lunes, 11 de abril de 2011

DE UN CUADERNO CASI DESAPARECIDO

Una pérdida. O una desaparición. O un nudo desatado. O todo esto a la vez. Decir que P. lo era todo es como no decir nada. Lo era todo para mí. Lo es. No hay en nuestra lengua un tiempo que contenga a la vez el presente y el pasado. Todo debe separarse, bifurcarse, para existir. Así nosotros. No existíamos porque existir es ser diferente y nosotros no lo éramos porque solo éramos uno.

Es como no decir nada porque las palabras son soles calcinados que nunca podrán iluminar lo que está oscuro a la espera de una luz que lo rescate. Para qué escribo entonces. Para ocultar con florituras la herida insoportable. El hueco. Para que la espera parezca realmente una espera y no un tiempo perdido que se escapa hacia donde nunca sabré. Por eso nada de lo que diga dice lo que en el fondo debería o querría decir.

Estoy solo. Como si nunca lo hubiera estado. Lo estuve muchas veces antes, pero apenas me acuerdo. Con P. llegué hasta a olvidar que alguna vez no hubo nadie junto a mí, tantas veces incluso. Ocupaba el presente y el pasado y el futuro y los disolvía en un tiempo que apenas si podría recibir este nombre.

Mientras escribo hay tal vez un hilo que se recompone, una huella que se sigue, un eco que se recobra, un ardor que suspende un instante su deriva hacia el definitivo enfriamiento.

A veces siento a P. a mi alrededor. Siempre está hablando porque siempre hablaba. Quien callaba era yo. Ahora callamos ambos y yo he comenzado a hablar. Hemos entrado acaso en un espejo con el que nunca contamos. Y en nuestras posiciones invertidas no nos reconocemos.

P. hablaba hasta en sueños mientras yo empujaba su cuerpo para que no ocupara toda la cama. Por la mañana dejaba caer un brazo hacia mi lado mientras yo me vestía, y con ese brazo enlazaba una de mis piernas, mi cintura o mi vientre como si así me pidiera que no me marchara. Pero yo debía irme temprano a trabajar.

Tal vez me engaño cuando siento a mi lado su presencia, cuando me digo que espera ansiosamente una llamada mía, cuando percibo como el frescor de una fuente inagotable su amor intenso, ciego, penetrante.

Resisto un día tras otro sin llamar. Van ya dieciséis. Los voy contando. Son ya casi tantos como cuando en navidades estuvimos sin vernos. Me digo que todo volverá a ser como antes. Que es un simple juego. Que nos comunicamos a través de esta rueda de días que transcurren sin vernos. Que es como otras veces en que uno de los dos, casi siempre yo, se marchaba solo a su casa en un ataque de celos.

Pero no sé lo que piensa, lo que siente, lo que hace. Imagino que continúa hablando a diario con su amante, recibiendo de él mensajes con fotos en múltiples posturas. Es probable que hayan vuelto a verse, incluso que P. haya hecho el viaje a las islas donde vive el otro o que esté a punto de hacerlo el próximo fin de semana.

Prefiero no pensar que hayan dejado de hablar. Pero no siempre me imagino a P. sonriente, exultante en esa nueva relación como hasta ahora. No deseo su tristeza salvo como compensación de la mía. Pero ambos sabemos que esa tristeza llegará algún día y que sería preferible que llegara ahora que podemos compartirla y no en un futuro en el que será uno de los dos el único que sufra.

Que el otro se vaya. Por donde ha venido. Que dé media vuelta y comprenda que no es este su lugar. Que, si aprecia un poco a P. como persona, no insista en la prolongación absurda de este simulacro de alegría que tarde o temprano acabará disolviéndose. Que abandone la partida cuanto antes. Que claudique. Que sufra cuanto antes su derrota y así todos nos recuperaremos a tiempo.

Si me he alejado es porque lo intenté todo para permanecer a su lado. Pero no pude. No resistí la presencia de un intruso que llamaba a cualquier hora, que venía a pasar fines de semana a casa de P., que hablaba de mí, creo, con una especie de piedad prepotente, como si yo no fuera más que un adorno superfluo que la más leve ráfaga emitida por su hombría acabaría por tumbar.

