jueves, 26 de agosto de 2010

LA AMIGA

Se sienta en el borde de la cama porque, aun inconscientemente, no quisiera borrar las huellas que otros han dejado sobre las sábanas. O porque es esa la posición en que menos parece ocupar su cuerpo, frente a la insolencia de quienes permanecen todo el tiempo de pie, la desfachatez de quienes se acuestan nada más llegar o la pereza de los que se sientan en sillas o sofás como para pasar allí toda la tarde. Así pues, en esa posición que parece en todo momento dispuesta a transformarse en otra, preparada para el salto hacia delante, para la caída hacia detrás o incluso para el derrumbe hasta el suelo, en esa posición insegura y discreta, permanece durante los pocos minutos en que hablamos justo después del amanecer. El calor de la noche no nos ha dejado apenas dormir, yo en mi cuarto y ella en el de los invitados, y en cambio la mañana parece despejada en la mente (¿o debiera decir que la mente parece despejada en la mañana?), como si el calor hubiera conseguido lo que ni siquiera el sueño más profundo logra: la sensación de un frescor de la mente en la delgada luz con que comienza el día. Mientras yo preparo, un poco más tarde, el desayuno, o mientras pienso en que debería empezar a prepararlo, ya ella se ha duchado y se ha vestido de ese modo al mismo tiempo tan impersonal y tan suyo, como si la vestimenta fuera el doble exacto de la desnudez para unos ojos capaces de ver más allá de la apariencia. El equipaje que ha traído es escaso, pero los viajes en los que anda inmersa son de larga distancia. Quedan, después de marcharse, las voces fantasmagóricas que salen de las ventanas iluminadas, voces mezcladas de los varios televisores y a su vez entretejidas con las voces reales de los vecinos desvelados, que ella parecía anoche hilar dentro de sí para crear con ellas un extraño dibujo, su salida al balcón, esta mañana, donde colgó la toalla con la que se había secado, la presencia apacible de su mirada ya ausente, y sobre todo esa delicadeza tan poco frecuente que es siempre un regalo para quienes tenemos la suerte de ser sus amigos.

sábado, 21 de agosto de 2010

EL TABLERO

Como un cuaderno de mediciones topográficas, siempre abierto en razón de la constante necesidad de medir los diferentes terrenos con que vamos encontrando: así el cuaderno de escritura, del que las simples notas, los apuntes, los trazos, las medidas, los bosquejos y las cifras pasarán algún día, ojalá, a un territorio más amplio, quizá igual de ordenado, limpio y transparente como el enorme tablero verde en el que mi padre, cuando «aún se hacía todo a mano», es decir, cuando aún no existían los programas de ordenador que luego tanto le facilitarían el trabajo, trasladaba los resultados de sus mediciones, de todo aquello que traía de allá, de su enigmático trabajo a pie de obra, en los solares, en terrenos baldíos que iban a ser urbanizados, en fincas como aquella a la que una vez me llevó y en la que le ayudé a medir —o más bien, supongo, me hizo sentir que le ayudaba a medir—, un terreno en las medianías del norte de la isla, rodeado de zarzas y sobre el que pasaban, recuerdo, chillando, unos pájaros, acaso golondrinas, a media tarde, con el mar no demasiado lejos para la mirada, allá abajo, y la autopista que nos conduciría de vuelta a casa un poco más arriba. Aquel tablero verde ocupó luego durante muchos años el salón de un piso acondicionado a modo de estudio. Lo recuerdo siempre cubierto por papeles vegetales, transparentes, en los que múltiples líneas trazaban figuras que representaban edificios, calles, habitaciones, muebles. Luego, como decía, dejó de usarse, pero siguió allí, en aquel piso que acabó por venderse. Si no me equivoco, mi padre aún lo conserva, acaso como un recuerdo de todas aquellas tardes que destinó a acudir a las obras de urbanizaciones del norte, de los trabajos extra con los que completó, durante años, su salario oficial, de los miles de kilómetros recorridos en idas y venidas, de las largas supervisiones de obras, de los cálculos hasta altas horas de la noche, del desgaste continuo del cuerpo frente a la imperturbable honestidad del espíritu. Y se conserva, pienso, un tablero así porque uno se lo ha ganado día a día a lo largo de la vida, con el propio sudor, por amor de los suyos.

