domingo, 28 de agosto de 2011

UNA VISITA A LEOCADIO ORTEGA EN BARLOVENTO

Como si la noche anterior hubiera estado soñando con un río de lava que arrastrara camino del infierno cabezas de animales totémicos, góndolas espectrales y troncos gigantescos de árboles imposibles, Leocadio Ortega nos espera perplejo en el refugio de su cuarto en casa de su madre. Es esta quien nos abre la puerta: suspira, recomienda, refunfuña benévola y nos acompaña hasta la puerta del santuario para adentrarse de nuevo en el silencio y en la oscuridad. Hemos atravesado, mi amigo y yo, calles que no sé si imagino ahora polvorientas o si lo eran realmente entonces, calles que estaban como vigiladas por un mundo de bosques ancestrales que, cual presencias tutelares, irrenunciables —y en esto recordaban a las madres, a las omnipresentes, tiernas y a veces feroces madres—, protegían y amenazaban, acunaban y atenazaban a los habitantes del pueblo. Hemos pasado junto a casas que, según mi amigo, llevan muchos años esperando a que regresen quienes las construyeron, sin saber que cuando regresen, convertidos en indianos, ya no las querrán: construirán otras, a las afueras del pueblo, más modernas e independientes, con garaje y con piscina, con un jardín provisto de sistemas automáticos de riego —pues, ¿a quién le apetece regar en estos tiempos?— y todas las comodidades. Mi amigo me cuenta la historia de algunos rincones del pueblo que en su infancia y en su adolescencia fueron transformados por él y por sus compañeros de juegos en verdaderos centros de esparcimiento —y empleo esta palabra, esparcimiento, como lo haría él, en toda su amplitud de significado, sin traba alguna para la imaginación del lector. Una vez que la madre de Leocadio Ortega nos deposita junto a la puerta de su cuarto, mi amigo y yo nos miramos sin saber si sería mejor tocar antes de entrar o entrar directamente sin tocar, como si algo trascendente dependiera de ello. Decidimos tocar y, como nadie contesta, entramos al cabo de unos segundos. Hay una ventana al fondo, una estantería de pared junto a ella, a mano izquierda, atestada de libros, por encima de la cama —una cama que es más bien un camastro incómodo en el que, después de las presentaciones, Leocadio Ortega nos indica que nos sentemos—, mientras que en el costado derecho de la habitación se encuentran una mesa y una silla en la que se sienta el anfitrión ofreciendo a la tarde que decae, a través de la ventana, su perfil de poeta loco, sus manos temblorosas, su mirada oriunda del país de las maravillas arrasadas, las greñas de su pelo, que son como las señales de un combate nocturno con demonios que solo conocería quien leyera alguno de los papeles descoloridos que se amontonan sobre la mesa. Soy presentado como un joven amigo de visita en la isla, aprendiz de poeta, estudiante de filología en la Universidad de La Laguna, mentecato admirador de los laberintos borgesianos y de las rayuelas cortazarianas, lector en cualquier rato libre arrancado a la amnesia de las clases. Leocadio Ortega no sale de su asombro. Borges, dice. Borges habitó también mi mente hace muchos años, y tejió en ella, como si fuera un arácnido, un laberinto que hace poco, en un golpe de azar, identifiqué con el lugar en el que vivo, con esta reclusión, con este pueblo de humo y de fantasmas. Quien habla es casi un niño que ha ido envejeciendo como si no envejeciera: las incipientes arrugas no son sino el reverso de una piel delicada e intacta, los ojos aparentan haberse apagado tantas veces como las que se han iluminado de pronto por alguna visión arrebatadora, el cuerpo es casi el de un adolescente, un adolescente enfermizo que cada vez que ha explorado el mundo ha temido no regresar y que, sin embargo, ha ido quizás más lejos que sus más saludables compañeros. Nadie sabe dónde está nunca realmente. Aquella tarde yo tenía veintiún o veintidós años y tampoco sabía que hay gente que, cómo decirlo, parece atravesar el mundo como si fuera arrastrándose entre dos muros muy juntos entre sí, a través de ese hueco estrecho en el que apenas si cabe un cuerpo humano. Leocadio Ortega se había mantenido delgado y eran ya tantos los años que llevaba arrastrándose entre esas dos paredes que, se diría, era un maestro de la desaparición y de la invisibilidad, estaba ante nosotros y enseguida no estaba, aparecía y desaparecía e incluso, si no recuerdo mal, en un par de ocasiones, y con cualquier excusa, nos dejó en su cuarto solos a mi amigo y a mí durante un buen rato. Imagino que luego volvería sonriente, como disculpándose, pero a la vez contento de haber llevado a término una hazaña secreta, quién sabe, acaso torcerle un poco más el cuello al cisne de la oscuridad al final de uno de los pasillos, escuchar como quien se transforma en lo escuchado la respiración de su madre mientras esta dormita en la sala de costura, ronronear a la par que algún gato en el patio trasero, algo así, quién sabe. Creo que para entonces Leocadio Ortega había escrito solo un libro de poemas que algunos amigos consideraban mítico y que acabaría siendo a la postre, si no me equivoco, el único libro que publicó. La forma en que murió, muchos años después de esa visita en que lo vi por primera y última vez, fue coherente con su vida. Una pequeña obra maestra de la desaparición. Una noche su cuerpo apareció entre unas rocas, junto al puerto de la capital de la isla, mecido por el viento de la última resaca, abandonado como siempre lo estuvo, como un sonámbulo que sale a respirar junto al mar y no despierta nunca ni regresa, ni nadie, apenas, recuerda si pudo regresar o no. Y, sin embargo, aunque nunca volví a verlo, a veces pienso que podría acercarme otra vez a Barlovento y compartir unas extrañas horas de conversación y de ausencia en su cuarto en casa de su madre…

