jueves, 30 de septiembre de 2010

PALABRAS QUE UN RAYO REFLEJADO EN LA VENTANA TRAJO HASTA MIS LABIOS

La primera condición es la ternura. (Pero somos lo que podría llamarse hombres de decisiones solitarias.) Ninguna necesidad hay de otra piel o de otro cuerpo para acercarse de un modo tierno aunque sea a ningún lado. (¿Y si tanta aspereza, tanto resquemor, nos hubieran convertido en seres bruscos, levantiscos, rasposos?) Toda aspereza puede limarse y todo resquemor refrescarse siempre que el corazón bombee sangre perfumada cuyo aroma acabe humeando por los poros de la piel. (Nuestra sangre no es más que un modo de sobrevivir en medio de un aire cada vez más seco.) Imaginad un viento que soplara dentro de vosotros y que de pronto estuviera también soplando fuera de vosotros. (Nos hemos ido transformando casi en autistas, cada vez más alejados unos de los otros, incapaces de tendernos la mano o de mirarnos, y cuando nos dirigimos alguna palabra sus sílabas raspan.) La segunda condición es el silencio. (Antes parecías exigirnos que habláramos, que nos acariciáramos con las palabras.) El silencio es la resonancia interior de lo que, si fuera pronunciado, se desmoronaría; esa resonancia es unas veces estruendosa y otras veces taciturna. (Cómo vamos a alcanzar algo que no sabemos ni siquiera qué es, pues no puede decirse.) Nada hay que alcanzar: hablo de lo que existe desde siempre como un don en vuestro interior, de lo que incontables capas mantienen amordazado allá dentro. (A veces hemos sentido los arañazos de nuestras propias uñas en nuestra propia piel como si estuviéramos intentando desgarrar una coraza.) La tercera condición es la entereza. (Todo empezó una tarde: permanecimos quietos cuando hubiéramos debido reaccionar; nos despedimos de quienes nos necesitaban; nos engañamos pensando que acudíamos a quienes, en vez de llamarnos, nos encandilaban.) Enteros son quienes se dan del todo a sí mismos. (¿No es preferible entonces renunciar de una vez? Todo es intransferible; cuanto más cerca nos sentíamos de otra persona más lejos de ella estábamos: nadábamos siempre en la soledad de un atardecer en dirección a un horizonte cada vez más tenebroso.) La entereza puede, aunque parezca extraño, contener la renuncia. (No te entendemos.) Cada una de vuestras brazadas, ¿no era plena en sí misma, no empezaba y terminaba en sí misma como un movimiento en el mar que os contenía y al que a la vez vosotros conteníais? (Sí.) La entereza es eso: no dejar que nada vuestro se aleje de su propio centro. (¿Hablas de algo parecido a la fidelidad?) Ternura, silencio y entereza son solo las tres condiciones para que algo nazca, pero una vez que nace, si nace, habrá que alimentarlo cada día.

domingo, 26 de septiembre de 2010

UN POETA

Para Ada Salas

Después de cada poema que escribía se le agotaba la voz. Se quedaba como vacío, despojado, estéril. Permanecía así durante meses, como si en su interior hubieran estado cavando en busca de algún tesoro escondido y al final no hubieran encontrado sino tierra, paletadas de tierra arrojadas a su alrededor, inútiles. Y luego, de pronto, surgía una palabra, como una minúscula grieta de luz abierta entre la tierra, alojada allá dentro, pensaba, desde siempre, un surco que podría conducirlo, si se tuvieran las fuerzas para seguir excavando, a insospechados círculos de claridad cada vez mayores, pero que únicamente le servía, una vez descubierto, para dejarlo agotado. Y los días pasaban entonces en torno a él, ajenos, como tapices de tiempo más o menos borrosos, cada vez más extraños a medida que se iban alejando del centro del que nacían, de esa palabra insólita que solo parecía haber surgido para transformarse luego en semanas y semanas de desolación. Todo fulgor no era más que el comienzo de ese vasto tejido de sombras en que se iba convirtiendo su vida. Y cada vez se espaciaban más los encuentros, los descubrimientos, los instantes de gracia que lo iluminaban. Hasta que dio en pensar si no era preferible fundirse con las sombras, considerar que no eran más que espejismos las aberturas de luz, espejismos provocados por su sed, por su cansancio, por su torpeza o por su soledad. ¿No podría hallarse precisamente allí, en esa fusión con las sombras, el secreto que buscaba, el otro lado desconocido, el punto en que su cuerpo se convertiría por fin en todo lo que no era su cuerpo?