viernes, 20 de agosto de 2010

APRENDIZ DE DURMIENTE

Para quien no pasa de ser, o ha vuelto a ser, un aprendiz de durmiente, sobre todo ahora que estoy aprovechando el verano para intentar dormir sin ayuda de somníferos, hay noches, como esta que acaba de pasar, que se viven como ambiguos campos de batalla, noches en las que, aun habiendo cerrado el libro hacia las cuatro de la mañana con la intención de dormir, sobre las siete miro el reloj con la impresión de haber descansado profundamente pero seguro de que aún no he dormido nada; noches en las que pequeños monstruos amenazan con garabatear en mi piel con sus antenas y sus patas todo tipo de señales tenebrosas, o en las que esos mismos monstruos se me introducen de pronto en la boca como si fuera verdad que estamos condenados a acabar en este planeta comiendo los más repugnantes insectos. Los muelles del colchón, que parecen multiplicarse a medida que pasa la noche, se clavan en la frente o en las sienes, que adoptan, desesperadas, todas las posiciones posibles en busca de alguna que les ahorre la escucha de los latidos del corazón —latidos que, mezclados a los crujidos de los muelles, parecen provenir de algún corazón oculto en el interior del colchón. Rescato, para enseguida volver a desecharlas, las dos grandes almohadas: me abrazo a ellas, o las coloco contra la pared a modo de protección, o apoyo la cabeza en una de ellas, boca arriba, en una posición en la que sé que soy incapaz de dormir pero que me permite, o eso creo, meditar un poco sobre lo que está ocurriendo. Me tapo y me destapo con las sábanas, pues tengo frío y a continuación enseguida calor, o me tapo solo los pies y al rato me cubro hasta el cuello. Enciendo y apago compulsivamente el ventilador del techo. Imágenes de procedencia extraña, a medias oníricas, a medias alucinatorias y a medias conscientes, se suceden durante horas y acaban condensadas en un sudor espeso sobre la frente, bajo el cuello, entre las ingles. Y, como casi siempre ocurre, en algún momento indefinido de la noche, ocurre el milagro: la ardua rendición de la vigilia. Entonces, cuando me despierto, son ya las once de la mañana y apenas recuerdo ya nada.

jueves, 19 de agosto de 2010

UN SANTIAMÉN

Crepita, con el fragor al fondo de los truenos lejanos, el repiqueteo del agua contra las jardineras: gotas que no se sabe bien si aumentan o decrecen (si la lluvia arrecia o amaina, como podría igualmente decirse), y en esa crepitación sin fuego, apenas un cosquilleo para los oídos en el atardecer de un día de verano que ardió por la mañana y ahora se ha derretido entero en una tarde de otoño, lo que se oye es acaso más que lo que suena, un viento de memorias vanas que sopla sin mucho convencimiento más allá de esta tarde, una fricción de luces con sus propias sombras, de sombras sin luces que las hayan engendrado, una boca entreabierta por la que palabras apenas susurradas parecen escucharse en lo que podría llamarse un santiamén (un abrir y cerrar de ojos, iba a decir, pero no es aquí la mirada la que se abre o se cierra, sino algo más cercano al oído, e incluso tal vez al olfato); lo que se oye en esta vaharada de frescor repentino, después de la mañana ardiente, es parecido al silbo que atraviesa unas ramas mientras descansamos de un viaje a través de una antigua carretera sinuosa, en el sur, bajo una higuera quizás, al borde de un bancal derruido, sin compañeros de viaje si no es tan solo acaso un único amigo ocasional, cuando de pronto desciende de las nubes arriba arracimadas, en las nacientes de los barrancos, un temblor desconocido, algo más intenso que una brisa de otoño, el soplo que silba a través de las ramas, y que llega a nosotros, hasta el pie de la higuera, para refrescarnos y hacer que, fugazmente, sonriamos. La puerta que da al balcón, abierta, deja pasar un hilo de aire suave de tormenta lejana, cruza el salón por detrás de mi espalda (¿de qué puede servir estar ahora escribiendo de espaldas a esa brisa que pasa, a no ser que sea justamente darle aquí la espalda entregarle el resto del cuerpo, de los poros abiertos del cuerpo en la escritura?), se enreda acaso brevemente en las dos habitaciones que encuentra a su paso, y sale finalmente por la abertura enrejada sobre la puerta de entrada. Y es ese viaje breve de la brisa a través de la casa el que trae de pronto el temblor casi olvidado de una escena perdida entre tantas y tantas otras memorias vanas.

