martes, 15 de noviembre de 2011

CENTENARIO DE ALEJANDRO CIORANESCU: RECUERDO Y CARTA


Tener veintiún años, no haber leído prácticamente nada, creerse que el tiempo es tan abundante como para acabar leyéndolo todo, carecer del más mínimo sentido de la mesura, de la discreción y de la sensatez: con estas premisas, hace casi veinte años, exactamente el 22 de marzo de 1993, me atreví a escribirle una carta a don Alejandro Cioranescu (1911-1999). Era una carta desmesurada, de cuatro páginas, en la que exponía mis inmaduros puntos de vista sobre cuestiones que el maestro había tratado en diferentes libros o ensayos, le preguntaba por su visión del exilio rumano y por su propia obra de creación y, para colmo, me atrevía a adjuntarle algunas muestras de lo que yo mismo estaba escribiendo entonces, imagino que un par de insulsos poemas postadolescentes, vanas escaramuzas con el lenguaje que, sin embargo, en mi ignorancia, consideraba como logros o méritos de algún tipo. Don Alejandro, a quien, junto con una amiga y compañera de estudios, había visitado en su casa unos meses atrás para recoger una entrevista a la que había accedido a responder, contestó a mi carta. Su respuesta, que siempre me ha parecido sabia y humilde, me ha acompañado durante todos estos años, se ha trasladado conmigo en mis diferentes mudanzas, ha figurado siempre entre mis pertenencias más queridas, pues cada vez que la he leído me ha parecido comprenderla mejor. Tal vez se trataba de una carta algo dura para un “joven poeta” y acaso, cuando la recibí, hizo que me sintiera un poco avergonzado, molesto por mi propio atrevimiento, por el innecesario interrogatorio al que un imberbe estudiante universitario había sometido al gran polígrafo, al prestigioso erudito. Luego, creo, he comprendido mejor la inmensa delicadeza con la que en esa carta están dichas las cosas, la timidez, la claridad, la relatividad con que cualquier conocimiento o impresión son transmitidos. Y cuánto ayuda escuchar de un sabio estudioso como don Alejandro Cioranescu unas palabras alejadas de cualquier componenda, sinceras, delicadamente irónicas, increíblemente respetuosas con alguien que empieza y, sin embargo, contundentes en su exigencia de autenticidad, en su petición de presencia completa del poeta en el trabajo creador: “Se mueve entre los objetos evocados, pero no los toca, como si no los conociera. [...] A mí me gustaría verle también a usted”.

Hoy, 15 de noviembre de 2011, se cumplen cien años del nacimiento de don Alejandro Cioranescu. Doy a conocer, a modo de recuerdo, esa carta suya del 6 de abril de 1993. Aunque se trate de un documento privado, creo que pueden resultar de interés sus consideraciones sobre la curiosidad intelectual de los rumanos y, especialmente, sobre la necesidad de un auténtico compromiso personal con las palabras frente a lo que él llama la “poesía de calidoscopio”. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo en persona, aunque fuera brevemente, recordamos su sabiduría y su sencillez, su elegancia y su inmensa cultura. Es tanto lo que en Canarias (y no solo en Canarias) debemos agradecerle que puede decirse que sin él, sin su trabajo, seguiríamos sin entender gran parte de nuestra tradición cultural. Cada uno de sus libros es un regalo que el lector solo valora cuando se da cuenta de que su vida, la del lector, se ha ampliado al terminar la lectura. Por eso: gracias, una vez más, Alejandro Cioranescu.*

* Agradezco a la profesora Lilica Voicu-Brey, biógrafa y estudiosa de la obra de Alejandro Cioranescu, la amable indicación de que don Alejandro nació un 15 y no un 5 de noviembre, como yo, erróneamente, creía.