LAS ÚLTIMAS CERILLAS

En algún lugar aprendí o me enseñaron (lo que podría no ser lo mismo) que el presente es lo único que existe. Solo ahora he comprendido que no es cierto. O que, al menos, no es del todo cierto. Lo he sabido porque, cuando hace casi una hora (ya pasado) me encontré esta caja de cerillas, el fuego que imaginaba poder encender con ellas (aún futuro) era más real que las propias cerillas (el presente). No solo había confiado en que serían suficientes, incluso si alguna fallaba por encontrarse en mal estado, humedecida, o por haber sido ya utilizada, para conseguir iluminar durante algunos instantes el recinto en que me hallaba. ¿Era acaso el deseo, la necesidad de esa lumbre lo que la hacía tan real? El presente era entonces la alegría de una inesperada caja de cerillas encontrada en medio de los escombros que me rodeaban, la esperanza suscitada por la posibilidad de conseguir unos pocos momentos de luz que me ayudaran a buscar una salida. El presente era entonces, permítaseme jugar con las palabras ahora que ya todo está quizá perdido para siempre, ese presente del azar: una bendita caja de cerillas que parecían intactas al tacto. ¿Qué puede hacer alguien que ha quedado atrapado entre escombros, sepultado vivo tal vez a muchos metros de profundidad? Después de agotarme gritando, después de reconocer que el completo silencio que me rodeaba era el signo fatídico de mi total aislamiento, empecé a tantear por el suelo, a gatas, por lo que parecían rincones, entrantes y salientes, paredes de superficie irregular, techos bajos con los que tropezaba al levantarme (cuántas heridas debo de haberme abierto en la cabeza). No conseguí hacerme una idea cabal de la forma en que estaba constituido el lugar en el que me encontraba, pues por mucho que me desplazara continuaba tropezando con molduras, vigas, paredes, esquinas y techos de diferentes tamaños. Me dije que era casi imposible encontrar a ciegas una escapatoria. Debía de haber pasado, además, un par de días inconsciente, pues el hambre y, sobre todo, la sed, empezaban a asediarme. No recordaba cómo había llegado hasta allí, y supuse que la amnesia se debería al golpe producido por alguna caída. El presente era entonces la más completa desolación. Fue entonces cuando encontré la caja de cerillas. Durante unos pocos instantes la confundí con cualquier otro objeto intrascendente. Pero por suerte (o por desgracia) no la deseché antes de manipularla y darme cuenta de lo que era y de lo que contenía. Lo que hice a continuación fue contar las cerillas: once. El presente fue entonces once instantes de luz prometedora, once posibilidades de encontrar algún hueco, de desplazar alguna viga o de tumbar algún tabique en busca de una luz mayor, de rumores humanos, de más aire, de algún signo que pudiera salvarme. No hará falta decir con qué ilusión intenté encender la primera y con qué congoja voy a intentar encender la última. Cuando ya solo me quedaba esta, el presente era la aterradora sospecha de que ocurriría con ella lo mismo que con las diez anteriores: que no encendería. Probablemente humedecidas por filtraciones procedentes de alguna alcantarilla o de una tubería rota, o quizás ya utilizadas anteriormente (por quién, en qué aciago pasado), las diez primeras cerillas no habían producido ni siquiera un mínimo chispazo que me permitiera intuir las dimensiones de lo que empezaba a considerar ya mi sepulcro. El presente, me dije cuando tenía ya la última en la mano y me disponía a intentar encenderla, es la frágil línea que separa ahora mismo la oscuridad de la luz, la vida de la muerte, lo que existe de lo que no existe.

lunes, 20 de septiembre de 2010

LA FOTOGRAFÍA

Para Teresa Arozena

1

No he podido ir a ver la exposición de fotografías. Me cuesta romper el aislamiento que me he impuesto (la excesiva vida social me estaba dispersando, me exponía a tentaciones que ahora quiero evitar, no me dejaba concentrarme). Además, la galería está lejos de donde vivo. En la exposición participa una amiga con una fotografía suya. Según me ha dicho, se trata de un trabajo reciente en el que, a partir de una experiencia concreta, ha alcanzado un resultado que la satisface y que, en cierto modo, la ha liberado. Lo que ha hecho es someter a una serie de objetos personales, con los que lleva conviviendo bastante tiempo, a una especie de extracción o de purificación. Los ha ido colocando, a razón de uno por día, en una mesita junto a la ventana de su estudio, una mesa blanca que yo vi hace tiempo, muy sencilla, pintada por ella misma, en la que normalmente suele tener un jarrón con flores. Durante una semana esta mesa ha sido el escenario de ese extraño experimento: por ella han ido pasando los objetos que ahora están reunidos en la fotografía que mi amiga ha enviado para la exposición. Al levantarse, cada mañana, escogía un objeto, lo sacaba de donde estuviera, lo colocaba sobre la mesa, lo dejaba allí hasta por la noche, lo contemplaba durante todo el día, no como una posesa ni como una contemplativa, sino de un modo distraído, de vez en cuando, en los ratos perdidos entre una actividad y otra, o al ir a colgar la ropa a la terraza, o mientras tomaba un café o hablaba por teléfono con alguien. La idea del experimento era dejar que los objetos le hablaran (o que no le hablaran en absoluto) fuera de su contexto habitual, que dijeran, si querían, lo que eran por sí solos, sobre aquel fondo aséptico de la mesa blanca y contra la luz cambiante durante un día entero que entraba por la ventana. Así me lo contó. Por su tono y por la pasión con que me hablaba, supuse que el experimento había sido importante para ella y que el resultado la había transformado de algún modo. Me da lástima no haber podido ir a ver la exposición. La fotografía que reúne esos objetos, ya todos juntos sobre la mesa, tomada al final de la semana del experimento, quería, según mi amiga, ser la prueba visible de una transformación: sin dejar de ser lo que cada uno es, cada objeto es ahora distinto de sí mismo, ha dejado de estar sometido a lo que lo rodeaba y se proyecta en una nueva dimensión rodeado de otros objetos que también han sido descontextualizados, liberados. Intento imaginarme esa fotografía, pero no lo consigo.

