jueves, 1 de diciembre de 2011

EN LA MUERTE DE CHRISTA WOLF


Al mismo tiempo que le conceden el Premio Cervantes a Nicanor Parra —creo que uno de los más acertados de los últimos años—, acaba de morir en Berlín Christa Wolf. Recuerdo a una estudiante de la Universidad de Jena, una criatura extraña, frágil, de mirada extraviada y penetrante, que trabajaba en una tesis sobre Casandra. En aquellos años, a principios de los noventa, Christa Wolf empezaba a ser crucificada en la nueva Alemania unificada, empezaban a descubrirse sus conexiones con la Stasi, es decir, sus contribuciones como informante a un horror del que probablemente solo eran conscientes, en sus auténticas y descomunales dimensiones, quienes, desde arriba, lo habían planificado y lo ejecutaban. Asistí, en aquellos años, a lecturas (recuerdo, especialmente, una de Wolfgang Hilbig, un narrador muerto hace unos años) que se parecían a las que Christa Wolf describe en algunos de sus libros de memorias, como el bellísimo Un día del año (memorias, por cierto, anuales y diarias a la vez, memorias de un único y mismo día del año escritas a lo largo de cuarenta años). En esas lecturas, rituales laicos en los que se pagaba una cantidad casi simbólica, un marco y medio o dos marcos, los escritores, vestidos siempre sin ninguna solemnidad, se dirigían al público como si hablaran en una reunión de amigos, cordiales pero respetuosos, dispuestos siempre a contestar cualquier pregunta, seres atravesados por inacabables memorias de la infamia, seres recompuestos en cada palabra que decían. Conocí a otros lectores de Christa Wolf en aquellos años. Y también yo leí otros libros suyos. Busqué una y otra vez Casandra traducido al castellano, pues sabía que me sería imposible leerlo directamente en alemán. Me decían que estaba agotado. Nunca lo encontré en ninguna biblioteca. La verdad no es lo que se sabe en el ir y venir entre el mundo y los otros: la verdad es lo que se experimenta en el propio cuerpo, es decir, en lo más profundo del ser, donde lo corporal y lo espiritual no se distinguen ya. Tengo en casa un ejemplar de Noticias sobre Christa T. No sé si lo he leído o no. No sé qué es lo que me ocurre exactamente con Christa Wolf: cada palabra suya que he leído me ha fascinado y, al mismo tiempo, no he querido leerla, he aplazado lecturas, he demorado o enmascarado la búsqueda de sus libros, he procurado olvidarla y, sin embargo, ha vuelto siempre. Volvió, por ejemplo, y con cuánta intensidad —aunque, paradójicamente, ya casi no la recordaba— con sus maravillosas prosas En ningún lugar. En parte alguna. Me he enamorados en varias ocasiones de un libro, pero creo que en esa ocasión viví el amor más confuso, más tormentoso. Veía los lugares en los que Karoline von Günderrode y Heinrich von Kleist se unían y se separaban, conversaban y callaban. Veía esos lugares dentro y fuera de mí. Y luego, cuando la Wolf volvió a encontrarme (¡ya no sabía yo dónde esconderme!) y me ofreció su Pieza de verano, un libro que no sé si leí entero, si compré o si saqué prestado de alguna biblioteca, si está entre los que quedaron en Tenerife, en casa de mis padres, o si nunca fue mío, cuando leí Pieza de verano, decía, no pude dejar de recordar un lago (ya no recuerdo su nombre: pero un día volveré a encontrarlo) al que, en mis dos veranos de Leipzig, llegaba en autobús para luego adentrarme en el bosque soleado que lo rodeaba y buscar un lugar apartado, un pedazo de orilla en el que tender mi toalla y respirar las horas estivales de aquel lago alemán. Tampoco sé si acabé o si dejé a la mitad (pero cada página de ese libro es un corte en la mitad de quien lo lee) En carne propia, su libro sobre la enfermedad, sobre la enfermedad vivida, sobre la operación sufrida, sobre la escritura en el filo de la muerte. Luego vineron los cuentos: estaban en mi biblioteca de Madrid y han desaparecido: Con otra mirada es su título. Están siempre el desplazamiento, la partición, la despedida, el desmembramiento. Una prosa en la que nada es como parece, en la que se empieza en un lugar y, si acaso se vuelve a ese mismo lugar, es siempre para descubrir que ya no existe y que el único sentido que pudo tener es recordarnos que estuvo y que estuvimos y que, allá donde vayamos, debemos afirmar, aunque nos cueste, que, aunque ese lugar ya no exista, existió, tuvo un nombre y lo habitamos.