miércoles, 18 de agosto de 2010

INTERVALO

Para Goretti Ramírez, en señal de bienvenida

Intervalo entre abismo y abismo: como si a veces reflotara el cuerpo que se ahoga y pudiera así aspirar un poco de aire tal vez únicamente para volver a hundirse. El ruido del ventilador del techo, al principio casi inaudible y luego ya del todo incorporado al espeso silencio de la habitación. La cama arrimada a la pared, como un cuerpo suave y flexible sobre el que me tumbo para descansar. El agua de colonia que refresca la piel bajo el aire propulsado por el ventilador del techo. La comida que preparo para que dure unos días, algo sencillo como un gazpacho o unas lentejas, pero que requiere haber bajado hace un rato a comprar los productos, disponerlos en orden sobre el poyo, limpiarlos y cortarlos, una cierta atención, un cierto ánimo, y proporciona a cambio una especie de calma, como un intervalo entre abismos. La tarde de lectura indolente, sin ganas de vestirme para salir, parcialmente engañado el calor por la casi total desnudez del cuerpo dentro de la casa, por el aire que genera el ventilador del techo, por el agua de colonia, engañada la desgana por la preparación de un par de platos sencillos, engañado el abismo precedente por una calma sin ánimo, conjurado el abismo futuro por la intención de prolongar esta misma calma. Avanzar así de la cocina a la cama, a través del pasillo, y viceversa, con visitas periódicas al baño, pues no puede engañarse del todo al calor, y el cuerpo va deshidratándose, exigiendo constantemente agua que el propio cuerpo expulsa cuando ya no la necesita. Tarde de aparente existencia entre la inexistencia de un abismo y la inexistencia de otro, o tarde de inexistencia revelada por las existencias aparentes que la precedieron y la sucedieron. Es difícil saber a qué atenerse. Si atenerse a esta calma aunque su voz sea tan débil que apenas sirva para mantener el cuerpo en pie, o atenerse al estruendo abismal en que el cuerpo se ha agitado delirante entre espasmos. Mientras tanto, el sonido apagado del ventilador del techo parece haber reducido, absorbiéndolo, el alboroto de estos últimos días. Bajo él se tiende el cuerpo en un silencio que desearía preñado de algo más que el silencio. Un silencio de vida, como el de sábanas frotadas por cuerpos en lenta cadencia de abrazos incansables. Algo así, apacible, tierno, descansado, pero vivo.

lunes, 16 de agosto de 2010

GALLINAS DE EL REVENTÓN

Después de recorrer las huertas aledañas a la casa, en la tarde ilimitada de nubes bajas, espesas, amenazadoras, subíamos a visitar a la vecina que criaba gallinas. Con un poco de miedo entrábamos en un amplio sótano o garaje. Allí la vista, el oído y el olfato se aliaban en una impresión única, instantánea pero perdurable: en ella un universo cerrado de animales vivos adensaba el aire con su olor penetrante y con su insistente cacareo. Las gallinas estaban encerradas en jaulas de alambre, no recuerdo si individuales o colectivas, amontonadas en filas verticales a un lado y a otro de los varios pasillos. El olor no era rancio, ni hediondo, pero tampoco agradable. El estruendo que armaban todos aquellos animales juntos --gallinas sin machos, puestas allí para poner sus huevos, supongo, una vez fecundadas-- era como un concierto sin principio ni fin, sin partitura ni orquesta, sin director ni público, a condición de exceptuar a los ocasionales visitantes que, como nosotros entonces, entrábamos acompañados por la dueña por mera curiosidad infantil.