Nunca he dudado de lo que P. aseguraba: que le gustaría estar conmigo para siempre, que yo era (soy) su hermano, su amigo, su compañero. Me he alejado porque no puedo concebir que seamos dos quienes ocupemos un espacio fundado espontáneamente, pero como una especie de milagro necesario y maravilloso, por P. y por mí. Si lo echa de menos, si no puede vivir en otro espacio que en ese, como me ocurre a mí, ya volverá para restaurarlo. Paciencia e impaciencia lucharán en mí y ganará la primera, que es siempre la más sabia.

Quedarse en una quietud que lo desestabilice todo. Responder con un ligero estremecimiento a la conflagración absoluta. Tensar el arco hasta que la flecha salga disparada por sí sola y se hunda precisa en el blanco deseado. No moverse de este lugar inhóspito e inexistente. Dar la espalda a cualquier tentación de enfrentamiento o de abrazo, de llamada o de carta. Exultar en esta nada que, como una espiral imprevista, se enrosca en torno al cuerpo y comienza a engullirlo. Recordar apenas cómo se erizaban los pezones cuando P. sembraba sus caricias abruptas, sus besos de torpe animal enamorado.

Y esa inmovilidad logrará su objetivo. Se disgregará la pasión que ahora siente o soporta. Quedará en nada el supuesto cariño del intruso. Naufragará el deseo que arrebataba sus cuerpos la primera noche, a cuyo comienzo asistí como mero testigo mudo a pesar de haber sido invitado a participar. Se apagará para siempre la quemazón que soldaba el cuerpo amado a otro cuerpo al que nadie invitó a nuestra fiesta. Arderán largo tiempo los bordes de una herida imprevista, pero como todas las heridas también esta acabará cerrando y ostentará una cicatriz como recordatorio del dolor.

Estoy aquí, sin saber qué hacer, pero sabiendo lo que no debo hacer, P.

Busqué inconscientemente algún modo de seguir estando en ti cuando tú estabas con él. Salía a buscar cuerpos a los que someter, y cuando lo lograba dejaba de ser yo, me transformaba en ti en el momento en el que sometías a tu amante. Mis víctimas se rendían a una fuerza que yo obtenía de donde ellas ni siquiera imaginaban. Quería que su belleza fuera mayor que la suya, que la de tu amante, y procuraba que quedaran aún más exhaustas que como imaginaba que tú lo dejarías a él. Me decía a veces que probablemente ambas escenas transcurrían a la vez, como sincronizadas. Y cuando acababa sonreía para mí y para ti al mismo tiempo, sonreía y tú me sonreías. Hacía gritar a aquellos cuerpos, pero en realidad era yo quien por dentro gritaba.

Han pasado unos días, pero todo sigue igual. Me he divertido un poco en la isla: he conocido a alguien de la edad de tu amante, del mismo pueblo que él, con un nombre que se le asemeja, con familiares en otra de las islas, igual que él. Puras casualidades que, sin embargo, me hacen pensar. Como si, de un modo que no alcanzo a entender, lleváramos vidas paralelas que se reflejaran la una en la otra. Sé que en mi caso no ha sido más que un entretenimiento pasajero, pero estoy casi convencido de que en el tuyo no lo es. Hoy, en cambio, he pensado en la posibilidad de que tu trato con el intruso hubiera terminado, de que simplemente no me hayas llamado todavía por orgullo, por tristeza, por vergüenza o por miedo. Tal vez estés deseando que te llame yo. Tal vez debería llamarte.

Pero probablemente sigo engañándome. Te imagino ahora mismo en tu casa, después del gimnasio, preparando una cena equilibrada: una ensalada, higaditos de pollo, zumo de piña o plátano, fruta. Como las que me preparabas con frecuencia. Te veo después liando un canuto en la mesa de la cocina, con la televisión encendida: la navaja recorta un trozo de hachís y los dedos lo estiran hasta convertirlo en una culebrilla a la que luego recubrirá el tabaco a su vez recubierto por papel de fumar con un filtro en la punta.

Mi casa. Tendrías que verla ahora. Su índice de desorden se ha multiplicado por cinco en estas semanas que llevamos sin vernos. Es sólo una pequeña buhardilla, pero a veces no encuentro lo que busco: un paquete de sobres, un diccionario, un cortaúñas, una grapadora. Está todo repartido por donde buenamente cayó después de un uso breve, una ojeada o una consulta. En el sillón ya casi no hay espacio para sentarse. Cuando veníamos a mi casa te gustaba, si era ya tarde, recostarte mientras hablábamos. Si había un par de libros los retiraba para que pudiéramos sentirnos en el sillón a nuestras anchas.

