viernes, 28 de enero de 2011

VENTANA: QUISTES

Se apostó junto a la ventana. Era el momento más ocioso de su horario semanal: el viernes al mediodía justo después de salir del trabajo. Siempre había habido ventanas, atrás, en el pasado, sobre tantos paisajes nunca repetidos aunque la ventana fuera la misma, pero aquella en la que estaba ahora le parecía única, como si fuera a dispensarle una visión casi imposible, insólita, secreta. Un autobús que pasaba cada quince minutos. Gente ociosa como él, pero más animada, habladora, que se reunía a esa hora para tomar cañas y aperitivos y no un café como él. Muchos jóvenes también en esa cafetería, pues había un instituto cerca: cuerpos espléndidos, entrenados, cuyas siluetas destacaban desde lejos en el día aterido, gris. Ahora se colaba el sol, un sol novicio, hasta el fragmento de calle que contemplaba, y enseguida se escondía entre los nubarrones para seguir intentándolo más tarde como un animal asustado que no acaba de atreverse a cruzar un río. Él no se escondía, pero tampoco se mostraba. No escuchaba las conversaciones vertiginosas que lo rodeaban, pero no dejaba de oírlas. El fútbol, el tráfico, la nueva ley antitabaco, trabajos, mujeres, comida, paro, política, familia: la misma cantinela de otras veces, siempre aderezada con tacos, carcajadas, gritos e improperios, un murmullo de fondo al que al final la mente acababa acostumbrándose aunque nunca dejara de intentar alejarse. Autobuses de ida y autobuses de vuelta: en algún punto se cruzaban y los conductores se saludaban. Líneas que no se desviaban nunca de su recorrido, aunque un día, pensaba, se montaría en una de ellas y aparecería en cualquier sitio. Ya casi era imposible distinguir entre estudiantes y vándalos. Uno podía optar por destruirse a sí mismo o por destruir aquello que en su interior insistía en destruirlo a uno. No había ninguna otra opción. Con unos prismáticos (siempre los prismáticos, aunque apenas los había usado en un par de ocasiones) o, simplemente, con un poco de atención, podría ver quiénes formaban el grupo congregado junto al columpio de aquel pequeño parque en el que alguna vez había estado o quién se asomaba en ese instante a alguna de las ventanas de los dos edificios que tenía a la vista. ¿Por qué temblaba el agua de aquel charco si no estaba lloviendo? Podría ser el viento, se dijo, pero son tan uniformes las ondulaciones del agua marrón que había llenado aquel pequeño cuadrilátero (¿cuál sería su nombre?) en que estaba plantado un árbol raquítico: parecía como si el agua estuviera siendo movida desde dentro. Y desde dentro, como en un sueño, iba él pasando la mirada por esos nódulos o quistes que se le iban formando a la realidad.

jueves, 27 de enero de 2011

HOMENAJE PÓSTUMO O LA PERORATA DEL AGUAFIESTAS

Un poeta canario póstumamente premiado a nivel nacional recibe un homenaje en la capital del estado al que se invita a nueve poetas y a una actriz a leer poemas suyos. El homenaje es organizado al alimón por una institución gubernamental destinada a la difusión de la lengua y la literatura españolas y por la editorial que publicó el libro ganador del premio nacional. No se sabe cuál de las dos entidades organizadoras del homenaje ha sido la encargada de invitar a los poetas participantes, pero lo cierto es que entre estos no se encuentra ningún poeta canario. El poeta canario póstumamente homenajeado declara, en una entrevista en vídeo que se proyecta al final del acto, que los poetas canarios no son leídos ni valorados en la península, lo que tal vez han tenido en cuenta los organizadores del acto para no invitar ni a uno solo de los aproximadamente diez o quince poetas canarios (de diferentes generaciones y de mayor o menor valía) que residen en la capital del estado. Es, sin embargo, altamente probable que haya sido la editorial que publicó el libro ganador del premio nacional la encargada de invitar a los poetas participantes, pues una buena parte de ellos ha publicado libros en esa misma editorial. Puede decirse, entonces, que la editorial ha aprovechado, en cierto modo, el homenaje al poeta canario póstumamente premiado para homenajearse y difundirse a sí misma. Las lecturas transcurren con la monotonía propia de estos actos hasta que, en su turno de intervención, la actriz invitada, que es canaria, declama con un acento marcadamente peninsular los versos del poeta canario póstumamente premiado como si fueran fragmentos de diálogos de alguna serie nacional de televisión. Uno de los poetas participantes es a su vez director de una emisora de la radio nacional del estado. Otro de ellos coordina un programa de poesía para una emisora privada de radio. Algún poeta canario joven, escondido entre el público, escucha con devoción los poemas declamados del poeta canario póstumamente premiado y los aplaude con fervor como si en ello le fuera la vida. En los días previos, las instituciones culturales del gobierno canario destacadas en la capital del estado han difundido con entusiasmo el acto, que en los días posteriores es recogido en la prensa canaria como un éxito sin precedentes de la literatura canaria a nivel nacional. El poeta canario póstumamente premiado, que fue ninguneado en vida tanto por las instituciones canarias como por las peninsulares, recibe así un merecido homenaje en la capital del estado del que todos, canarios o no canarios, debemos alegrarnos.