La casa que a continuación nos acogía --poco podíamos disfrutar en las huertas, pues no nos estaba permitido en ellas jugar con los árboles frutales o con las verduras intocables que cubrían los sembrados--, la casa de nuestros tíos en El Reventón, era un cubo de cemento de dos plantas dividido por dentro en habitaciones. Aparte del salón, que daba a las huertas, recuerdo un cuarto apacible, interior, en el que alguna vez me acosté a dormir la siesta. Lejos de las conversaciones, de las preguntas a veces hoscas, hurgantes, de mi tío o de mi tía, con la puerta cerrada, miraba antes de adormecerme las paredes descascarilladas por la humedad, desprovistas de adornos, el armario sin prendas, aquel espacio destinado a invitados que nunca existieron, que mis ariscos tíos, sin hijos, habían acondicionado sobriamente por si alguna noche improbable se quedaba con ellos a dormir alguna de sus sobrinas o alguno de los hijos de sus sobrinas. Y por muy inhóspita que fuera aquella habitación, acunado por el tintineo de las cucharillas de café contra las tazas, por las voces lejanas de mi madre que mantenía la conversación con mis tíos como una funambulista que se mantiene en el aire, yo acababa por dormirme, mientras acaso mi hermana jugaba en la terraza trasera junto al bernegal.

Aquella terraza era el espacio mágico de la casa. Y el ídolo en torno al cual se desplegaban los ritos, los juegos, las risotadas y las escondidas, era el viejo bernegal que destilaba el agua, gota a gota, como si a ello hubiera estado destinado desde el principio de los tiempos. Desde su joroba invertida cubierta de musgo caían, minuto tras minuto, en un ritmo lentísimo que era, sin embargo, la mejor garantía de infalibilidad, las gotas de agua destilada sobre un gran plato hondo siempre a medio llenar. Al otro lado de la terraza, y en contraste con el agua purísima del bernegal, se extendían varios estanques con plantas acuáticas. Allí nos quedábamos mirando sin comprender del todo las larvas de mosquitos, los renacuajos o las finas raíces de las plantas que flotaban.

Pasaron los años. Mis tíos murieron, sin dejar descendencia. Sus propiedades, incluida aquella casa, pasaron a un largo proceso de testamentaría en litigio que aún hoy no se ha resuelto. Hace tiempo que las huertas se desmantelaron, compradas por una multinacional que necesitaba aquellos terrenos para ampliar su fábrica de insípidas bebidas gaseosas. La casa, cerrada durante todos estos años, se ha ido, al parecer, dejando invadir por las malas hierbas, el polvo, la humedad. ¿Seguirá existiendo aquel bernegal? No estaba destinado, como creía yo entonces, a destilar agua para siempre. ¿Y los mosquitos que nacieron de aquellas larvas casi transparentes? ¿Y las ranas en que se transformaron los renacuajos que latían entre nuestros dedos? Tal vez, de todo aquello, queden solo las gallinas, encerradas aún en sus jaulas de alambre, las hijas de las hijas de las hijas de las que dejaron para siempre su olor en nosotros.

sábado, 14 de agosto de 2010

TURNER: UNA LECCIÓN

La décima plaga de Egipto, Joseph Mallord William Turner. Óleo sobre lienzo, 143.5 x 236.2 cm. 1813. Londres, Tate.