2

Algún tiempo después de escribir las líneas precedentes, me encontré con un amigo que también lo es de la fotógrafa. Me dijo que nuestra amiga, una vez clausurada la exposición, que había sido visitada por bastante público pero apenas había encontrado eco en la crítica especializada, se había mudado a un nuevo estudio, en otra zona de la isla. Su fotografía era una de las pocas que se habían vendido. Me reveló un dato que yo no conocía: los objetos que aparecían en la fotografía eran y al mismo tiempo no eran propiedad de mi amiga. Se trataba de objetos que había dejado en su casa una persona con la que había convivido en pareja durante un tiempo. Al decidir romper la relación y marcharse precipitadamente, esa persona había olvidado llevarse un libro, una camiseta, un cuaderno, un desodorante, un reloj, una cadena y un bañador. Posiblemente se trataba de objetos de tan poco valor que ni siquiera se molestó en volver a buscarlos, así que allí permanecieron durante meses. Al parecer, nuestra amiga no los tocó nunca, no los movió del lugar donde se habían quedado, por lo que se habían ido convirtiendo en emblemas de una desaparición, en signos de un hueco, de una ausencia que irradiaba cada vez con más fuerza a través de ellos. Lo único que a nuestra amiga se le ocurrió, tras varios meses de depresión y de parálisis, fue ese ritual que hemos descrito y cuyo objetivo era desplazar los objetos, taparles en cierto modo la boca o dejar que hablaran con una voz distinta y, finalmente, trasladarlos a la nueva dimensión de la fotografía para que quedaran encerrados allí para siempre. Unos días después de que mi amigo me contara todos estos detalles, quise contactar con la fotógrafa, preguntarle cómo le iba en su nuevo estudio, pero al parecer también había cambiado de número de teléfono.

3

He conseguido hace poco su nuevo número. La he encontrado tranquila, mucho más animada que las últimas veces que hablé con ella. Me dijo que está trabajando en nuevas fotografías: de orillas, de acantilados, de rocas. Su estudio no está lejos de la costa y baja hasta ella casi todos los días. Se baña, recorre los charcos, contempla los cangrejos, respira el aire y la sal. Una vida sencilla. Le dije que también yo llevaba una vida similar, solo que sin mar ni charcos ni cangrejos ni sal. Poco antes de despedirnos, me contó que aquella fotografía que nunca pude ver fue, en efecto, una de las pocas que se vendieron en la exposición. La compró, me dijo, la persona a la que habían pertenecido los objetos que en ella aparecen.

sábado, 18 de septiembre de 2010

PASEO DE LA DIRECCIÓN

Por suerte iban encendiéndose algunas ventanas, pues llegué a pensar, a medida que se retiraba la luz, que me quedaría tan a oscuras, en unas tinieblas tan densas, que no solo empezaría a no poder orientarme al caminar sino que acabaría literalmente tragado por la oscuridad. Lo pensé tan solo un par de veces, uno de esos pensamientos imposibles que la realidad termina por refutar, pero en los que se esconde tal vez una verdad secreta, la revelación de un miedo auténtico, de un temblor que escapa a cualquier sensatez y a todo intento de escondernos lo que en el fondo somos y sentimos. Me encontraba de nuevo en el paseo trazado como una sucesión de curvas, bordeado de edificios distintos todos unos de otros, tanto en altura como en color, diseño y ornamentación. Era la tercera o cuarta vez que regresaba a casa por ese paseo e, igual que en las ocasiones anteriores, empezaba a sentirme como en el interior de un torbellino tan lento que parecía detenido. Había llegado en mi caminata hasta un parque desde el que se veían las montañas a lo lejos, tenues aunque aún no desdibujadas en el atardecer, como una posibilidad real de abandonar la ciudad; y, a pesar de que fuera impensable abandonarla de verdad en ese momento, al menos desaparecía allí la opresión que causaba: unos cuantos kilómetros en aquella dirección y se saldría al campo, y luego se llegaría a la sierra, y más tarde estaríamos ya camino de tierras castellanas. Ahora, en cambio, regresaba a mi casa y, envuelto por la creciente oscuridad, miraba con gratitud las ventanas encendidas. Desprendían una luz cálida, humana, anaranjada, normalmente a través de una cortina; a veces, sin embargo, se distinguía algún mueble, una estantería o el respaldo de un sillón, paños de paredes blancas o estampadas, y raras veces una cabeza de alguien que parecía pasar casi escondiéndose, sombras con forma de figura humana, una barriga de anciano sin camisa que fregaba los platos, las gafas en el perfil de un hombre joven que cogía en brazos a una niña. Me detuve un instante frente a un edificio en el que tres o cuatro ventanas anunciaban vidas que no me pertenecían pero que en aquel momento imaginaba o compartía como si yo mismo no tuviera vida propia. (Y, de hecho, no la tenía, salvo si puede llamarse vida a aquella permanencia inmóvil, alelada.) Poco antes de llegar a mi casa vi en un balcón a una mujer que regaba las plantas, pero ella no me vio a mí o fingió no verme.

viernes, 17 de septiembre de 2010

LUNARES

Algunos lunares se le están duplicando. Junto a alguno, en un brazo, en un hombro o en el pecho, nace otro gemelo, algo menor, algo más pálido, como una sombra de lo que es ya en sí mismo una sombra en la piel. Tal proliferación, llevada a un extremo, piensa, significaría que la piel entera acabaría convertida en un enorme lunar. ¿Hacia dónde podría expandirse o duplicarse ese último lunar que cubriría entera la piel? ¿Hacia fuera del cuerpo? ¿O hacia dentro? ¿Empezarían a nacerle lunares por el interior de la piel, en toda mucosa interna, en cualquier órgano, hasta en los huesos, que, pasados algunos años después de su muerte, serán lo único que quede de él? ¿Huesos marcados por lunares dobles, triples, múltiples? ¿O huesos ya definitivamente negros, como carbonizados, aunque no hayan pasado por un fuego distinto al de la muerte? Y el alma, si la hubiera, ¿quedaría también manchada de lunares? Y entonces, ¿no serían los lunares lo último que quedaría de él, como marcas de nacimiento que quisieron prolongarse más allá de la muerte?

