jueves, 31 de marzo de 2011

TRISTEZA: RESQUICIOS

Lo que a mí me interesa no son las aglomeraciones, sino los resquicios. La última mesa de la terraza, la que linda con los primeros arbustos del parque, solitaria, pero de una soledad en la que se diría que estuviera engendrándose ya una presencia, o como si alguien, yo mismo, otro, el inimaginable, el inesperado, hubiera acabado de dejar esa mesa y resonaran todavía sus pasos a su alrededor. Algo así. O el camino desandado esta vez por la misma acera para evitar el muro que rodea un edificio en el que sitúo, no sé por qué, secuencias de tortura ocurridas hace mucho tiempo. Esas apelaciones. Esos susurros de lo que permanece escondido. No me interesa el tráfago de matrimonios presuntuosos, de grupos de corredores sudorosos, de paseantes de perros amenazadores. Abomino —qué verbo— del ir y venir de un lado para otro que convierte estas calles en meros lugares de paso en los que no ocurre nada porque no se da tiempo a que nada madure o cuaje o emerja. Me asusta el modo en que intento respirar el final de esta tarde como si con un poco de aire quisiera curar la sangre trastornada. No logro escuchar de verdad nada en medio del bullicio. Me exasperan el jadeo de los perros que han soltado en el parque, el bramido de una moto que pasa a velocidad de autopista, las risas desaforadas que afloran de unos labios pintados de un rojo chillón en claro juego con otros dos complementos que ya no recuerdo. No sé qué suciedad es peor para el aire: si el humo o si los ruidos. Todo este malestar, sin embargo, procede en realidad de dentro, de mí, y no tanto de fuera. Está relacionado con una desgana integral, con el hecho de que, acertada o equivocadamente, me parezca estar asomado a un abismo sin retorno. Paparruchadas, tal vez. La tristeza es un viento que sopla cuando quiere: durante un tiempo no existe, parece haberse marchado para siempre, pero de pronto regresa, para que no olvidemos que nunca dejó de estar muy cerca, rondándonos, como si habitara dentro de nosotros.

lunes, 28 de marzo de 2011

EN UNA DE ESTAS ÚLTIMAS TARDES

No era la luz filtrada por una persiana lo que, en el breve instante en que entró en el piso para dejar la chaqueta y la cartera antes de bajar a almorzar al restaurante, parecía tener amordazados el suelo, las paredes, la estantería, la mesa, el sofá, todos los muebles del salón, el aire mismo, no, no era una luz externa la que cubría como con manchas púrpuras, del mismo color oscuro que la sangre acumulada bajo una uña enferma, todo lo que vio en un abrir y cerrar de ojos —y ojalá hubiera entrado a ciegas en el piso y se hubiera adentrado hasta el salón palpando las paredes—: era una luz apelmazada en el interior de los objetos, o en los vados que se abrían entre ellos, una luz purulenta parecida a la luz del piso anterior en que había vivido. Era una luz cuyo nombre habría podido intercambiarse fácilmente con el de la oscuridad si no hubiera sido porque de ella se desprendían los filamentos suficientes para saber que ante los ojos había algo, aunque ese algo estuviera ya tan alejado de ellos, de los ojos, y los pedazos de ese algo, a su vez, tan separados los unos de los otros, tan irreconciliables, que se tenía la sensación de que los ojos se ahogaban, de que la luz que respiraban, la luz que estaban hechos para respirar, se había enrarecido hasta volverse irrespirable. No podía quedarse allí mucho tiempo. Antes de irse, se dio la vuelta para mirar una vez más hacia el salón. Aquella luz había regresado. Se maldijo a sí mismo por haberla convocado, por no haber sabido mantenerla a distancia. Se veía como un espectro que regresaba a su país de sombras después de haber estado caracoleando sin fin en pleno mediodía. Su cuerpo, pues aún lo tenía, a pesar de todos los abusos a los que lo había sometido, se arrastraba tumefacto, crujía, tiraba de él hacia fuera del piso, su cuerpo encorvado como si cargara con incontables pesadumbres, y al mismo tiempo vacío, desposeído de deseo, de energía, de la vitalidad más elemental. Así que has regresado, le habló con un hilo de voz a aquella luz que había tomado posesión de su piso, has regresado como un topo que excava los más inverosímiles pasadizos hasta dar con su presa, con la babosa que se arrastra de un lado para otro y que se acaba escondiendo en un piso cualquiera sin saber que un día llegará la luz irrespirable, la luz ciega, para devorarla.