El pintor ha nacido para mirar el mundo. El mundo es todo lo que lo rodea. Lo que lo rodea ha sido antes mirado por otros. Estos otros, pintores de épocas pasadas, de latitudes diversas, han ofrecido el testimonio de una mirada que no ha sido nunca originaria, pero sí propia, personal, auténtica, una mirada a su vez atravesada por otras anteriores que la han configurado. Esta mirada, estas múltiples miradas sobre el mundo, son absorbidas por el pintor que, a lo largo de su dilatada carrera, dialoga con ellas y a su vez las rechaza, las admira para enseguida alejarse, no las olvida nunca por mucho que se distancie de ellas. El pintor parece avanzar siempre un poco más allá que sus antecesores. Donde hay calma y equilibrio él ofrece conflagración y tormenta, donde hay colores bien delineados él incorpora una mezcolanza de tonos y matices nunca antes lograda. Si, por ejemplo, Poussin le propone un paisaje tranquilo en el que dos o tres personajes descansan de un viaje, él traslada la escena a un atardecer abismado en el principio de un sueño en el que se abre un camino que invita a un largo viaje por la propia memoria. Las telas se suceden. El aprendizaje continúa. Pinta con una libertad cada vez mayor. Y, sin embargo, en el corazón de esa libertad sigue latiendo siempre la enseñanza de cada maestro, el apunte o la insinuación captados desde el centro de la propia experiencia. En los últimos años el pintor ya ha adquirido una visión fulgurante, la capacidad de ver el mundo de una manera única. Las nubes se confunden con las olas salvajes, doradas. La giratoria aventura de los ojos pasea sin esfuerzo por cielos vertiginosos. Manchas que pueden leerse como barcos o rocas o animales o soles danzan sobre la tela en una hoguera recién encendida. No es que nada sea lo que parece, sino que todo es lo que cada cosa es y cada cosa podría serlo todo. Lo visionario es aquí una mirada ya purificada tras tanto y tan profundo aprendizaje. El pintor mira el mundo y, ya cerca de su muerte, lo hace como si fuera la primera vez.

viernes, 13 de agosto de 2010

LA TENDEDERA

Apenas llegaba al borde de las sábanas, entonces (qué son estas palabras, desde qué abismo surgen o desde qué vanidad), niño de ocho o nueve años que ha subido con su madre a la azotea comunal desde la que se ve el mar tendido a través de los tejados. Chorreantes, recién lavadas, transportadas en un gran barreño, las sábanas empiezan, una vez colgadas en la tendedera, a estirarse con la brisa, y el niño juega a frotar su cara entre ellas (palabras, sílabas, consonantes como recién paridas de un tacto antiguo), mientras la madre sigue tendiendo el resto de la colada. Las baldosas ardientes absorben rápidamente el agua que cae. Baldosas rojizas rodeadas de unos muros blancos en los que el niño apenas puede alongarse para ver más allá. La puerta que daba a la azotea era pesada, gruesa, de un metal descolorido. El niño no podía abrirla solo (acuden, con las palabras, las imágenes, ¿o es más bien al contrario?). Las cuerdas de la tendedera eran de alambre, de un alambre cubierto por un plástico verde. Mordido o derretido por el sol, aquel plástico no era sino una señal más del desgaste del tiempo, del pasado que había tras nosotros y que, como un coloso inmemorial, parecía habernos vomitado a los dos, al niño que era yo entonces y a mi madre, en aquel mismo instante en la azotea. No existían ya casi (adverbios que matizan, inútiles escudos contra lo absoluto del tiempo y de la inexistencia) la casa ni el colegio, el club de tenis ni la calle: solo aquellas sábanas tendidas que se balanceaban para que yo jugara a esconderme entre ellas (¿de quién, de qué, de qué palabras futuras que a su vez terminarían escondiéndome?). El niño se acercaba a la madre, la palpaba para saber si también ella estaba mojada, recién lavada como las sábanas, igualmente dispuesta a ser secada por el sol de sobremesa. Y la madre era una piel suave que lo protegía del sol: se acurrucaba contra su cuerpo, o entre su cuerpo y las sábanas, y mientras andaban juntos de un lado a otro de la tendedera la madre le hablaba (palabras olvidadas, recordadas solo acaso en lo interior de algún sueño). Qué habré dicho yo entonces, qué más habré mirado o escuchado o tocado, ¿o acaso estaba ya entonces tan alejado del mundo como lo estoy ahora?