miércoles, 26 de enero de 2011

PARA LIZA LIM

Y, en cambio, esos sonidos se quedan aferrados al borde de ese lugar interior del oído por el que pasan y acaban esfumándose todos los demás… no sé si ya muy cerca del corazón o de una memoria que recuerda lo que no se oyó nunca, una canción ancestral, un llanto de mujer atormentada por su propio hijo en el momento de alumbrarlo, un retorcido nudo del viento en el que una vez se encontraron la voz del padre que llamaba y la del hijo que se alejaba para siempre, un martilleo, una fisura, el ulular de la noche en la llanura infinita, el quejido de una iguana hembra en el momento de la cópula… todo aquello que nunca pudo oírse pero que siempre está ahí… en esos sonidos de instrumentos heridos, maltratados, en los que vuelven a escucharse, transformados, los ruidos antiguos de las cosas, los que van unidos a ellas desde siempre, los ruidos casi inaudibles, los que el oído casi no soporta, los inimaginables, los que ningún silencio puede hacer olvidar, los sumergidos, los que nacen en la fuente misma del aire, los corpóreos, los que siembra el sol en el aire aún no respirado, los cavernosos, los ácidos, los ciegos, los ruidos ciegos que circulan por el mundo como recién nacidos o como nunca extinguidos. No es fácil escucharlos. Uno quisiera a veces taparse los oídos. Pero ellos insisten, lamen o taladran las membranas innúmeras que conforman la escucha hasta llegar a ese lugar profundo, mucho más adentro del tímpano, a cuyo borde se aferran. En sueños, luego, o cuando de pronto nos encontramos desamparados, abandonados en alguno de nuestros páramos o laberintos, desgastados por la vida, ateridos, sucios, culpables, heridos o brutales, volvemos a escucharlos, de pronto, como una luz punzante que se clava en los ojos, los escuchamos para dejar de vernos o de oírnos, regresan a nosotros como un cuerpo apartado que siguiera deseándonos, como las sensaciones de un miembro amputado hace mucho tiempo, y resuenan en la escabrosa melodía de nuestras vidas como una melodía mucho más pura o más atroz. Entonces, a veces, logramos dormir, como acunados.