jueves, 24 de marzo de 2011

UNA PREGUNTA

Para Hervé Bauer

Todavía, después de tantos años, no he podido responder a su pregunta. He vuelto a pensar en ella de vez en cuando, he intentado saber qué era exactamente lo que me había preguntado, me he llegado a decir incluso que no había ninguna posibilidad de que yo respondiera alguna vez a una pregunta que, nombrando, como nombraba, un vacío, solo podía responderse con vacío, y también se me ha ocurrido con cierta frecuencia que no había ninguna necesidad de responder a lo que la vida, por sí sola, en su siempre imprevisible decurso, en sus idas y venidas, en su constante vaivén, con sus apariciones y desapariciones, en su denodada batalla contra sí misma, no había dejado de responder ni un solo día desde entonces. Hoy he vuelto a pensar en su pregunta, en la pregunta que el amigo extranjero me hizo en su primera visita a la isla, un día de verano, en una terraza del sur, a la vista de una playa aún rodeada de barcas de pescadores que flotaban, entre construcciones que estaban a medio camino entre los bloques de viviendas de protección oficial y los hoteles baratos para turistas procedentes de los extrarradios de capitales de provincia europeas. La pregunta parecía sencilla: ¿qué haces cuando no escribes? Lanzada así, como al azar, en pleno verano, en la cúspide de un viaje que era para él el fruto de una pasión prolongada por las islas y de una visita que era para mí la concreción de una amistad hasta entonces tan solo epistolar, la pregunta era extraña. Ese día, recuerdo, él me había mostrado un cuaderno en el que, desde su llegada a la isla, no había dejado de anotar impresiones, apuntes, con su letra minúscula, increíblemente reducida a la más mínima expresión pero ordenada, equilibrada, como la marcha de un ejército de hormigas que hubiera quedado paralizado en una de sus danzas. Algo debí de mostrarle yo también, pues, aunque no escribía gran cosa en aquella época, tenía mis poemas, algún esbozo de ensayo, notas embrionarias de lo que sería luego un diario, cosas, nonadas. Mientras hablábamos frente a nuestros refrescos, su mujer y su hijo, entonces un niño de unos once años, comentaban alegremente lo que iban viendo a su alrededor, no recuerdo ya bien si la ropa tendida en algún balcón, la salida de alguna barca pilotada por un par de pescadores bronceados o la espalda calcinada de algún turista incauto que, recién llegado a la isla, aún no conocía las zarpas de aquel sol. No supe qué contestar a su pregunta. Supongo que le dije que cuando no escribía leía, estudiaba, iba al cine, quedaba con los amigos, pasaba tiempo con la familia. Qué otra cosa puede hacerse cuando no se escribe, me oigo decirle entonces sin estar seguro de no estar diciéndolo únicamente ahora. Pues hace una hora, cuando regresaba de un breve paseo por los alrededores de donde vivo, cargado con las bolsas de unas compras de urgencia para la cena, volví a pensar en aquella pregunta, la recordé una vez más aunque nunca la haya olvidado —como acaso no se olvida lo que quedó incumplido, lo que no pudo responderse, lo que no supo cancelarse porque no tiene fin. Qué haces ahora que no escribes, me dije. Qué hormigueo es este que te atraviesa intermitente la cabeza, qué contractura te cruje cuando estiras los hombros y enderezas la espalda, qué balanceo se desata en las bolsas que llevas en la mano a medida que caminas, qué pasos son estos una vez más contra el viento de hielo que no cesa, qué es esto que eres de nuevo después de no haber sido aún lo que un día para siempre serás, qué caída constante que parece quietud te ha estado atando las manos tanto tiempo para que no escribieras lo que, aunque lo escribieras, no te impediría caer. No hay respuesta. Aquella pregunta no tiene respuesta. Los cuadernos poblados de cagadas de mosca no son más que las pausas de la gran diarrea que ha ido derramándose un día tras otro para nadie, para nada. Esos cuadernos que a veces relees y que atesoras como si en ellos hubiera quedado salvaguardada alguna verdad son tan solo la prueba de que en algunos momentos de tu vida las preguntas fueron formuladas sin que de ellas se esperaran respuestas. En uno de ellos debe de haber, quizá tachado, acaso corregido, un apunte escrito un día de verano en el que hablabas de una pregunta lanzada tal vez al azar a la que, acaso sin saberlo, no has dejado de responder en todos estos años.