miércoles, 11 de agosto de 2010

LA BARBERÍA

No llegaba a estar justamente en la esquina, pero desde allí se podían ver las otras tres esquinas que completaban la intersección de las dos calles. Imagino que sería sobre todo en los breves instantes de espera —desde que el barbero joven me indicaba que podía sentarme hasta que comenzaba su trabajo en mi pelo— cuando yo volvía la cabeza hacia la puerta y me extasiaba contemplando aquel cruce traspasado de luz, de una luz que ahora recuerdo blanca quizá porque de blanco estaban pintadas las maderas que enmarcaban las cristaleras a un lado y a otro de la puerta; una luz que no era tal vez entonces tan absoluta, inmóvil, inmaculada y vibrante como ahora la recuerdo, pero cuya impresión quedaba en mí marcada como a fuego en lo interior de la mente a lo largo de todo el proceso del corte de pelo, durante el cual solía cerrar los ojos —y era entonces cuando esa luz parecía no solo filtrarse a través de los párpados, bocanada de luz que invadía el pequeño recinto en que el barbero joven y el barbero viejo se movían, casi flotando, por entre los sillones recostables, sino instalarse además más allá de los párpados, por detrás de ellos, en lo interior del ojo, o entre el ojo y la mente, en un lugar al que la memoria ha podido seguir yendo a beber en todos estos años, un lugar que nació para ser la morada de esa luz de las tardes en que yo iba, de niño, a cortarme el pelo en aquella barbería.

Pero no era solo la luz. Aquellas esquinas irradiaban vida. Los coches venían lanzados por los tres carriles de sentido único desde el centro de la ciudad en dirección a la costa, al puerto o a las playas. Su ruido se mezclaba al de las voces de quienes se paraban un rato a saludar en la puerta de la barbería: vecinos del barrio, empleados de los otros negocios de esa misma calle. Entonces el barbero joven invitaba a aquella voz al incesante parloteo del lugar, y el transeúnte entraba un momento o se quedaba en el umbral de la puerta unido a una conversación sobre política, entresijos de la vida del barrio, gente de otro tiempo o desaparecida, fútbol o cualquier otro tema imaginable. Mi condición de niño, unida a mi timidez, era la excusa para quedarme siempre callado, y con los ojos cerrados lo escuchaba todo con curiosidad, con extrañeza: lo que comprendía, que era poco, y lo que no comprendía, que era todo lo demás. No sé si porque en cierto modo aquellas voces, pese al griterío que formaban, me parecían ya entonces lejanas, o porque las escuchaba como desde un sueño de autista, o bien porque han estado desde siempre unidas en el fondo a esa luz tan poderosa, pero lo cierto es que de alguna manera esas voces siguen rondando mi cabeza como si nunca hubieran dejado de emitirse.

La barbería ya no existe. Quién hubiera dicho que el negocio vecino, una bodega andaluza seguramente mucho más antigua y que debe de ser hoy en día la única de la ciudad, con sus inmensos toneles amontonados unos sobre otros en una penumbra que la antipatía de los dueños no hacía demasiado acogedora, iba a sobrevivir a aquella barbería siempre llena de vida. No sé si el barbero viejo, que era el jefe, habrá muerto, o si la edad lo habrá forzado a jubilarse. Ya entonces me parecía bastante mayor, adusto y apagado. El barbero joven, en cambio, era jovial, incansable, rápido y acaso más eficaz en su trabajo. (Siempre era él quien me cortaba el pelo, tal vez por alguna inicial indicación de mi madre que se convirtió en una costumbre que el barbero viejo aceptaba con resignación.) Hace poco pasé frente al local. Se había convertido ya en otro negocio, no recuerdo ahora de qué tipo porque apenas me fijé en él. Sin duda habrán desmantelado la larga repisa en la que descansaban las colonias, las lociones, las tijeras, las navajas, todos aquellos productos e instrumentos ya entonces pasados de moda; habrán retirado el gran espejo por el que yo veía parte de la calle sobreiluminada y también una enorme fotografía de un acantilado colgada en la pared; habrán, inevitablemente, arrancado de cuajo los sillones recostables. Había al fondo dos puertas: una daba, creo, a los lavabos. La otra fue siempre un misterio: era, creo, lo único que allí le opuso resistencia al imperio de la luz.