sábado, 22 de enero de 2011

CUERPO A CUERPO

Se deja tocar como si su cuerpo fuera una cuerda muy tensa. Sabe que es solo una la persona que lo acaricia, pero siente varias manos sobre su piel, no solo dos, como si la piel ajena tuviera dedos, como si la otra persona fuera capaz de utilizar también sus pies como si fuesen manos o como si, magia insuperable, consiguiera que su aliento, muy cerca de su nuca, de sus mejillas, de sus hombros, sembrara en su piel la sensación de una caricia. Es muy difícil, por lo que de su pasado amoroso recuerda, que alguien logre que permanezca completamente estático, flotando en una inmovilidad tan placentera que casi termina perdiendo la fuerza de sus piernas, y entonces tiene que apoyarse en el cuerpo ajeno, dejarse sujetar por unos brazos que le impiden caerse. Siente que ser tocado de esa forma es como una constante pregunta por su cuerpo. Su cuerpo es requerido, instado, interrogado mil y una veces en cada segundo, en cada poro de su piel erizada. Y la única respuesta a esa pregunta es el temblor, un goce incomparable unido al temor de haber sido sometido al imperio de unas manos ajenas. A partir de este instante, deja de pertenecerse a sí mismo. Sale de su cuerpo. Ofrece su carne como un instrumento para el deleite de otro. Se deshace en innumerables milímetros cuadrados de tejido cutáneo en cada uno de los cuales un roce distinto al anterior inventa una turbación para la que no hay apenas palabras. Se deja rozar. Se deja arder. Se entrega. Olvida dónde está, olvida quién es, cómo se llama, cuándo salió de casa, cuándo tendría que volver, qué está buscando, cuáles son sus ideas o qué asuntos suelen ocuparlo con más asiduidad. Esa pausa entre lo que hubo antes, olvidado, y lo que habrá después, inexistente, le parece infinita. El tiempo en ella no se desgasta, como no se desgasta su piel por mucho que sea acariciada una y otra vez por todas esas manos que no son sino dos. Las uñas rasgan las cuerdas extendidas de sus tendones, las pulsan con finura, y las yemas aprietan o rozan, se deslizan o percuten, se enredan con el vello o encienden las llamas que esconden los pezones. La respiración se acompasa a esta disolución de un cuerpo en otro hasta que acaba escuchándose una sola inhalación, una sola exhalación, un solo aliento para dos cuerpos que no están ya seguros de no haberse convertido en uno solo.

jueves, 20 de enero de 2011

SÍNTOMAS

Ya anoche se dijo que era extraña esa necesidad de orinar que sentía con tanta frecuencia. Confió, al acostarse, en que no sería más que un pasajero desarreglo de las funciones urológicas. Por la mañana no notó nada extraño, salvo ese corte brusco al final de la micción, como si algún músculo estuviera siendo presionado y le impidiera a la uretra seguir descargando orina desde la vejiga. Acudió con normalidad al trabajo. No notó allí ningún otro síntoma distinto a la frecuencia algo más alta de lo normal de sus visitas al baño: dos o tres durante la mañana. Curiosamente, habló con un compañero de literatura y enfermedad, que —no lo sabía— había sido el tema de su tesina de licenciatura. Se mencionaron algunos nombres de autores de lengua alemana, entre otros el de uno al que estaba leyendo esos días, por cuya prosa desgarrada pasa constantemente un viento helado que abre una y otra vez agujeros por los que se pierde todo equilibrio, toda serenidad. No fue hasta esta tarde cuando se dio cuenta de que las gotas finales no eran exactamente del mismo color de la orina, sino que estaban teñidas de un ligero color rojizo; además, notaba un ardor, o un leve dolor como en el interior de la uretra, hacia el final de la micción, que terminaba con el corte brusco que ya sintió anoche. Al ver lo que identificó como sangre mezclada con la orina, en unas milésimas de segundo cruzaron por su mente las más terribles enfermedades, sobre todo tumores alojados en distintos lugares del aparato urológico. Se dedicó a caminar de un lado a otro del piso a través del pasillo. Le faltaba el aire, jadeaba, se mesaba los cabellos, resoplaba, rozaba con una mano la pared, sudaba, palpitaba. Justamente ahora, se decía, cuando estaba a punto de disfrutar de unas semanas de vacaciones. En el mismo instante en que su vida estaba saliendo a flote tras tantos y tantos meses de naufragio. En esa exacta parte del cuerpo que siempre ha sido para él el centro de su vitalidad, la fuente de los más altos goces por los que merece la pena vivir, el arpón o la ballesta, el pico travieso del colibrí, la lengua del camaleón, el aguijón imposible de domar, la jiribilla, el latiguillo, la serpentina, el diábolo. Así que ojo por ojo, se dijo. Consultó en internet las enfermedades que pueden ocultarse en lo que, tras varias micciones finalizadas con unas gotas de sangre, no le parecieron ya unos síntomas pasajeros. Infecciones varias, de orina, de la uretra, de los riñones. Cálculos. Y una amplia lista en la que figuraban, desde luego, varios tipos de tumores. Cuando acudió al médico, ya había cerrado la consulta. Al regresar a casa, empezó a anotar la hora de cada micción, la cantidad de agua que bebía —un cuarto de litro tras cada micción, pues había leído que la ingesta de líquido era recomendable para las infecciones— y los síntomas que se daban en cada micción: más o menos ardor al finalizar y más o menos gotas de sangre. Mantuvo esta dinámica de registro minucioso durante varias horas, y lo cierto es que no solo le ayudó a concentrarse medianamente en su trabajo, sino que le fue convenciendo de que lo más probable es que se tratara de alguna infección inofensiva, tratable a partir del día siguiente con antibióticos que la harían desaparecer en poco tiempo. Leyó un poco después de cenar, se tomó su somnífero habitual, se acostó y se durmió.

martes, 18 de enero de 2011

LÍNEA CIRCULAR

En menos de cinco minutos se les han caído al suelo dos monedas a dos personas distintas.