ALEXANDRE CIORANESCU
Méndez Núñez, 80
38002 Santa Cruz de Tenerife

6/4.1993
Estimado amigo:

He recibido su carta, que es más bien un libro, y la he leído con mucho interés. Le agradezco la paciencia; yo no la he necesitado, ya que dije que la he leído con interés.

Me pregunta usted muchas cosas a la vez, referentes en su mayoría a mi persona; pero también sabe usted que el conocer a un autor no es siempre un buen negocio. Yo también he vivido esta verdad, y por lo tanto no me atrevería a emprender esta sesión de strip-tease, para que después no me encuentre usted tantos quilates como me suponía.

Hablando de los otros (rumanos), el único mérito (colectivo) me parece ser su afición a la lectura de lo que sea. Leen mucho más que los españoles, incluso más que los franceses, quizá porque añoran el ambiente occidental del que están separados política y otras veces sólo geográficamente. Cuando se encuentran más o menos integrados en lo que llamamos Occidente, miran las cosas con una curiosidad muy diferente de la del occidental. Verbigracia: ustedes han leído, por obligación escolar o por contagio, El burlador de Sevilla, o el Don Juan de Zorrilla o el de Marañón. Es una cosa de ustedes, y las cosas de uno no son las que se aprecian más; han vivido con ellas, incluso si no han leído nada y si no leen, es porque están hartos de imágenes o menciones de Don Juan. Un rumano que lee tiene una idea y una imagen de Don Juan, insuficientes ambas para formular un juicio definitivo; y por esto, cuando les interesa Don Juan, entran en un mundo que les apasiona y les intriga y, al hablar de Don Juan, llegan a decir algo que un español considera de poco interés o sin importancia, pero que para el sujeto rumano aparece como una revelación. Creo que la diferencia no está en las muchas lecturas, ni en capacidades diferentes, sino en los meridianos: en un clima cultural diferente, el rumano viene con más curiosidad y, diría yo, con más inocencia que el occidental.

Estoy encantado de que usted haya leído tantas cosas mías. Le aconsejo amistosamente que no lea más, para evitar el desencanto y la saturación (cualquier autor termina cansando y, creo yo, cansado).

He leído también los versos, que forman probablemente un tomo para publicar. Posiblemente modificará usted la buena impresión que de mí tiene, porque le voy a decir (y no sé cómo hacerlo sin molestarle) que me han gustado, pero no me han entusiasmado. Está usted al principio del camino. Sabe poner versos, sabe sacar efectos, sabe combinar las intenciones de las palabras o de los objetos. Es la poesía que yo llamo de calidoscopio. Usted forma figuras y crea colores, inventa juegos amenos, hace cosquillas a la imaginación, pero usted no es parte de ello: usted no hace sino enseñarlo, como el Maese Pedro. Se mueve entre los objetos evocados, pero no los toca, como si no los conociera. A lo mejor tiene usted razón (ya que digo que sabe de poesía, y la razón del poeta no es siempre la del lector); pero a mí me parece que abre usted la ventana sobre caminos que no llevan a ninguna parte. A mí me gustaría verle también a usted, y no lo veo por ninguna parte. Bueno, espero que este juicio discrepe del de sus demás amigos, y que usted no hará ningún caso del mío.

Agradecido y afmº
Alejandro Cioranescu

10 comentarios:

  1. Rafael,

    muchas gracias por habernos "donado" esta correspondencia íntima entre Cioranescu y tú. A pesar de su brevedad, ningún párrafo tiene desperdicio, como en toda su obra.

    Me quedo con ese mirar oblicuo y fecundo que caracteriza a toda cultura descentrada. Siempre he pensado que no fue casualidad que su mirada pudiese prolongar la fecundidad que traía acumulada precisamente desde Canarias. A nosotros, también miradores oblicuos, nos multiplicó al cubo!

