jueves, 5 de mayo de 2011

"UN HOMBRE EN EL UMBRAL", DE CARLOS HUERGA


(Rafael-José Díaz y Carlos Huerga en la presentación de Un hombre en el umbral)

En mi experiencia como lector de poesía joven española, que no es ni exhaustiva ni sistemática, pocas veces he tenido el placer de encontrarme con un primer libro como el que hoy tengo el privilegio de presentarles a ustedes. Con demasiada frecuencia uno asiste a tanteos miméticos de discursos prestigiosos (por otra parte, hasta cierto punto justificados cuando el poeta es muy joven), o a añadiduras alineadas en una determinada tendencia cuyas fórmulas, iconos y tics el poeta ha aprendido de colegas de su misma promoción o de la inmediatamente anterior, o, ya con menor frecuencia, a libros que apuntan hacia una voz que acabará siendo propia una vez que logre desembarazarse de algunos lastres epocales, librescos o colaterales. En raras ocasiones, como les decía, mi experiencia como lector de un primer libro me ha deparado, como ha ocurrido con Un hombre en el umbral, la sensación de haber entrado en un mundo diferente al de otros autores, en un territorio desconocido por el que se hace difícil caminar porque es como si anduviéramos a ciegas, por un paisaje de niebla en el que, de vez en cuando, reconocemos alguna figura que nos recuerda a un ser humano a quien tal vez conocimos en algún momento de nuestro pasado; y, sin embargo, al acercarnos a ella, al aguzar la mirada para posarla en sus ojos o en sus hombros o en su boca, nos damos cuenta de que se trata de un espantapájaros o de un raro espejismo de la niebla, o acaso tan solo de una proyección de nuestro engañoso deseo o incluso de un espectro surgido de algún sueño extraviado en su camino de siglos a través de nuestra sangre. Entonces nos sentimos como exploradores ávidos que estarían dispuestos a atravesar las diferentes capas de niebla (o de relente matutino o de oscura noche de luna atenazada) para alcanzar lo que alguien llamó “el corazón de las tinieblas”. En cierto modo, nos contagiamos del desamparo del hombre que suele protagonizar los textos de este libro, de ese hombre en el umbral que nunca o casi nunca habla en primera persona sino al que el narrador se dirige en segunda como si hablara con él o del que habla en tercera como si fuera el protagonista de un relato. Extrañamente, nos identificamos con ese hombre que atraviesa lugares que no conocemos, que explora el reverso de lo visible y de lo audible y de lo táctil porque sabe que todo sentido no es más que un instrumento de lo que Paul Celan denominó las “rejas del lenguaje” (Sprachgitter), es decir, una atadura invisible que nos ofrece, a cambio de la inmensa revelación escamoteada, una pobre percepción momentánea. El umbral es justamente eso: el espacio en el que estamos a punto de ver y no vemos, la llave perdida que daría paso a otra dimensión y de la que solo queda, resonando aterido en lo inconmensurable de la noche, un tintineo que suena como el ladrido de un perro, como el grito de unos vencejos, como el crujido de la pintura vieja de una habitación, como el lápiz que rasga el papel en que se escribe. El umbral nos da y nos quita, nos engatusa y nos desengaña, nos ilumina y nos borra lo que, si no estamos atentos, si cruzamos, como tantos, la vida en un estado de obtusa somnolencia, no atisbaremos nunca. Por suerte, en libros como este, en un libro como Un hombre en el umbral, la vigilia es constante, no, desde luego, en el sentido de que el autor le haya retirado al sueño ninguna de sus atribuciones, sino precisamente porque le ha permitido a la vigilia alimentarse de sueño, porque se ha puesto a soñar, a soñar con todas sus fuerzas, y al mismo tiempo sin esfuerzo alguno, lo que ve en cada instante. Y al mismo tiempo que ve y que sueña y que, por tanto, se sumerge e imagina, empieza a recordar, entrevera imágenes de películas o de libros como si formaran parte de su propia vida, intuye lo que aún no ha ocurrido, rescata de lo disperso, de lo acabado y hasta de lo inexistente lo que, en ese mismo instante, la escritura, esa escritura que, como decía Roland Barthes, empieza donde termina el lenguaje, le revela, le regala. Experiencia, sueño, memoria y misterio: son estos, acaso, los pilares que sustentan este mundo extraño, un mundo de cancelaciones y de calcinaciones, un mundo de rastros perdidos y de túmulos recobrados, un mundo de incertidumbres con el que no siempre es grato confrontarse (pues es cruda la senda de quien ha echado a andar al margen de las sendas), pero que, a cambio, es capaz de regalarnos la honestidad de un discurso necesario, un puñado de palabras nacidas, cosa poco habitual, a mi entender, entre los poetas jóvenes de nuestro país, de un herida vivida en lo hondo del corazón.