Decido tomar la línea circular en el sentido contrario al que había pensado después de comprobar que el recorrido será dos estaciones más corto.

El tiempo pasa de un modo diferente en el andén y en el vagón: más lento en uno que en otro. En el andén la gente se mueve, ansiosa, desesperada, impaciente. En el vagón se quedan quietos, entregados a un movimiento que no pueden dominar.

Está a punto de llegar el tren: la escritura sufrirá en cuanto me monte en él los vaivenes de un movimiento que tampoco ella podrá dominar.

Quería sentarme, pero me toca estar de pie.

Un sábado por la tarde la gente sale, en general, acompañada o para reunirse con su compañía: a quienes están solos o han salido en busca de acompañamiento pasajero se les nota en la cara.

Me siento. La chica sentada a mi derecha (tapo con los dedos lo que escribo para que no pueda leer que hablo de ella) se perfuma el cuello con un botecito que saca del bolso: el perfume es intenso, pues hasta yo, que tengo poco olfato, lo huelo.

Acaba de levantarse. Ya se han ido: su perfume y ella.

En estos trenes nuevos (rectifico aquí algo que dije antes) cuyos vagones están unidos, por lo que pueden considerarse, en cierto modo, como un único y larguísimo vagón, hay gente que pasea de un lado para otro: en ese doble movimiento pueden elegir caminar en la misma dirección del tren o a contracorriente.

Imagino que uno puede sentarse en un vagón de la línea circular y permanecer en él el tiempo que quiera mordiéndole constantemente la cola al tiempo.

Se podría incluso venir aquí a escribir, una vez por semana, por ejemplo: instalarse, con un termo de café con leche, en un asiento situado frente a una de las puertas, como ahora (y esta idea no es nueva: se me ocurrió hace tiempo), y escribir un relato cuyos protagonistas vayan adoptando los rostros de los pasajeros que entran y salen.

Los rostros significan las miradas; las miradas significan las palabras no dichas o los sueños; los sueños significan los deseos; los deseos significan las vidas no vividas; las vidas no vividas significan la vida o el relato.

Mi destino se acerca: he atravesado media ciudad en media hora. ¿Es esto, que todo acabara disipándose, lo que andaba buscando?

He dejado escapar cientos, quizás miles de oportunidades de desvíos, de encuentros, de experiencias, de rutas, de transformaciones. Pero, en cierto modo, todas esas oportunidades desperdiciadas se reúnen aquí, en esto que escribo como un mapa subterráneo, paralelo a la realidad.