*

Pero hay más, ¿verdad? Porque al final los huesos tampoco resisten, se van desmenuzando, y más tarde pulverizando, hasta que no queda más que un saquito de polvo que no se hubiera tardado tanto tiempo en lograr si el cuerpo hubiera sido incinerado nada más morir. De unos huesos cubiertos enteramente por lunares, entonces, ¿resultaría un polvo negro? ¿Algo parecido a la pimienta molida es todo lo que quedaría de su paso por el mundo?

PREGUNTAS PARA UN INSOMNE

¿Vas a intentar dormir? ¿No sabes que todo seguirá igual cuando te despiertes? ¿Confías en que después de un sueño profundo, si consigues conciliarlo, amanecerás transformado de algún modo? ¿Y de qué querrías desprenderte? ¿O qué querrías ganar? ¿Acaso estarías dispuesto a sacrificar algo para obtener algo? ¿Podrías, en cualquier caso, reconocer al despertar que ya no eres el mismo y actuar en consecuencia, es decir, no engañarte más, desnudarte, ser capaz de atravesar los días sin una pizca de autocompasión? ¿Es eso, el desencanto contigo mismo, lo que querrías disolver en el sueño? ¿O, más bien, se trata de la propia imagen que te has hecho de ti, sea la que sea, el retrato interior que se interpone siempre entre el rostro de otro y tu cuerpo, los rasgos distorsionados que gesticulan desde dentro de ti cuando hablas con otros y que te impiden escucharte a ti mismo y escuchar a los demás? ¿Es eso lo que quisieras que quedara abismado en el sueño, en algún sueño de abismos ilimitados en los que caería sin fin, más como una piel gastada que como un cuerpo desplomado, la sombra que no te permite ser quien eres, si acaso eres alguien? ¿Y crees que, aun si lograras dormir, si luego pudieras soñar, y además hacerlo con ese abismo, permanecería cayendo para siempre como un lastre en ese sueño y no volvería a incorporarse a ti en cuanto te despertaras?

martes, 14 de septiembre de 2010

LOS PASILLOS

Ya no hay ninguna transparencia en los pasillos. Todos son turbios, ajenos, tanto si están abarrotados de objetos tirados por el suelo como si están impecablemente despejados o, en todo caso, decorados con uno o dos dibujos minimalistas. Y son turbios, sin duda, porque los recorres con la mirada nublada, y porque al final de ellos se encuentran los aseos en los que vomitarás o defecarás sudoroso, repantigado a veces en un sucio bidé, o en los que, tambaleante, grotesco, te darás una ducha tras la cual casi siempre terminarás mirándote en el espejo para encontrarte más delgado que nunca, cadavérico, estrecho de hombros, con la piel llena de manchas y la mirada apagada, una pura piltrafa por la que ni tú mismo moverías un dedo. Y, en estas condiciones, que alguien te espere de vuelta al otro lado del pasillo, desnudo en el sofá cama que ocupa medio salón, por ejemplo, que alguien esté dispuesto todavía a abrazar tu cuerpo o a acariciarlo sin ningún interés mercenario de por medio, incluso con una cierta pasión, que alguien, extrañamente, sienta algún tipo de atracción o de afecto todavía por ti… se explica quizá por la misma razón que te obliga a atravesar el pasillo cada media hora para acabar en el baño: las turbulencias de la noche, compartidas, revelan en ti tal vez un brillo que tú mismo no ves, pues en el fondo no existe, y si no un brillo al menos algún tipo de calor o de aroma o de sosiego que a alguien le basta, al parecer, para sentirse a gusto contigo durante un rato. Acaso no deberías preguntarte por qué, pero lo cierto es que ocurre y que no deja de intrigarte. Lo sabes desde hace tiempo: son turbios ya casi siempre los pasillos que comunican una soledad con otra. Y el intercambio o la compañía o la presencia o el abrazo, o como quiera llamarse a esos encuentros en pozos que la noche contiene para quienes no han querido o podido salvarse, son siempre fugaces y eternos a la vez, duran apenas unas horas y se desvanecen para siempre o duran para siempre y se desvanecen al cabo de unas horas. Turbios son los encuentros. Turbios son ahora los pasillos que hace tiempo te parecían transparentes. Pero si alguna luz extraviada reverbera, apenas visible, allá en el fondo, procuras, aunque sea difícil, guardarla intacta en tu corazón.