    Un abrazo,

    Miguel Pérez Alvarado

    ResponderEliminar
  2. Gracias, querido Miguel, por tu certero comentario. Tuve dudas antes de publicar este documento privado, e incluso después de hacerlo, pero se me han disipado al leer tus líneas. Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  3. La carta es... vamos... cojonuda...
    Un abrazote
    Anibal

    ResponderEliminar
  4. Creo, amigo Aníbal, que puede seguir siendo útil para "jóvenes poetas" engreídos como lo era yo a los veintiún años y espero no seguir siéndolo (engreído, pues la juventud pasó hace tiempo, con sus frescos racimos...). Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Querido Rafa:
    Me ha emocionado tu bello texto de homenaje al profesor Cioranescu, y me ha parecido de una inmensa sabiduría, y de una sencillez e inteligencia finísimas, su carta de respuesta, un verdadero tesoro: toda una clase magistral sin dogmas, aspavientos o voces engoladas. La verdad es que te agradezco mucho que hayas compartido con las personas que leemos tu blog este hermoso regalo de don Alejandro. Lástima no haber podido conocerlo, pero efectivamente, como tú señalas, ahí están sus libros. La verdad es que no tenía ni idea de que este año se cumplía también el centenario del nacimiento del profesor Cioranescu, así que me alegro mucho de que te hayas acordado y hayas hecho público tu texto de recuerdo y homenaje, incluyendo una carta tan significativa. Cuánto queda por aprender, querido Rafa, de personas como don Alejandro Cioranescu. Volveré a leer su carta, que es interesantísima, porque, al menos a mí, podría ayudarme a dar con la poesía (ojalá) y a evitar y huir en lo posible del "calidoscopio". Como te dije antes: "Cuánto queda por aprender", al menos a mí. Un fuerte abrazo y gracias por esta bella sorpresa.

    ResponderEliminar
  6. Querido Rafa:
    Aparte del valor que tiene como consejo para un poeta joven con ganas de devorar el mundo, al tiempo que se atraganta de palabras (como hicimos todos en alguna ocasión), me encantan esa ironía vital, esa relativización del arte, de la literatura.
    Me recuerda mucho a Rezzori en ese uso mordazmente honesto del lenguaje. Claro, vienen de la misma Heimat.
    Hay un pasaje en una de las novelas de Rezzori, de las autobiográficas, en que habla de esa curiosidad de los rumanos por esos mares de saber continental que rodeaban su isla.
    Claro que el engreimiento en ti pasó, de no ser así tal vez no hubiera publicado la carta, así que... tú ya eres un "rumano".
    Y si un día sientes que va a aflorar de nuevo (el engreimiento), solo tienes que echar mano de nuevo de esta carta. :-) Yo haré lo mismo, si veo que aflora el mío.
    Gracias por publicarla, querido Rafael.
    Aníbal

    ResponderEliminar
  7. Estimado Rafael:
    Yo también tuve el gusto de conocer a Alejandro Cioranescu. Es uno de los hechos que nunca olvidaré.
    Te puedo decir que has tenido el honor de contar con un verdadero amigo, como yo mismo. Lo conocí unos doce o trece años atrás. A don Alejandro le brillaban los ojos cuando un joven poeta se acercaba a él.
    Gracias a estas cosas decimos que vale la pena escribir.
    Saludos.
    Antonio.

    ResponderEliminar
  8. Queridos Iván, Aníbal y Antonio: muchas gracias por sus comentarios. Me alegra, de verdad, comprobar que ha valido la pena compartir esta carta de don Alejandro y también que su presencia y su ejemplo siguen vivos entre muchos de sus "paisanos adoptivos". Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  9. Recomiendo a todos la novela "Los dos Daniel" de don Cioranescu, interesantísima por bien escrita y por estar situada en Canarias y por ser un muy buen modelo para narrar sobre nuestras cosas.
    Saludos
    Francisco León

    ResponderEliminar
  10. Amigo Paco: quisiera leerla, sí, me enteré hace no mucho de su existencia, pero aún no la he conseguido. Tal vez pronto. Un abrazo.

    ResponderEliminar