jueves, 13 de enero de 2011

EL CORO DEL ESTUPOR

Desde mi exiguo, ¿cómo llamarlo?, tablero o pupitre, es decir, desde el lugar al que estoy sentado para consultar internet —y revisar de paso una traducción que debo enviar hoy mismo a quien me la encargó—, escucho las conversaciones simultáneas o sucesivas que se mantienen en las cabinas telefónicas del locutorio, además de las negociaciones o charlas del dueño del establecimiento con diversos clientes, proveedores, comerciales, policías y amigos que van desfilando por el local sin detenerse en él mucho tiempo. Llega un momento en que tengo que taparme los oídos con los dedos anulares de ambas manos —los más gruesos de que disponemos a excepción de los pulgares— para poder concentrarme en lo que estoy intentando releer. Una madre española que ha entrado con dos niños —creo que gemelos— de unos cinco o seis años de edad y un anciano al que trata como a un padre parlotea al teléfono con algún familiar mientras sus hijos se encaraman a las sillas con tal griterío, compulsión y descaro que el dueño del local tiene que reconvenir —en vano— al abuelo de los críos hasta que la madre, que a la vez que parloteaba con su interlocutor en la cabina les gritaba a los niños que dejaran ya de molestar, termina su conversación, le pasa el teléfono al abuelo, arrastra a duras penas hasta la puerta a sus hijos, le pide a su padre que no se entretenga, grita cada vez más a medida que se vuelven cada vez más estridentes los berridos de los niños y, finalmente, una vez que el abuelo termina de hablar, paga y sale por fin con su prole a la calle. El espectáculo me hace pensar que nos encaminamos hacia un mundo de completa desidia, de deterioro profundo de los vínculos humanos, de falta absoluta de modales, de continua brusquedad en el trato, de aspavientos, griterío, aspereza, estridencia. Un joven caribeño hablaba por teléfono —creo que con una novia reciente— y toda su conversación consistía en fragmentos de exclamaciones, retazos de excusas, peticiones deshilvanadas, en medio de una evidente incapacidad de escuchar. Otro personaje de este entremés de locuaces tardó menos de dos minutos en amenazar a no sé quién con pasar por su casa a buscarlo o buscarla para hacerle saber lo que vale un peine. Mientras tanto, en el ordenador contiguo al mío un joven oriental jugaba al póquer o a algún otro juego de cartas: de vez en cuando chascaba los dientes o suspiraba, al mismo tiempo que el programa emitía sonidos, musiquillas o tonos indicadores, supongo, de determinados lances del juego. Este, pensé, es el coro del estupor, la gran fanfarria del sinsentido, el aderezo sonoro del silencio que somos. Y, después de pensarlo, volví a incorporarme a él con mi teclear compulsivo, con mis pulsaciones perdidas, como quien se zambulle en un naufragio.

martes, 11 de enero de 2011

EL LECTOR

¿No es esto —se decía— lo que siempre le había ocurrido: que se enamoraba de una escritura, de la suntuosidad de unos sonidos, del balanceo de un cuerpo hecho de palabras, del encanto de unas imágenes, del movimiento de un rostro que se oculta detrás de la boca que habla, que se oculta a su vez detrás de lo que dice como de una cortina casi transparente? ¿Y enamorarse de este modo de una escritura no era como enamorarse de una sensibilidad, del alma del prestidigitador secreto cuyo único truco era vencer con la verdad su incredulidad y su indolencia? Así le estaba ocurriendo ahora, una vez más —se decía—, con este libro que leía en ratos sueltos, casi como arrancándole al tiempo cotidiano alguna costura por la que respirar, por la que hacer que entrara un poco de luz en su vida. Apenas se había informado sobre el autor del libro. Sabía que había muerto relativamente joven, de una terrible enfermedad, y que su escritura era una respuesta a la sucesión de persecuciones, tragedias, pérdidas y caídas en que había consistido su vida. Unas palabras levantadas sobre el vacío, sobre la duda permanente, sobre los límites entre la existencia y la inexistencia, pero unas palabras tan bellas, tan elegantes, tan sabias en su incertidumbre, tan incitantes y seductoras sin apenas quererlo, tan acogedoras. Podría estar leyéndolas durante horas como quien apoya su cabeza en el regazo de un amigo o de un hermano o de una madre o de un padre. Parecían hablarle directamente a él, estar siendo dichas en ese mismo instante para él, perderse para siempre en un único corazón que era el de él. No había nada vano en lo que leía porque todo procedía de un dolor verdadero, de una mirada amorosa sobre un mundo que apenas merecía haber sido amado, de un afecto por todo que no era sino el reverso de la escasa preocupación por sí mismo. Sabía que el autor de aquel libro había viajado a través de un dolor que nadie podía compartir y, sin embargo, sus palabras habían sido dichas —pensaba— en busca de algún compañero de viaje.

