domingo, 26 de junio de 2011

LA FISURA IMPREVISTA

Como quien se ha adentrado tanto en el mar que no solo ha dejado de hacer pie sino que duda que sus fuerzas le den para volver y entonces, con un hilo de voz, pronuncia una palabra que alguien en la orilla escucha como si hubiera sido transportada por el viento especialmente hasta su oído.

Algo similar a esto. Llegar a tal estado de aislamiento y de incomunicación que, de pronto, en el pasillo, se tiene la ocurrencia de descolgar el telefonillo del portero automático y ponerse a escuchar los sonidos de fuera, de la calle, las voces lejanas de los transeúntes, los cláxones, la música del bar de la esquina.

Como si fuera esa la única posibilidad de acceder a un mundo ajeno al de la propia casa: un pasaje algo insólito, que siempre estuvo ahí pero que nunca se había descubierto, como una fisura por la que dejar que la vida, sus ruidos y sus voces, se cuelen hasta el silencio de la casa en que los pasos se suceden los unos a los otros.

Es extraño, de pronto, descolgar fácilmente un aparato que casi nunca se ha usado para sentir cómo todo sigue respirando a nuestro alrededor: cómo ahí mismo, a unos pasos, fuera, si traspasamos el portal, aún no ha sido cancelada la vida, aún late aunque lo haga ya al margen de nosotros.

Y se tiene la sensación de estar espiando del modo más invisible, escuchando fragmentos de conversaciones, palabras sueltas que casi no se entienden, como una grabación en mal estado. Basta con permanecer con el auricular junto al oído para estar como detrás de una cortina acechando a quienes hablan sin pensar que otro los escucha.

E intentamos contener la respiración. El silencio en la casa es absoluto. Somos un mero oído en el que no cae palabra alguna a él destinada, sino que caza palabras al azar a través del telefonillo de un portero automático. Como un ojo que espía a través de una mirilla. Como una mano que toca cuerpos ajenos al amparo de la oscuridad.

Y de pronto, una idea: hablar, ¿por qué no? Decir algo en voz alta. Catapultarse en forma de palabras hasta el exterior. Dirigirse a oídos anónimos que pasarán de largo casi todos, incluso si se recita un poema recién escrito o se balbucea un lamento o se entrecorta una breve reflexión desesperada. Decir algo, como un bañista que está a punto de ahogarse, para el único oído capaz de escuchar.

1 comentario:

  1. Cuando deseamos confesarnos, quizás no encontremos a nadie que nos escuche; cuando somos interrogados, quizás no tengamos nada que decir. Muchas veces la vida se resume en estos desencuentros. Un saludo.

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