viernes, 18 de marzo de 2011

FRIEDHELM KEMP

Hace unas semanas, concretamente el 3 de marzo, falleció en Múnich Friedhelm Kemp. Nacido en 1914, es decir, en la fecha en la que muchos consideran que comenzó el siglo XX, su vida se ha adentrado más de una década en este siglo actual en el que los hombres parecemos seguir sin aprender ninguna de las lecciones que de nuestra propia historia deberíamos haber extraído. La trayectoria de Kemp, sin embargo, es uno de esos faros que podrían ayudarnos a labrar para quienes reciban en herencia este maltrecho planeta nuestro un futuro un poco mejor. Sus múltiples actividades, relacionadas todas con la literatura y con el lenguaje —desde su condición de intérprete en tiempos de guerra hasta su extraordinaria carrera como traductor, pasando por sus tareas de editor, de crítico, de profesor, de lector en editoriales— lo sitúan como un extraordinario preservador de frágiles legados, de palabras a punto de perderse para siempre, como un transmisor de fragmentos de espíritu, de intensidades, de una lengua a otra, un dador de palabras en el sentido de que supo entregar transformado lo que a su vez le había sido entregado por otros como un secreto, como un tesoro de imágenes cordiales, como un testimonio.

Traductor al alemán de Baudelaire, de Saint-John Perse, de Max Jacob, de Pierre Reverdy, de Yves Bonnefoy y de muchos otros, quisiera recordarlo ahora especialmente aquí porque, durante largos e infatigables años, tradujo numerosos libros de quien llegaría a ser uno de sus grandes amigos: Philippe Jaccottet. Su fidelidad como traductor a este autor suizo al que consideraba heredero de la gran tradición de la poesía francesa solo se vio quebrada por la fatiga y el desgaste inherentes a toda vejez. Además de otros varios libros de este autor, tradujo en 1988 La promenade sous les arbres [El paseo bajo los árboles], que Cuatro Ediciones acaba de publicar en español. La traducción alemana, que llevaba un epílogo de Peter Handke, fue la primera que de esta obra se hizo a cualquier idioma. En las líneas finales del texto que escribió para el número de noviembre-diciembre de 2008 que la revista Europe le dedicó a Jaccottet, Friedhelm Kemp decía: “La amistad nos protege como un vestido cuyo abrigado forro no debe volverse hacia el exterior. O, por decirlo mejor, nos asiste incluso cuando ya no lo esperábamos; sobre todo cuando no lo esperábamos; cuando la gratitud que sentimos hacia los espíritus tutelares que nos acompañan de cerca se mezcla con todos los días de nuestra vida como un perfume que purifica y fortifica”.

miércoles, 16 de marzo de 2011

LEJOS DE DÓNDE EN LANZAROTE


Para Fernando Gómez Aguilera


I

Una palabra, pájaro, a ti yo
no puedo darte. Nunca
aprendí a hablar, lo he olvidado o solo
conozco algunas sílabas que intento
a veces ordenar
sin conseguirlo. Tú
no eres un prisionero como yo
(que no conoce el día ni tampoco
cuándo las noches son)
y te es fácil decir lo que no sabes:

te basta un poco de aire
que estremezca la rama en que te posas
o la presencia inquieta de otros pájaros
o el deseo de amar (a tu manera)
o cualquier otro nudo misterioso
que tu canto enseguida
desata en la garganta.
No pido que me enseñes, pero
no me exijas que te hable,
pues no sé.