miércoles, 5 de enero de 2011

ESPERMÁTICA

Una vez más, este tiránico tirón de las palabras. Si no fuera porque hay algo en ellas, sobre todo si se dicen como al oído de uno mismo, en voz muy baja, con el respeto de quien no quiere romper el silencio en que ha sobrevivido una tarde, ni el alejamiento del mundo que lo ha acercado un poco a sí mismo, ni la tranquilidad de la atmósfera interior, perfumada de vez en cuando con un poco de incienso, ligeramente caldeada, que ha creado esta tarde contra el frío del invierno y contra las multitudes de las calles, si no fuera, decía, porque hay algo en ellas que le inspira ternura o que, al menos, lo conmueve en cuanto picotean la página como los picos aún tiernos de las crías de un pájaro, diría, si no fuera por esa condición de recién nacidas, que le cansan, que las palabras le cansan, que le cansa tener que sentarse a escribirlas, una y otra vez, cuando ellas lo exigen, en cuanto ellas se lo piden, desde el mismo momento en que están dispuestas a aparecer. No sabe si lo que lo cansa más es el acto físico de interrumpir lo que esté haciendo en ese instante para convertirse (disfrazarse casi) en escritor o malabarista de sonidos, o si es justamente pensar en que son ellas, las palabras, las que lo tironean, lo sacuden, lo despabilan, lo engatusan y lo transforman. Ahora mismo, por ejemplo. Fíjense: estaba tranquilamente leyendo, en una tarde como la descrita. Es verdad que tenía que leer varias veces cada frase, sin duda porque antes de retomar el libro había frustrado un encuentro en el que esperaba satisfacer el deseo que desde hace días siente de un modo compulsivo, como un fuego o una sed ardorosa. Esa intromisión de unas imágenes candentes (y completamente irreales: imágenes de lo que hubiera deseado hacer y finalmente no quiso hacer), como pequeños puñales que horadaran la página que lee, hacía que a la lectura se le fueran adhiriendo partículas ajenas a las propias palabras que leía, no solo procedentes de ese mundo espermático y truncado del deseo más vivo, sino también de otras regiones menos identificables. En pocas palabras: estaba despistado. Empezó a rondarlo la sensación de que algo, no esto mismo que está escribiendo ahora, sino algo relacionado con unas palabras pronunciadas hace unos días, una especie de apunte sobre la ineficacia o la torpeza de todo discurso, quería tomar forma. Pensó (espermática idea) en una manguera que se enrosca alrededor de un cuerpo (¡y que hasta se introduce en él y lo acaba mojando por dentro con su chorro!): se dijo que esa manguera era no solo el torpe trasunto de ese otro origen del mundo que no se atrevió a pintar Courbet, sino también una imagen de la asfixiante espiral de las palabras. Una imagen banal para escapar de la turbia avalancha del deseo y lanzarse, una vez más, en brazos de las palabras.

martes, 4 de enero de 2011

EINE DEUTSCHE FRAU

Acaso la coincidencia de su nombre con el de la protagonista de unos idílicos dibujos animados que nos tenían hechizados cuando éramos niños suavizaba la aspereza de su trato, el rudo recibimiento que alguna vez nos dio cuando tocábamos el timbre de su apartamento para que sus hijos nos acompañaran en nuestras expediciones infantiles a lo largo y a lo ancho de la urbanización. Su voz ronca pronunciaba con dificultad nuestro idioma; a pesar de que debía de llevar media vida entre nosotros, no lo había aprendido sino a un nivel muy básico, como si su lengua nativa la mantuviera aprisionada en un mundo del que, en el fondo, tampoco ella estaba segura de querer liberarse. Su apartamento no dejó nunca de sorprendernos, las dos o tres veces que estuvimos en él, porque el suelo estaba cubierto de moqueta y porque era tal el abigarramiento del vestíbulo y del salón que casi nos sentíamos mareados después de permanecer unos segundos allí. Nos resultaba curioso que su apartamento, del todo idéntico por fuera a los de nuestros padres, pudiera albergar en su interior un mundo tan distinto, un aroma extraño, señales de un origen lejano, referencias a una vida que no era ni había sido como la de nuestros padres. Tenía algo de bruja, de dama solitaria caída en desgracia, de madre celestina que tal vez un día había sido joven, de prostituta envejecida, de gruñona madrastra de cuentos de hadas. Un día, mientras ella iba a la cocina para buscar algo que debíamos llevarles a nuestras madres, leímos furtivamente una lista de nombres masculinos que se encontraba junto al teléfono en la mesita del vestíbulo. Elucubramos, como niños diabólicos que éramos. Acaso llegamos alguna vez a preguntar en nuestras casas por ella, a qué se dedicaba, quién era el padre de sus hijos, pero cualquier respuesta obtenida, si alguna se obtenía, venía envuelta en velos, disimulada por el silencio que cubre aquello de lo que no puede o debe hablarse. Sus hijos eran y no eran nuestros amigos. Parecían estar muy apegados a su madre y, al mismo tiempo, desear siempre salir de aquel ambiente opresivo del apartamento enmoquetado. Se casaron pronto, y ella se quedó sola. En mis esporádicas visitas a la urbanización, en todos estos años que han pasado desde entonces, la he visto con frecuencia entrar y salir del apartamento, siempre sola, cada vez más gruesa y avejentada. Casi nunca me ha reconocido, e incluso yo he hecho lo posible por pasar desapercibido —oculto tras mis gafas de sol, en aparente duermevela en una hamaca de la piscina. No eran ya los tiempos en que estábamos todos juntos, aquellos niños diabólicos, un día tras otro del verano. La soledad de ella se fue convirtiendo, creo, en un abandono cada vez más acusado. Murió sola, el otro día. Su hijo mayor encontró su cadáver en el apartamento. Una investigación rutinaria confirmó que había muerto por causas naturales.