Pero no siempre lo externo es un reflejo de lo interno, y viceversa.

Llegué ayer hasta la entrada de un parque: el cielo repartía su luz sobre los árboles y un gentío aparentemente ocioso disfrutaba de ese oasis en medio de la ciudad. No me atreví a entrar. Para qué manchar con oscuridad esa excepción de luz. Pensé en que alguna vez, en un día idéntico, entraría contigo. Y ese pensamiento era casi como entrar.

Ya lo sé, no te gustan mucho los parques. Los domingos callejeábamos por la ciudad, entrábamos en el primer bar que nos parecía y nos tomábamos un vino. Pero nunca fuimos a un parque. Quizás, alguna vez, deberíamos (o hubiéramos debido) ir a un parque.

No es solo tu recuerdo el que sigue estando intacto, ahí, ahora mismo, aunque no seas consciente de ello, aunque yo sienta un vacío como nunca lo he sentido, aunque pudiera estar escribiendo estas palabras durante veinte o treinta años: seguirías ahí, ahora, conmigo.

No nos hemos abandonado: solo nos hemos perdido.

Dime que estás bien, que no has perdido el sueño, que las hernias no han vuelto a molestarte, que la psoriasis remite, que tu cuñada ha salido ya del hospital, que has podido arreglar la herencia de tu padre, que estás bien aunque yo ahora no pueda preguntártelo. Dímelo aunque no puedas decírmelo.

Íbamos a hacer en julio un viaje juntos en tu coche. Habías pedido ese mes de vacaciones. Mañana será cinco de junio. Aún queda casi un mes para la incertidumbre.

Estuvimos en Segovia, en Salamanca, en Ávila, en Londres, en Plasencia, en Cáceres, en Trujillo. En este orden. Cuatro breves viajes en que fuimos felices. Imágenes ancladas ahora en cada mitad de nuestra alma escindida. Duplicadas. Doblemente nostálgicas de sí mismas: del momento que fueron en el tiempo, en la vida, y de la imagen gemela que reside, añorándolas, en la otra mitad.

O acaso has muerto y le hablo a quien sigue viviendo sólo dentro de mí. Mueren todos los días innumerables personas de tu edad, de la mía. Pensar que pudiera ocurrirnos a uno de nosotros, que por ese motivo no pudiéramos volver a vernos, o a escucharnos siquiera, me atormenta. Pero tú eres fuerte y yo me he propuesto resistir.

Tal vez otro te acaricia, te besa, te visita, te llama, te complace, se te entrega, te posee. Pero nadie te cuida sino yo.

Sí, eras transparente conmigo. Me enseñabas las fotos que el otro te mandaba al móvil, alguno de sus mensajes. Me hablabas de él con naturalidad, incluso me dabas detalles íntimos que yo reconstruía en mi mente de un modo a la vez lascivo y doloroso. Me describías su casa, su familia, los lugares a los que te llevó a comer en la isla. Hablabas por teléfono con él mientras yo estaba en tu casa. Me anunciabas una semana antes sus visitas. Durante dos meses intenté que todas esas imágenes que tú me confiabas sin pudor, sin dobleces, se diluyeran en mi corazón con la misma naturalidad con que salían del tuyo. Pero fracasé. Se agolparon en mí y estallaron sin que pudiera evitarlo.

A veces creo que todo se remonta a la escena en que me fui de tu casa cuando él se acostó contigo ante mis propios ojos.

Todo hubiera podido terminar ahí. Lo nuestro o lo vuestro. Él hubiera podido no llamarte al día siguiente. Yo hubiera podido no llamarte al día siguiente. Pero los dos seguimos haciéndolo y era lógico que algún día acabara sobrando uno de los dos.

Hoy he dado una vuelta por mi barrio. He paseado la vista una vez más hasta el final de la calle que conduce a la avenida en que tomaba el metro para llegar a tu casa. Es un trozo de calle clausurado, abandonado en otra dimensión del tiempo cerrada para mí, un trozo de calle que la mirada quisiera rehuir pero en el que al final siempre se detiene unos segundos. Está ahí como afirmando lo fácil que sería atravesarlo para llegar de nuevo adonde no sé si alguna vez podré volver a llegar.