viernes, 10 de septiembre de 2010

HIPNOSIS

Nunca hasta hoy había sido hipnotizado, aunque es cierto que con frecuencia me había quedado contemplando abstraído a otros seres que, voluntaria o involuntariamente, habían captado mi atención. Sin embargo, diría que esos momentos de abstraída contemplación no habían implicado nunca el desvanecimiento de capas enteras de la conciencia ni, mucho menos, el abandono del cuerpo a su propia inercia. Estos dos efectos de lo que, tal vez sin demasiado rigor científico, doy en llamar hipnosis, o de algo en todo caso cercano a lo que vulgarmente se llama trance, los he sentido hoy por primera vez. Es posible que hasta ahora haya estado llevando una vida común, sin sobresaltos ni extravagancias, que no ha sido otra cosa sino una sucesión anodina de movimientos cotidianos efectuados con la misma dejadez y el mismo derrotismo con que se dejan mover las marionetas por parte de quienes tiran de sus hilos. Así que el hecho de que hoy, de pronto, sin que lo haya buscado o esperado en absoluto, haya sentido por primera vez en mi vida otra dimensión del tiempo, una especie de agujero negro (o de patada de luz) abierto en mi conciencia, me ha hecho decidirme a cambiar de vida, a abandonar todos los hábitos, las manías, las amistades, las mascotas, las obsesiones y los entretenimientos que hasta ahora me habían acompañado. No sé si el resultado de esta decisión será una vida nueva o un puro desastre que me arroje de nuevo a la vulgaridad, pero en cualquier caso no voy a dar marcha atrás. Lo paradójico es que todo se lo deba a una mosca. Ha sido ella la que me ha hipnotizado hoy. Quién lo iba a decir. Claro que no lo ha hecho a propósito, pero, como suele decirse, tanto ella como yo estábamos en el lugar apropiado en el momento justo (¿o se dice al revés?). En cuanto a mí, estaba terminando mi almuerzo en el restaurante al que voy todos los días menos los domingos, día de descanso del restaurante en que me veo obligado a comer en otro. La mosca, en cambio, me parece que todavía no había comido. (Luego diré por qué.) Casi nunca pido helado de postre, pues me han dicho que la fruta es más sana, pero a veces soy caprichoso y hoy me acababa de comer un corneto de vainilla y chocolate. La tapa de cartón y el envoltorio estaban en el plato, que la camarera no había retirado todavía. Me esmeraba en escuchar la conversación que en la mesa de al lado mantenían dos señores en torno a una isla que dentro de un tiempo provocará supuestamente un gigantesco tsunami al partirse por la mitad. Entonces vi la mosca. Se había posado en la tapita de cartón del corneto y estaba ya chupando con su trompa los restos de helado de vainilla y chocolate que allí había. Era una mosca común, con sus seis patas finísimas, las alas delicadas, casi transparentes, los enormes ojos, el abdomen coqueto y, sobre todo, la trompa que revelaba un hambre compulsiva. La verdad es que no dejaba de tragar. A veces introducía la trompa en el helado y se quedaba unos segundos succionándolo con deleite (con algo más de deleite, creo, la parte de vainilla que la de chocolate). Al principio no pensé que aquella mosca fuera a hipnotizarme, pero poco a poco me fui dando cuenta de que entre ella y yo se estaba trazando no sé qué desconocida pasarela, no como si ella respondiera a mi mirada con la suya, sino como si su concentración en el helado, su frágil presencia en medio del trajín y el vocerío, sus extraños pasos torpes sobre la tapita de cartón, como si resbalara por aquella superficie o como si se le pegaran las puntas de las patas porque parte del helado se hubiera ya secado, estuvieran ocurriendo no exactamente fuera de mí ni tampoco, claro, dentro de mí, sino en algún espacio intermedio. No quiero que piensen que estoy loco. Me gustaría encontrar las palabras adecuadas para decir lo que sentí: o bien yo estaba en cierto modo ya un poco fuera de mí, desposeído en parte de mí mismo, o bien aquella mosca no estaba simplemente zampándose un helado en algún lugar cualquiera del mundo exterior a mí. He vuelto a liarme, me temo. En cualquier caso, lo cierto es que centímetro a centímetro debí de ir inclinándome hacia adelante, pues de pronto me encontré con la cara bastante cerca de la mosca y con el cuerpo un poco ladeado. Los señores de la mesa de al lado me miraban perplejos. La camarera no se atrevía a retirar el plato. La mosca seguía allí a lo suyo. Sentí que despertaba de un sueño profundo en el que había soñado la misma realidad que había estado percibiendo. Seguía sabiendo quién era y seguía sin saber para qué estaba en el mundo, pero dos cosas habían cambiado gracias a aquella mosca (a la que luego espanté, pues ya me incomodaba): no estaba dispuesto a seguir siendo quien era y tampoco lo estaba a seguir sin saber para qué estaba en el mundo.

PUNTA DE LA RASCA

Para Régulo Hernández

No sabe bien si va buscando algo.

Alguien con quien habló no hace mucho (y con quien no volvió a hablar) dijo haber venido una vez aquí a fotografiar pájaros.

Un amigo escribió o pintó hace tiempo estos paisajes, pero no recuerda, aunque le gustaría, ni los textos ni los dibujos.

Deja el coche en una de las calles del pueblo que limita con los descampados. Tras el bordillo de la acera empieza ya directamente la tierra. Toma uno de los senderos que parecen llevar a la costa.

Se vuelve hacia atrás una y otra vez. Imagina que alguien puede haberlo visto adentrarse hacia donde no hay nadie e ir detrás de él. Las casas van quedando cada vez más lejos.

El prestigio que envolvía este lugar se va desvaneciendo. La cercanía del pueblo ha convertido buena parte del malpaís en algo parecido a un vertedero.

Aunque apenas vivirán un par de miles de personas en la localidad, de reciente creación, la fama de violencia no ha hecho sino crecer con los años: asesinatos, violaciones, reyertas, narcotráfico, y casi siempre todo ello combinado. Cada vez que se vuelve a mirar hacia atrás, de aquellas casas mal construidas se desprende como un vapor o un tufo parecido al de un cuerpo lejano en descomposición.

Avanza a pesar del temor de encontrarse con algún paseante indeseado, alguien armado con una navaja, por ejemplo.