* Texto leído en la presentación de Un hombre en el umbral, de Carlos Huerga (Amargord Ediciones, Madrid, 2010) el 5 de mayo de 2011 en la Casa del Libro de Madrid.

8 comentarios:

  1. Tras una presentación como la tuya es de suponer que los asistentes se abalanzaron a la compra de ejemplares. Casi me parece imposible seguir respirando sin adquirir el libro, en serio. Enhorabuena a ti y a Carlos Huerga.

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  2. Bueno, en Madrid (como en cualquier gran ciudad, imagino) se programan mucho actos culturales cada día y las lecturas de poesía joven, como sabes, no se cuentan entre los más populares... Hubo, sin embargo, unas doce o catorce personas y Carlos tuvo que firmar más de un ejemplar de su libro. Pero esto se debió sobre todo a la calidad del mismo y a lo bien que leyó. Gracias por tu comentario, Araceli, y un abrazo.

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  3. Magnífico texto de presentación, Rafa. El viernes 29 de abril pasado, Alejandro Refojo y yo también presentamos el estupendo primer libro del más interesante poeta joven que hay en Canarias ahora (teniendo en cuenta lo que conozco), Sergio Barreto Hernández (1984). El libro se llama "Los centinelas". Acuérdate, vale muchísimo la pena, al menos, así lo creemos Ale, Paco y yo. Un saludo muy cariñoso.

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  4. Aunque no he leído la obra de Sergio Barreto, estoy en contacto con él y creo que pronto tendré oportunidad de leer su ultimo libro, el que ustedes presentaron. Saber que, después de algunos años de cierta "sequía", han surgido en Canarias dos poetas jóvenes destacados como podrían ser Sergio Barreto (confío plenamente en tu criterio, querido Iván) y Ramiro Rosón, es algo que me llena de alegría. ¿Tal vez podamos vernos este verano? Un abrazo.

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  5. Claro, es verdad, también está Ramiro; pero el caso de Sergio es un gran hallazgo para todos. Sí, me encantaría que nos viéramos todos este verano próximo, y compartiéramos mesa al borde de una playa para charlar en una larga sobremesa. Así que cuenta conmigo. Un abrazo.

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  6. Así sea, amigo Iván. ¡Y, si puede ser, que sea en la costa de Buenavista, que, según parece, va a ser el único de los municipios de Tenerife que no será gobernado por ninguno de los tres nefastos partidos que se esconden tras las siglas PP, CC y PSOE!

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  7. Perfecto, en Santa Cruz corremos el peligro de que nos encontremos con Cristina Tavío intentando darnos clases de inglés o de francés, porque ella es (y hay que ser) "plurilingüe" (?) y no políglota, además de una creadora de lengua a la altura del mismísimo Gonzalo Rojas, recientemente fallecido, o del gran Juan Gelman. En Güímar, bastante literato hay ya con el alcalde y su casi Premio Planeta; pero ¿de veras pensaba que se lo iban a dar a él? No puedo creer que sea tan ingenua una persona de tanta edad y tan versado en letras, quien dice que la mejor novela es "Cien años de soledad" (¡ja!, será la mejor de las que ha leído él; a mí, como a Borges, me siguen pareciendo "demasiados años"). En el Puerto, nuestra Marbella a pequeña escala, tampoco nos sentaría bien la comida, y podrían cobrarnos un cuantioso plus para paliar un poco la deuda astronómica del Ayuntamiento... En fin, sí, que sea en Buenavista o en San Borondón, si no tendremos que inventarnos otra isla, una sociedad utópica al modo de Tomás Moro o Campanella y donde no quepa tanto alcalde y secretario del subsecretario que, además, es novelista de primer orden y jefe de relaciones con el vicesecretario del ayudante de otro subsecretario...Como sabes,todo tan kafkiano como el mismo Proceso. "Vientres sentados" los llamaba Cernuda atinadamente.

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  8. guaaa!! me encanta el blog, siempre encuentro temas muy interesantes.

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