calle clausurado, abandonado en otra dimensión del tiempo cerrada para mí, un trozo de calle que la mirada quisiera rehuir pero en el que al final siempre se detiene unos segundos. Está ahí como afirmando lo fácil que sería atravesarlo para llegar de nuevo adonde no sé si alguna vez podré volver a llegar.

Paseando sin rumbo, desemboqué luego en otra avenida en la que confluyen varias calles. Me detuve un minuto y me sentí desamparado. Sin aliento. Sin fuerzas. Sin ganas realmente de nada. Di la vuelta y regresé por calles medio atestadas a mi casa. El vacío que sentí estaba fuera y dentro de mí. No era mensurable. Era un vacío que se abría a medida que andaba, con cada segundo que pasaba perdido entre el gentío de otro atardecer sin ti. Se iban abriendo huecos a mi alrededor que era incapaz de cerrar, huecos en ese vacío cuyo avance sólo tú hubieras podido detener.

Nos vamos desgastando en este ajedrez absurdo sin más piezas sobre el tablero que nuestros propios silencios.

Tengo la impresión de haber escrito ya todo esto en otro tiempo, pero con otras palabras, como si estuviera copiando al dictado de una memoria frágil, trastornada. O como si no fuera yo quien ahora lo reescribe. O como si, incluso, hubiera soñado que escribiría algún día lo que, en cambio, estoy escribiendo ahora por primera vez.

Sé que ahora mismo, medianoche de jueves, estás ordenando los cupones que venderás mañana. Sé que esa actividad requiere de ti una concentración que yo nunca violé, incluso si estaba en tu casa en días como este. Me sentaba y leía hasta que tú terminabas. Sé, por tanto, que es imposible que estés hablando con él ahora mismo, además de improbable que él haya venido a visitarte entre semana. Y por eso albergo la leve esperanza de que, entregada tu mente al trabajo mecánico de ordenar los cupones del viernes, haya en ella un mínimo resquicio por el que esté entrando, aun borrosa o apagada, alguna imagen de mí.

Pero no sé si entre los dos se abre una fisura tan pequeña como ese resquicio de tu mente a esta hora o una tan grande como el vacío que me rodea a todas horas.

Hemos hablado tanto en todos estos meses que ahora es como si descansáramos, como si nos hiciera falta el silencio para respirar.

He entrado hoy en el parque a cuyas puertas me quedé el otro día. Alrededor del templo egipcio hay un estanque en el que flotaba una botella de plástico. La tarde era calurosa hasta que empezó a refrescar y a levantarse un viento que erizaba la piel. Esa sensación de escalofrío, de piel de gallina, procedía otras veces de estremecimientos internos, fríos del alma que confluían con los del aire en la balanza sensible de la piel. Era imposible saber cuál pesaba más. Me senté en un banco a leer un libro recién comprado que hablaba de un banco de parque alrededor del cual jugaban los niños, soplaba el viento, pasaban las parejas, se movían las hojas de los árboles. Y todo eso era contemplado, por el protagonista del libro, aprendiz de zen, como unido a su ser, lejano y cercano al mismo tiempo. A veces me miraba alguien al pasar, pero mi mirada, a diferencia de tantas otras ocasiones, apenas reaccionaba. No estaba apagada, sino más bien ausente. Me quedé largo tiempo sentado en aquel parque, pensando en cómo sería si estuvieras allí, en cómo poblaríamos el silencio con palabras cruzadas. Di una última vuelta antes de marcharme. El crepúsculo doraba el palacio de los reyes, la catedral, parte de la ciudad. La gente se agolpaba para verlo. Cuando bajaba las escaleras hacia la calle cruzó una rata, pequeña, por delante de mí.

Luego, por la noche, cerca de mi casa, me quedé parado contemplando una luna delgadísima sobre un cielo profundo como un mar muy oscuro. Había bebido una caña y te envié un mensaje al móvil. Compartía contigo ese momento de cielo y de luna, y te decía que daban ganas de quedarse mirándolos durante horas. Como el poeta japonés, me zambullo en busca de una luna tras la cual, en este caso, no está el espejo de un lago sino tu rostro imborrable impreso en mi corazón. Las aguas se abren. Tú no contestas. Ambos naufragamos.

Quizás todo comenzó a apagarse sin que apenas me diera cuenta. Quizás cuando dejaste de llamarme todo estuviera ya apagado dentro de ti. Quizás lo último que deseas es que me comunique contigo. Así que ese mensaje será el primero y, si no contestas, el último.