El camino se cruza con una carretera de tierra por la que hace poco debió de pasar algún vehículo, pues queda polvo suspendido en el aire.

Ninguno de los restos de objetos que se va encontrando tiene utilidad alguna. Servirían acaso como pistas de un crimen, pero de momento no hay crimen.

Tampoco hay pájaros para fotografiar, salvo las habituales gaviotas, que a veces ni siquiera parecen pájaros.

Definitivamente, no va buscando nada. Responde con sus pasos al hastío de la tarde, a un par de horas del verano en las que no ha encontrado nada mejor que hacer.

En algún momento nota que se va acercando a la costa. El paisaje ha ido limpiándose. Piedras negras y alucinados arbustos son el último bastión de la isla contra el mar.

Va haciendo equilibrios por un estrecho promontorio de roca hasta llegar a una punta desnuda desde la que, si no fuera por el vértigo, bastaría estirar un poco la mano para tocar el mar.

Se dice que está en ese momento exacto en el extremo sur de la isla. Recuerda otros confines. Aunque quisiera evitarla, la emoción, parecida a un ligero trastorno intensificado por el viento y por el oleaje, hace que desee quedarse en ese sitio un buen rato.

Finalmente, decide regresar. Por el camino encuentra uno de esos paneles que señalan la protección de un paisaje natural. Los oligarcas de turno, irresponsables caciques de nuestra república bananera e insular, camuflan con un proteccionismo de pacotilla sus insaciables intereses urbanísticos.

Maldice a alcaldes, empresarios de la construcción, presidentes y consejeros del gobierno autónomo y del cabildo insular, directores de banco, dueños de cadenas hoteleras, magistrados de tribunales regionales, concejales, directores de periódicos. Todos aliados para dejar desprotegido este paisaje protegido con el fin de que un día, muy pronto, toda esta costa, como tantas otras en las islas, pueda ser recorrida por un paseo marítimo bordeado de centros comerciales y modernos apartamentos frente a un vistoso puerto deportivo.

Después de maldecirlos, regresa adonde había dejado el coche, que sigue intacto. Arranca, atraviesa el pueblo y llega a la carretera general. La tarde ha sido apacible. Por un lado se alegra y por otro siente lástima de alejarse de aquí. Empieza a anochecer.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

COINCIDENCIA

Cruzas despreocupadamente la gran ciudad, o al menos una de sus más céntricas y populosas avenidas, a media tarde, junto a los bajos desolados de un edificio monstruoso. (Alelado, un guardia de seguridad custodia lo que parece el estómago de un inmenso pajarraco posado, petrificado desde hace años: se limita a leer el periódico junto al detector de metales; y hace bien.) El sol pega de pronto en los cristales sucios de los escaparates y de las puertas, como si rebotara después de haber estado dando saltos por la plaza aledaña, y por un instante la luz acrecentada te hace ralentizar el ritmo de los pasos, sin que te hayas sentido deslumbrado o cegado: simplemente te adaptas, de un modo inconsciente, a la nueva cadencia de la tarde, al sol sobrevenido, a través de la plaza y los cristales, hasta la avenida por la que caminas. Pero no es solo un cambio de ritmo lo que sientes. Por alguna extraña razón, ese instante coincide también con un movimiento interior: algo así como si cavaras en tu corazón, como si abrieras una zanja por la que pudiera discurrir la pregunta que te haces y que tiene que ver con la sinceridad contigo mismo. No es que pienses en modo alguno que te engañas, sino que a veces has llegado a sentir que en determinadas situaciones o contextos actúas como si no fueras tú, como si fuera otro quien en ese momento lleva las riendas de tu vida, tal vez porque tú te retraes debido a la timidez, o porque desde tiempo inmemorial has aprendido a ponerte una máscara protectora, o porque quedas paralizado o estremecido ante ciertas combinaciones de hechos o de personas. Compruebas, sorprendido, que el instante en que el sol, como un arroyo que se desborda, se desliza hasta ti y en cierto modo te empapa —y es, en efecto, un instante que no dura—, coincide con esa exigencia en forma de pregunta, la exigencia de ser más transparente o al menos todo lo transparente que puedas ser en cualquier situación. Sería fácil que dijeras entonces que la luz exterior reclama o convoca a la luz interior. Bastantes tonterías de este tipo has dicho ya otras veces. Es algo más simple: no una revelación, ni una llamada, sino una coincidencia o una conjunción, mientras vas caminando, despreocupado, por la gran avenida hacia la parada de la guagua.