7 comentarios:

  1. Hermoso texto de recuerdo de Christa Wolf, a quien no he leído; pero que buscaré en las librerías después de lo dicho aquí o de lo que sobre ella opinaba el gran Günter Grass. Los premios, muchas veces, o no llegan nunca a quien lo merece o sólo "caen" muy tarde: como el Nobel o como el Cervantes. En cuanto a Nicanor Parra, opino lo mismo que tú y todo lo contrario que José Manuel Caballero Bonald. También creo que el Cervantes de Parra es uno de los más merecidos de los últimos años y, además, que no deja de resultar extraño, cuanto menos, que Álvaro Mutis, Juan Gelman, Gamoneda, Sergio Pitol o José Emilio Pacheco (aun apreciando sus obras) lo recibieran antes que el poeta chileno. Por otra parte, creo que ni José García Nieto ni Juan Marsé ni José Hierro ni Cela ni Francisco Umbral ni Jorge Edwards merecían ganarlo. Opino que los "mejores" Cervantes de los últimos diez años han sido Rafael Sánchez Ferlosio, Gonzalo Rojas y, por fin, Nicanor Parra. ¿Y la cochinada, por llamarla así, que le hicieron al más grande del siglo, a Borges? Es un gesto que dice muy poco bueno de este premio. Creo que el año que viene ya le va tocando a Juan Goytisolo, si es que un mínimo de clarividencia y lucidez asiste a tan esforzado y noble jurado; aunque, si te digo la verdad, lo que me resulta más inspirador y tentador de este tipo de galardones es, siempre, la libertad y la posibilidad de rechazarlos: de pronunciar un gran NO, como "El hombre rebelde" de Albert Camus. Un fuerte abrazo.

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  2. Es muy lamentable que nunca ganaran el Cervantes Virgilio Piñera, José Donoso, Augusto Monterroso, José Ángel Valente, Ángel Crespo, Eugenio Montejo, Roberto Juarroz o Juan Sánchez Pelaez, por poner sólo algunos ejemplos que me vienen ahora a la cabeza.

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  3. Estoy de acuerdo con lo que dices, amigo Iván, salvo que, como no he leído a la mayoría de los autores que recibieron, en tu opinión, el premio sin merecerlo, no puedo opinar sobre tus opiniones. En cambio, y exceptuando a Sánchez Peláez, a quien no he leído, coincido contigo en la nómina de autores que hubieran debido recibir el Cervantes y, personalmente, añadiría a otros como: Manuel Padorno, Salvador Elizondo, Eliseo Diego, Roberto Bolaño (mal hábito el de conceder siempre este premio a escritores vetustos o pre-vetustos). Y, como muy pocas mujeres lo han recibido, para próximas convocatorias propongo (si pudiera proponer) a Dialmela Eltit, Fina García Marruz e Ida Vitale. Se trata, además de un premio falocéntrico, españolista (más de la mitad de los galardonados han sido españoles) y heterocéntrico: en un rápido repaso de la lista de ganadores no encuentro, salvo error, ni un solo autor o autora homosexuales (es decir, cuya literatura presente un planteamiento del erotismo distinto del heterosexual). Esto me resulta, cuando menos, llamativo y preocupante. No sé qué opinas tú. Un saludo.

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  4. Pues lo mismo, quizá por eso podían habérselo dado a Virgilio Piñera o a Severo Sarduy. Por cierto, Cortázar tampoco lo ganó. Saludos.

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  5. De los Cervantes que me parecen inmerecidos, en mi humilde opinión, creo que el mejor escritor es Marsé, porque creo que lo mejor de Cela es "La colmena", "La familia de Pascual Duarte" y "Viaje a la Alcarria" (Es un Nobel muy extraño Cela, por decir algo, casi tan extraño como lo fue Echegaray). Luego Hierro, Umbral o García Nieto no me gustan nada; pero sí, tienen obra, sobre todo Umbral. Saludos.

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  6. Lo de Cortázar es imperdonable. En cuanto a García Nieto, ya el mero nombre me produce cierto repelú. A Hierro hay gente que lo ha leído: yo no me atrevo. Por cierto, bien que podrían dárselo, el año que viene, a Isaac de Vega (¡un Cervantes canario!). ¿Qué opinas?

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  7. Pues sí, pero eso es tan imposible como pedirle peras al olmo, y el único que se las ha encontrado fue Octavio Paz. Creo que don Isaac es uno de los más fascinantes novelistas españoles del último medio siglo por lo menos; pero también intuyo que nadie del jurado cervantino lo ha leído (ojalá me equivoque). Lo mismo para don Luis Feria: ¿se merecía más el Cervantes Hierro o García Nieto que Feria? Mis gustos poéticos me dicen que NOOOOOO; pero ya sabemos que una cosa es el talento y la poesía en sí, y otra la dimensión o la fortuna pública de la figura del poeta o del escritor. Un abrazo.

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