(Caleta de Famara)


II

Cantos de apareamiento porque ya es febrero. Allí, hace unas horas, en el mirador abandonado que cuelga sobre el valle de las mil palmeras, sobre el pueblo blanco que serpentea entre ellas. Lo dijo el amigo, y entonces los pájaros desaparecieron, tal vez asustados o acaso presurosos por cumplir sus rituales o incluso quizá simplemente agotados de cantar hacia (o desde) un deseo que casi nunca obtiene respuesta. Cantos de apareamiento: el amigo lo sabía y nos lo dijo, y en el instante mismo de decirlo supimos ―supe― que allí, junto a nosotros, en ese mismo instante, se abría un abismo de una naturaleza distinta a la del precipicio, no excesivo en cualquier caso, al que nos asomábamos. Ese otro abismo era el de un tiempo paralelo al nuestro, no contaminado por palabras o discursos inútiles, el abismo de un alborozo impronunciable que agonizaba al borde de su propia plenitud, aún dentro de su propia plenitud pero ya a punto de abandonarla. Saber, como el amigo, no acercaba a ese tiempo que corría a otro ritmo, pero al menos –pensé― era como quien puede escuchar el arroyo escondido en el bosque aunque sepa que nunca se bañará en él. No saber, como yo, como tantos, se parecía a ir paseando por un bosque como atolondrados excursionistas parlanchines que no se detendrían nunca a escuchar un murmullo que ni siquiera pueden oír. Y fue algo brusco, no, no exactamente brusco, pues eso implicaría un punto de violencia o de rudeza, sino algo más bien fugaz, imperceptible o perceptible solo en un brevísimo instante, un aleteo, un gorjeo, una nota casi ahogada aunque en ella estuviera contenida la indomable raíz de toda vida, el furor del deseo, el ansia de la entrega, la garra que nos lleva a fundirnos con aquello que no somos. Quedó, hundido en el aire que circulaba por el barranco bajo el mirador, el recuerdo de lo que creíamos haber oído, el hueco que había contenido un canto de apareamiento, ese simple milagro que se cruzó con nosotros, allí, en el punto más elevado de la isla (o muy cerca), a uno seiscientos metros sobre el nivel del mar. ¿Y qué pájaros eran? Esa fue la pregunta que formulé para mis adentros, pero la conversación debió de haberse desviado por otros derroteros y allí quedó, impronunciada hasta ahora mismo. ¿Lo que una vez quiso decirse acaba siempre por decirse? Sí y no. Cuando es que no, algo se desgarra por el mismo lugar o hueco que formaban esas palabras maniatadas. Pero si unos pájaros, en el calor de la temprana primavera del febrero insular, cantan o gorjean es porque quieren aparearse, y si quieren aparearse entonces cantan. No piensan antes de cantar si van a cantar, pues no saben pensar, y no podrían nunca no cantar. No se entretienen ni pierden en los preliminares del canto, ni se quedan atontados en la nostalgia del canto que ha pasado. Cantan y echan a volar, baten sus alas con la misma pureza, con el mismo frescor con que dicen su canto, y luego están ya posados en otro muro, en otra roca, en otra rama, vivos, libres, puros y renacidos en la eterna persuasión del instante.

(Mirador de Haría)


III

Podéis volar como si no os viera,
huir juntos los dos al tiempo que la luz,
pero ver o no ver no es tanto algo del ojo
como de un borde, de ese instante
de nada entre una luz
y otra luz.

(Los Hervideros)