Paseando sin rumbo, desemboqué luego en otra avenida en la que confluyen varias calles. Me detuve un minuto y me sentí desamparado. Sin aliento. Sin fuerzas. Sin ganas realmente de nada. Di la vuelta y regresé por calles medio atestadas a mi casa. El vacío que sentí estaba fuera y dentro de mí. No era mensurable. Era un vacío que se abría a medida que andaba, con cada segundo que pasaba perdido entre el gentío de otro atardecer sin ti. Se iban abriendo huecos a mi alrededor que era incapaz de cerrar, huecos en ese vacío cuyo avance sólo tú hubieras podido detener.

Nos vamos desgastando en este ajedrez absurdo sin más piezas sobre el tablero que nuestros propios silencios.

Tengo la impresión de haber escrito ya todo esto en otro tiempo, pero con otras palabras, como si estuviera copiando al dictado de una memoria frágil, trastornada. O como si no fuera yo quien ahora lo reescribe. O como si, incluso, hubiera soñado que escribiría algún día lo que, en cambio, estoy escribiendo ahora por primera vez.

Sé que ahora mismo, medianoche de jueves, estás ordenando los cupones que venderás mañana. Sé que esa actividad requiere de ti una concentración que yo nunca violé, incluso si estaba en tu casa en días como este. Me sentaba y leía hasta que tú terminabas. Sé, por tanto, que es imposible que estés hablando con él ahora mismo, además de improbable que él haya venido a visitarte entre semana. Y por eso albergo la leve esperanza de que, entregada tu mente al trabajo mecánico de ordenar los cupones del viernes, haya en ella un mínimo resquicio por el que esté entrando, aun borrosa o apagada, alguna imagen de mí.

Pero no sé si entre los dos se abre una fisura tan pequeña como ese resquicio de tu mente a esta hora o una tan grande como el vacío que me rodea a todas horas.

Hemos hablado tanto en todos estos meses que ahora es como si descansáramos, como si nos hiciera falta el silencio para respirar.

He entrado hoy en el parque a cuyas puertas me quedé el otro día. Alrededor del templo egipcio hay un estanque en el que flotaba una botella de plástico. La tarde era calurosa hasta que empezó a refrescar y a levantarse un viento que erizaba la piel. Esa sensación de escalofrío, de piel de gallina, procedía otras veces de estremecimientos internos, fríos del alma que confluían con los del aire en la balanza sensible de la piel. Era imposible saber cuál pesaba más. Me senté en un banco a leer un libro recién comprado que hablaba de un banco de parque alrededor del cual jugaban los niños, soplaba el viento, pasaban las parejas, se movían las hojas de los árboles. Y todo eso era contemplado, por el protagonista del libro, aprendiz de zen, como unido a su ser, lejano y cercano al mismo tiempo. A veces me miraba alguien al pasar, pero mi mirada, a diferencia de tantas otras ocasiones, apenas reaccionaba. No estaba apagada, sino más bien ausente. Me quedé largo tiempo sentado en aquel parque, pensando en cómo sería si estuvieras allí, en cómo poblaríamos el silencio con palabras cruzadas. Di una última vuelta antes de marcharme. El crepúsculo doraba el palacio de los reyes, la catedral, parte de la ciudad. La gente se agolpaba para verlo. Cuando bajaba las escaleras hacia la calle cruzó una rata, pequeña, por delante de mí.

Luego, por la noche, cerca de mi casa, me quedé parado contemplando una luna delgadísima sobre un cielo profundo como un mar muy oscuro. Había bebido una caña y te envié un mensaje al móvil. Compartía contigo ese momento de cielo y de luna, y te decía que daban ganas de quedarse mirándolos durante horas. Como el poeta japonés, me zambullo en busca de una luna tras la cual, en este caso, no está el espejo de un lago sino tu rostro imborrable impreso en mi corazón. Las aguas se abren. Tú no contestas. Ambos naufragamos.

Quizás todo comenzó a apagarse sin que apenas me diera cuenta. Quizás cuando dejaste de llamarme todo estuviera ya apagado dentro de ti. Quizás lo último que deseas es que me comunique contigo. Así que ese mensaje será el primero y, si no contestas, el último.

Sí, voy dándome cuenta de que en las últimas semanas todo era mortecino, sin chispa, como movido por la inercia o la rutina de las costumbres que se enquistan. Dejabas que fuera a tu casa porque llevaba meses haciéndolo. Dormíamos juntos porque llevábamos meses habituados a ello. Hacíamos el amor casi siempre en la misma postura y de un modo rutinario porque formaba parte de nuestros acartonados hábitos.