domingo, 2 de enero de 2011

TUMBAS DE MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

En aquellas islas (europeas para unos, africanas para otros y tricontinentales para casi todos los demás) los coleccionistas de momias, procedentes de los más ilustres gabinetes científicos de las grandes ciudades europeas, habían expoliado, al parecer desde mediados del siglo dieciocho, todas las cuevas empleadas por los antiguos habitantes de las islas a modo de necrópolis. El resultado era que las pocas momias que habían sobrevivido (extraña combinación de términos, lo sé) a las manipulaciones descuidadas, a los saqueos y rapiñas de los propios nativos ignorantes, a las largas travesías, a la humedad de las bodegas de los barcos, a los naufragios innúmeros, a los rigores de los inviernos nórdicos, descansaban hoy en día, casi tres siglos después, en polvorientos museos europeos como tristes despojos de quienes, junto al fuego escondido en las entrañas de la tierra, fueron los únicos señores de sus islas durante casi un milenio y medio. (Y lo más triste es que algunos museos insulares se habían hecho también con momias o con restos de momias que eran exhibidos como cualquier otra cosa detrás de rancias e infames vitrinas.) Ya no había, así pues, lugares en los que brindarle un pensamiento a la memoria de los antepasados. El misterioso afán con que estos habían intentado (¡y en muchos casos, logrado!) arrebatarle a la corrupción de la muerte, mediante las técnicas del mirlado, la posesión de sus cuerpos, destinar sus cadáveres a una permanencia en el tiempo que acaso sirviera a sus descendientes como testimonio de su paso por la tierra, había caído, casi literalmente, en saco roto: quiero decir que sus huesos se habían desparramado, que las momias, apoyadas, según se decía, en las paredes rugosas de las cuevas, o acostadas sobre tablas de noble madera de tea, envueltas siempre en varias pieles de cabra, como signos de una precaria victoria sobre el tiempo, habían sido mancilladas, expoliadas, profanadas. Con el paso de los siglos, algunos habitantes de estas islas perdidas habían recuperado la memoria de sus antepasados y habían comenzado la búsqueda de las antiguas cuevas funerarias. El resto de la población, sin embargo, es decir, la inmensa mayoría, no solo desconocía cualquier dato sobre su propio pasado, sino que hubiera estado dispuesto a un nuevo expolio, esta vez mucho menos científico e ilustrado, de cualquier huella de un mundo que ya nada tenía que ver con el suyo, con el mundo del presente, el de los centros comerciales y los parques temáticos, el de los hoteles de lujo y los campos de golf, el de los puertos deportivos y los bloques de adosados. Se encontraron, es cierto, muy pocas cuevas funerarias, casi todas ellas vacías. Llegaron a descubrirse en sus alrededores terraplenes destinados a antiguos rituales o dibujos inscritos en piedras en lo alto de riscos majestuosos: no pudo revelarse el emplazamiento de ninguno de estos lugares, ninguno de ellos pudo acondicionarse para que fuera visitado, en homenaje a sus antepasados, por la población actual, pues esta los habría arrasado, los habría convertido en vertederos o en lugares de esparcimiento, borracheras y reyertas, en comederos, meaderos o picaderos públicos. Algún idolillo descubierto en el fondo de barrancos resecos, entre las grietas abiertas en otro tiempo por el agua en la piedra, fue reproducido a tamaño natural por las autoridades culturales y vendido, junto a camisetas, jarras decoradas con el mapa de las islas y bombones rellenos de crema de plátano, como suvenir en la tienda de algún mirador recién restaurado.