martes, 7 de septiembre de 2010

HABLA UN LAVABO

Permítanme que me presente. Soy un simple lavabo. La gente no se detiene mucho tiempo frente a mí. Nada que tenga verdadera importancia en su vida tiene lugar en mi presencia. Se lavan las manos. Se lavan la cara. Se cepillan los dientes. Se enjuagan la boca. Y poco más, por lo general. Suelo estar situado entre el inodoro y la ducha, otros dos lugares de escasa importancia en la vida de la gente. No soy, desde luego, tan escatológico como el primero ni puedo casi nunca llegar a ser tan provocativo o sensual como la segunda. Soy mucho más anodino que cualquiera de los dos. No me están reservados ningún lustre simbólico, ninguna función trascendental, ningún prestigio erótico como a las mesas, las sillas o las camas. Soy duro, estático, frío. Me limpian cuando estoy sucio porque mi única función es que la gente pueda limpiarse en mí determinadas partes superiores del cuerpo. Digo que en mí, pero no es exactamente así. No soy ni siquiera un bidé, ese privilegiado voyeur de las partes más íntimas. Mi auténtica finalidad es proporcionar un pequeño receptáculo en que quepan las manos que van a recibir el agua y el jabón y garantizar que ambos, unidos a la suciedad desprendida de esas terminaciones pseudotentaculares de las extremidades superiores, irán cayendo por una tubería que tiene en mí su comienzo. Alguna vez me llenan de agua y de jabón colocando un tapón que les impida escaparse de mí para poder luego restregarse la cara abundantemente con ambos, o bien para lavar (y esto ocurre sobre todo cuando formo parte del mobiliario de una habitación de hostal) prendas de ropa necesariamente pequeñas, como es, por ejemplo, el caso de la ropa íntima. Estos últimos usos no dejan de emocionarme. Me distraen de la rutina del agua que no para de caer a través de mí desde el grifo hasta el comienzo de la tubería, y la temperatura habitualmene cálida del agua que en esas ocasiones retengo disminuye un poco mi frialdad constitutiva. Mi compañero habitual es un espejo que suele estar colgado en la pared por encima de mí. Su compañía me abruma, pues su prestigio es tan inmenso como su arrogancia. Tiene fama de ser capaz de desdoblar los cuerpos, las caras, cualquier objeto, todo lo que se le ponga por delante. Y esa fama él la ha convertido en la vana altivez de pensar que sus falsas imágenes reproducen fielmente la realidad. Lo más triste es que la gente, nuestros dueños, los habitantes de los hogares que entre todos formamos, creen también que el espejo les muestra la verdad. Pasan horas delante de él, a veces con las manos apoyadas en mí (manos que a veces ni siquiera se han lavado), peinándose, retocándose, afeitándose, ensayando muecas o simplemente recreándose en su propia imagen. No se les ocurre pensar que en el fondo nunca se verán de verdad a sí mismos. No sé qué más les puedo contar de mi vida. Además de acompañarme del inevitable espejo, mis posesores suelen también adornar la especie de repisa que está a ambos lados del grifo del agua con jabones, cepillos eléctricos de dientes, perfumes, otros productos cosméticos o hasta pececitos de cristal sin ningún uso concreto. La verdad es que preferiría no soportar esa clase de compañía, a pesar de que, como les decía al principio, paso la mayor parte del tiempo sin recibir visitas. Lo único que aporta un poco de alegría a mi vida anodina es pensar que mis más antiguos parientes son los ríos y los lagos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PLAYA SAN JUAN

Pensando en un verano de hace dos o tres años, concretamente en un paseo nocturno, después de cenar, por Playa San Juan, acaba de ocurrírseme, pero como un chispazo, la idea de que tal vez haya un vínculo mucho más sólido que el que el sentido común pueda indicar entre aquel momento y el actual, entre esta soledad y aquella, como si algo no alcanzado entonces, un paso no dado, una flor no aspirada en aquellas jardineras, una ola no escuchada con suficiente atención en su ronco retroceso tras dejase caer contra las rocas de la costa, allá abajo, oscuras en la noche; como si algo que hubiera quedado suspendido entonces igual que la invisible maresía a la altura del rostro al borde del acantilado estuviera actuando aquí ahora mismo, con una intensidad variable, no tanto relacionada con la mayor o menor conciencia del recuerdo de aquella noche sino más bien con extraños flujos de energía que, como larvas por debajo de la piel, actuaran bajo otra piel, la del deseo, en el foso de todo lo desechado, en el gran vertedero de nuestra memoria. Larvas de quienes fuimos y de quienes no fuimos, de aquellos en quienes pensamos y de aquellos en quienes no pensamos, de aquello que hicimos y de aquello que no hicimos.

Si fuera solo aquel paseo que di por Playa San Juan y que más o menos recuerdo, sería fácil trazar una línea entre entonces y hoy y preguntarme qué fuerzas se trasvasan de un lugar a otro, de aquella noche a esta tarde. Pero son muchos los momentos extintos que lanzan sus chispas desde el oscuro país en que sus cuerpos quedaron congelados. De qué serviría nombrarlos, y no tanto los momentos, que no tienen nombre, sino los lugares en que transcurrieron, si esos lugares fueron muchas veces sede de momentos diversos, en épocas dispares, en soledad o en compañía; es más, si esos nombres solo para mí son capaces de evocar el momento especial que contuvieron, si para cualquier otro son cáscaras vacías. Nombres como Ojos de Garza, como la Playa del Cabrón, como Llanes o como la Caleta de Adeje, dichos así tal y como me vienen ahora a la mente, en desorden y, en cambio, sin confundirse unos con otros, separados el almuerzo junto al mar y la visión de las casas casi montadas sobre la arena de Ojos de Garza del único baño solitario en las aguas límpidas de la Playa del Cabrón, separadas las sonrisas ya desdibujadas en un promontorio de Llanes de las varias excursiones hasta la Caleta de Adeje bajo el sol más abrasador del verano en la isla. Podría seguir, pero de qué serviría.