Sí, voy dándome cuenta de que en las últimas semanas todo era mortecino, sin chispa, como movido por la inercia o la rutina de las costumbres que se enquistan. Dejabas que fuera a tu casa porque llevaba meses haciéndolo. Dormíamos juntos porque llevábamos meses habituados a ello. Hacíamos el amor casi siempre en la misma postura y de un modo rutinario porque formaba parte de nuestros acartonados hábitos.

Pero tal vez me equivoco y era justo lo contrario: cada vez lo pasábamos mejor juntos, fuera y dentro de la cama.

jueves, 7 de abril de 2011

CAVERNA

En un jardín de arena / alimentaré a un ave / que despreciará mi comida / picoteará mis entrañas / en busca de un sabor perdido / en el transcurso del tiempo / será derramado el jugo tenebroso / que cavará en la arena un agujero / como si quisiera esconderse / de los seres que acudan a bebérselo / llamados por su aroma / y se asomen al charco que se dará prisa en filtrarse / a través de la arena hasta la más / remota caverna de otro tiempo / allí sé que me esperas / aunque esté ya vacío / aunque incluso mis huesos / no sean más que una brisa que resuena / entre las gotas que se filtran / hasta el interior de la caverna / allí sé que algún día / sellaré tras de mí la única entrada.

lunes, 4 de abril de 2011

MIENTRAS ESPERABA

Estaba esperando a alguien. El silencio era el de las tres de la tarde, esa hora en que ha ocurrido ya o no ha ocurrido aún todo lo que, en nuestras vidas sin importancia, tiene alguna importancia. La madre de uno de mis alumnos se está muriendo, me han informado hoy. Debe de tener una edad parecida a la mía, pues yo tengo ya la edad en que podría ser el padre de mis alumnos si hubiera sido padre a la edad en que mis padres se convirtieron en los míos. Cada uno vive en su exclusiva celdilla de colmena y apenas sabe quién vive al lado, debajo, arriba o enfrente. Esa ventana, por ejemplo, frente a la mía: ¿cuánto tiempo lleva cerrada su persiana? ¿Tengo alguna idea de cómo es el rostro que, supongo, alguna vez se habrá asomado a ella? La muerte tendrá lugar en la casa, pues le han permitido que abandone el hospital. Será cuestión de un par de semanas. Cuántas veces (quiero decir: ¿muchas o pocas?) he vuelto a pensar en aquella alumna mía que murió de un derrame cerebral y cuyo último examen quedó sin corregir en mi escritorio. O en aquel alumno, al que solo veía un día por semana y con el que apenas pude hablar, pues casi no parecía ya existir, que se suicidó hace unos años. O en aquel compañero, profesor de francés, muerto de un cáncer fulminante de pulmón, que me ayudó a preparar programaciones y otros documentos casi siempre inútiles en mi primer año en el segundo instituto en que trabajé. Dicho así, parecen pocas las muertes a las que me ha tocado asistir (y este verbo, me temo, agiganta mi escueta experiencia de ellas) en el marco de estos diez años de docencia. ¿Son realmente pocas? A lo único que puede recurrirse ya, nos han comentado hoy, es a los cuidados paliativos. Tendré que corregir esta semana las actividades que marque para casa mientras pienso que la madre de ese alumno (un alumno de rendimiento medio y de comportamiento exquisito) está siendo sedada porque le quedan solo unas semanas de vida. Hablaremos de sintagmas, de cohesión textual, de metáforas y de aliteraciones mientras una mujer joven está siendo arrasada por dentro, está siendo atacada sin piedad por las células de su propio cuerpo que ha decidido, ¿puede decirse así?, destruirse a sí mismo. Qué ejemplificante. Qué didáctico. Pero ¿acaso puedo enseñarle algo que le ayude a llorar o a temblar menos, a rezar de otro modo, a enfrentarse a esa muerte sin tanto dolor? No ha llegado aún la persona a la que estaba esperando. Se oyen como en sordina el ruido metálico de calderos o sartenes que alguien friega, el de pasos que se arrastran, el de persianas que se cierran, el de un timbre que suena, el de una cisterna de la que se tira. Todos esos pequeños e insignificantes ruidos provocados por personas que viven cada una en su exclusiva celdilla de colmena y que dejarán de escucharse cuando mueran. Y ahora alguien toca a mi puerta.