Pero tal vez me equivoco y era justo lo contrario: cada vez lo pasábamos mejor juntos, fuera y dentro de la cama.

7 comentarios:

  1. Es un hermoso texto, lleno de amor y de dolor, de esperanza y de desesperanza, de intensa y ciega espera...
    pero, sin embargo, me duele como lectora de este cuaderno, por la generosidad de quien lo escribe, porque echo de menos la mirada pausada, la contención y las riendas...porque me sabe a desahogo...
    y eso no es lo que siempre encuentro aquí. Lo que encuentro siempre aquí me sabe a otra cosa.

    Y siempre, siempre preferiré esto: los "soles calcinados que nunca podrán iluminar lo que está oscuro a la espera de una luz que lo rescate. Para qué escribo entonces. Para ocultar con florituras la herida insoportable. El hueco."

    Una lectora, que te lee, siempre.

    M.

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  2. Quiero precisar algo: decir que el texto me sabe a desahogo no es sinónimo de que yo crea que lo sea, que sea un "desahogo". Mi comentario no quiere aludir a aspectos o a un posible carácter autobiográficos, ni nada de eso.
    Sencillamente quería hacer referencia a que tiene características que apuntarían en esa dirección, independientemente de otras consideraciones y que eso no es lo que normalmente encuentro por aquí.

    Gracias.
    M.

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  3. Sí, algo de desahogo hay. ¿No lo es siempre la escritura, en cierto modo? Pues si no escribiéramos nos ahogaríamos: por eso escribimos, para desahogarnos. Gracias por tu comentario, amiga o amigo M.

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  4. Claro que sí, la literatura, tal y como la comprendo, puede representar y en ocasiones, en muchas ocasiones, representa una válvula de escape... pero siempre como posibilidad, nunca como fin en sí mismo. Los textos de "desahogo", a veces, se caracteriza por eso precisamente: por que el desahogo es el fin mismo del texto. Y eso no es lo que me gusta a mí personalmente... de ahí que la noción de desahogo, tal y como la concibo, no sea una noción positiva en su relación con el texto literario. Al desahogo le falta, con frecuencia, la mirada distanciada que permite componer el texto, la contención y el despliegue en el momento justo. Ese "emotions recollected in tranquility" de Wordsworth y la mirada objetivadora, que permite crear el texto sin desborde, sin sentimentalismos.

    Gracias por respoder y por participar en este pequeño diálogo con una lectora.

    M.

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  5. Reconozco que estos textos extraídos "de un cuaderno casi desaparecido" no son, desde luego, wordsworthianas "emociones recogidas en tranquilidad". Más bien, todo lo contrario. Están escritos en el meollo mismo de la emoción, en el interior de un vendaval al que no supe responder de otro modo. No sé si esto le aporta al texto virtudes o defectos. Pero no estoy seguro de que esa mirada distanciada y objetivadora y esa contención de las que hablas sean tampoco ninguna garantía de calidad para un texto cualquiera. Lo que por un lado se gana tal vez se pierde por otro. Es un debate interesante en el que, grancias a ti, amiga M., participo con gusto. Otro saludo.

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  6. Sin duda, se necesita recoger emociones en tranquilidad, como quería Wordsworth, pero la vida no siempre brinda la ocasión de hacerlo. Hegel decía, en sus “Lecciones sobre la estética”, que el arte debe realizar la vieja máxima “nada de lo humano me es ajeno”, mostrando todas las emociones y estados del alma posibles. Y el desasosiego forma parte de lo humano. Por ello me parece legítimo que el artista, siendo tan humano como sus semejantes, conciba su obra como desahogo. Por otro lado, también debe tenerse en cuenta el valor catártico, terapéutico, curativo del arte. ¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, los artistas se han liberado de sus más hondas inquietudes plasmándolas en su trabajo?

    Hermoso texto, cargado de belleza dolorosa. Un fuerte abrazo.

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  7. Gracias, amigo Ramiro, por tus palabras. Entre la tranquilidad y la inquietud, entre la calma y la rabia, entre el reposo y el desasosiego transcurre casi siempre nuestra vida. Y el arte, como decía Louise Bourgeois, "is a guaranty of sanity", es decir, que, en cierto modo, nos protege de la locura, del extremo desamparo al que la vida a veces nos aboca. Un fuerte abrazo.

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