Tal vez estos domingos que uno dedica a quedarse encerrado en casa, sin ganas de salir por falta de alicientes, después de saturarse la mente de lecturas, de inmovilidad, de voces de vecinos en el patio, de nada digno de recuerdo, conllevan justamente estos desplazamientos de la memoria, estas derivas incontrolables de un lugar a otro, esta sensación de vasos comunicantes alojados en nuestro interior. Tal vez es aquella plena libertad, aun en el marco delimitado de la isla, que en esos momentos parece no existir, la libertad de ir conduciendo por la noche en dirección a Playa San Juan, la terraza junto al mar en la que me recuerdo cenando pescado, papas arrugadas y vino blanco, la brisa llena de rumores, los jóvenes que pasan en grupo, morenos, alegres, veraniegos, y luego el paseo por la nueva escollera, el bramido del mar, la noche que no tiene fin; tal vez son todos esos elementos de un pequeño mundo encapsulado en la memoria, un mundo en el que estoy plenamente vivo acaso solo porque así me recuerdo, los que han desencadenado hace un rato la idea de que hay, como decía, un vínculo sólido y extraño entre la plenitud de aquel momento y el vacío de este.

sábado, 4 de septiembre de 2010

DESPEDIDA

No hay mayor delicia que tenerte suavemente sujeto por la cintura mientras nos despedimos junto a la escalera del metro después de haber tomado unas coronitas hablando de gatos o de cine durante un par de horas. Al fondo de estas calles, ¿sabes?, más allá de donde la mirada puede ahora llegar, está la imposibilidad de la vida, el futuro que no nos espera. El sabor de la cerveza, mezclado al del limón, deja en la boca un regusto a la vez agrio y amargo. Pasaba mucha gente a nuestro lado, por detrás de nosotros, por delante, en todas direcciones, en aquella estación céntrica del metro, tan lejana ya, en la que unos instantes bastaron para contradecir la turbia ferocidad con que parece arrastrarnos el tiempo. Nada nos importaba salvo sentir nuestros labios entreabiertos a unos centímetros de distancia, a punto de rozarse, ¿o eran más importantes los dedos que apresaban sin fuerza las caderas, como si quisieran y al mismo tiempo no quisieran retenerlas? Las escaleras mecánicas, que nunca dejan de bajar o subir, de traer y de llevarse gente, no eran para nosotros ninguna invitación a nada, sino algo parecido a una amenaza, a unas fauces metálicas, chirriantes, por las que de pronto uno de los dos cuerpos podría desaparecer como absorbido hacia el exterior de aquel momento intacto. Cualquier palabra que dijéramos podría ser la última. Y eso mismo pensé cuando salí a la calle, ya solo, y no encontraba a un lado y a otro sino pasadizos que a ningún sitio llevaban, inhóspitos, por los que fluctuaban, como recién desenterrados, cuerpos sin verdadera vida, fantasmales en comparación con el tuyo, no solo tocado y sentido y casi, podría decir, profundamente inhalado por el mío, sino incluso aún más auténtico en la ausencia, como si desde que nos dimos la vuelta allí en el metro no hubiéramos hecho sino entrar un poco más adentro uno en el otro. Todo, sin embargo, acaba por perderse, aunque parezca retenido en la más sólida red. Pues al fondo, si miras bien, de estas calles que cruzo ya a altas horas de la noche no espera otro destino más que la disolución, la posibilidad, desde siempre cancelada, de una fragancia que siembre entre los cuerpos la unión indisoluble. Así es, y así hemos de sentirlo y de aceptarlo. Ya sabes, es como la coronita: refresca y embriaga en las noches de verano pero deja en la boca un regusto a la vez agrio y amargo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

E. G.

Para Antonio Tejera Gaspar

No sé si a él aún lo acogerá la tierra, al hermano que queda, o será, cuando falte, depositado como tantos hoy en día en algún frío nicho de moderno cementerio. Ninguno de los hermanos tuvo que emigrar o, mejor dicho, ninguno dejó de llevar hasta el límite su resistencia a la adversidad, a la miseria, al desgaste de los años, a las sombras que se iban acumulando a su alrededor. Todos permanecieron en la tierra seca que los vio nacer, reproducirse, envejecer y morir. Tierra del nacimiento y de la muerte, nunca abandonada, ni siquiera en los peores años de hambruna, de sequía, de opresión. Aunque la vida le otorgó a cada uno de los hermanos un destino distinto, permanecieron siempre unidos hasta que fueron siendo llamados, casi en el orden en que habían nacido, a abandonar este mundo. Ninguno de ellos murió joven. Ninguno permaneció soltero. Ninguno dejó de tener hijos, pero tampoco ninguno tuvo tantos hijos como los siete que había tenido su madre. Los tiempos no eran propicios para alimentar muchas bocas. O las mujeres habían perdido buena parte de su fertilidad, como la tierra. Él, el hermano que queda, andaba renqueante la última vez que lo vi, hace ya años, con las piernas arqueadas y frágiles de quien tuvo que recorrer durante años caminos de piedra para llegar a terrenos donde trabajaba a destajo. Su cintura doblada no podía ya casi sostener su espalda, sus hombros, su cabeza. Había enviudado. Debe de vivir ahora con alguna de sus hijas. Se sentará, imagino, por las tardes, en una humilde silla colocada a la entrada de la casa. Habrá escuchado hipnotizado, este verano, el sonido de las olas que chocan contra el espigón. O habrá ido a reunirse, si aún puede caminar, con algún conocido de su edad en la plaza. Qué puede esperar quien se ha convertido en el hermano que queda. Con él se cerrará el círculo, será definitivamente arrasada la prole abundante que alguna vez jugó junto a corrales y eras, con cabras y conejos, bajo el sol implacable del sur, en un pequeño pueblo de cuyo nombre no quiero dejar de acordarme: El Río de Arico. No sé si a él aún lo acogerá la tierra, el día que falte, esa tierra que él nunca abandonó.