5 comentarios:

  1. Estimado Rafael José: Gracias por este recuerdo.
    Saludos.
    Antonio Arroyo.

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  2. Estimado Antonio: gracias a ti por la lectura. Un abrazo. Rafael

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  3. Leocadio despierta en mí también esa sensación de alegría y tristeza, esa mirada detenida en algún recoveco fuera del tiempo.
    Te comparto una pequeña parte de mi opinión sobre Leo, que fue publicada en El Diario de Avisos. Un abrazo. Antonio.
    "Si Leocadio Ortega no logró entender su propia vida o resolver el puzzle de añicos de su desencuentro con la misma, sí consiguió verse en su propia literatura, fueran versos, cartas personales, narraciones…De hecho, él era muy consciente de que su verdadera fuerza radicaba en su escritura, y así se entiende su recelo autocrítico y su irreverencia crítica hacia la literatura al uso. Su tristeza profunda, que penetraba en sus interlocutores como la niebla de las cumbres de la isla, se vertía paulatinamente y, después, se derramaban en los valles del recuerdo esos ojos chorbos con que él mismo describió a su interlocutora poesía.
    Intentar desvelar por qué esa lucidez que a Leocadio Ortega le permitía hermanarse con la luz de las estrellas y alejarse de la luz del sol no es tarea de nadie. Quizás se sabía un extranjero como el personaje de Camus, o en alguna de sus vidas anteriores se había arrojado al Sena como Cioran. Meras hipótesis: simplemente era Leocadio. Lo que sí se puede afirmar con seguridad es que él veía claramente cuál era su patria verdadera, su territorio, y quería fundarlo en ese mundo adverso que lo rodeaba, con todo el asombro, incertidumbre, ingenuidad que ello supone, y, por supuesto, siendo consecuente con los riesgos que implicaba su aventura: deshilvanar la madeja de la visión unívoca y polifémica de la realidad circundante, sabiendo que en ella estaban los añicos de su ser yo. Paralelamente, destejer el tejido del lenguaje para llegar a una suerte de alejamiento crítico de esa literatura trasunta de los hechos antes mencionados. Y, después, sobre los guiñapos de ese todo engañoso, sembrar".

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  4. Muchísimas gracias, amigo Antonio, por esas líneas lúcidas y escritas con tanta emoción. Para mí, y sobre todo desde la experiencia personal que he intentado interrogar con este texto, desde ese extraño encuentro en Barlovento, la palabra que define a Leocadio Ortega es: misterio. Un misterio palpable en el cara a cara, pero también en su escritura elusiva. Una vida y una escritura que parecen estar abocadas a esa muerte por "arrojo" (metafóricamente hablando) que es la culminación de ese misterio. Por cierto, fue Celan el que se lanzó al Sena, ¿no? Aunque Cioran, seguro, estuviera a punto a hacerlo varias veces. Un nuevo saludo. Rafael

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  5. Ayyys...sí, es cierto, jajaja. Si hablara ese Sena...Sorry my fellow.

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