miércoles, 4 de agosto de 2010

LOS DESBOCADOS

¿Cómo llamarlo, engañoso esplendor, abanico de espumas, teatrillo de sombras, sórdido engranaje de malentendidos, arrabalesca algarabía, brillante podredumbre, adictiva turbulencia de voces o abismo al que una noche me asomé hasta estar a punto de no volver de él? Tres son los personajes, yo uno de ellos. Los otros dos quedaron frágilmente inmortalizados en una foto que les tomé en los lavabos de un bar —los tres allí dentro como sardinas en lata, la botella de cerveza en equilibrio sobre el muslo de uno de ellos, que la señala con el índice, mientras el otro junta su cabeza con la suya, payasesco, inestable, alborotador, y así aparece en su lado de la foto en contraste con la hierática elegancia del primero. Este, llamémoslo el guía, puesto que lo fue de toda la fanfarria nocturno-diurno-vespertina, conserva en todo momento el equilibrio, y así la cerveza no se le derrama, y el desvarío que va desarrollando mantiene un ritmo intenso de danza ritual en la que todo concuerda. El otro, llamémoslo el perdido, no acaba de entender nada, se le caen los vasos, lo derrama todo —incluso lo que con más voracidad consume— con manotazos incontrolados, se mueve dando tumbos por aquí y por allá, torpe bailarín desbocado que acabará, como no podía ser menos, abandonando la escena de un modo violento a manos de cuatro fornidos policías. Hasta entonces, habrán pasado muchas cosas. En un coche aparcado frente al muelle, junto al club náutico, a plena luz del día, mientras parejas de jubilados se dirigen a la playa y alguna chica presumida se ha repeinado las trenzas para hacer futin por la avenida marítima, nosotros tres y el dueño del coche, un recién conocido que enseguida hará mutis por el foro, pasamos diez minutos en un frenesí de palabras hipertrofiadas mientras un estuche, golosamente espolvoreado, pasa de mano en mano en un travieso y alocado vaivén. Más tarde, el guía demuestra el tesón de sus bíceps retando a pulsos a tres o cuatro parroquianos del bar (afuera era ya plena mañana; un entrenador de tenis del club náutico, casi anciano ya, entró a tomarse un cortado con su raqueta enfundada al hombro; una señora desayunó junto a nosotros, dando muestras de una bendita paciencia). El guía gana todos los pulsos. El bar se va despoblando. Nos vamos a un barrio de perdición, en la parte alta de la ciudad, en busca de nuevos estímulos para vencer el tiempo, para vestir de noche la mañana, de vigor la fatiga y de plenitud el inmenso vacío. Dioses de un instante o, al menos, autoproclamados héroes, nos adentramos en los infiernos de bloques de viviendas pútridas, descampados cochambrosos, travestis alucinados y ventanas tiznadas bajo un sol incapaz de irradiar menos luz ante tanta miseria. El guía y el perdido salen del coche y al cabo de quince minutos regresan sonrientes como si acabaran de conseguir ambrosía de los dioses. Nos vamos a otro bar, en otro barrio no menos sórdido, pero sí tal vez menos vigilado. Allí hay vía libre para las idas y venidas al lavabo, que se suceden regularmente durante horas ante la fingida indiferencia del dueño del bar y del resto de los clientes, en su mayoría señores de mediana edad que toman tranquilamente sus cafés. El perdido se pierde por la barra, parlotea con todo el mundo sobre todo tipo de asuntos. El guía y yo lo vigilamos, intentamos advertirle, controlarlo. La danza se despliega cada vez más en ritmos diferentes. Se nos indica que sería preferible que abandonáramos el bar. En la puerta, un gitano que finge no serlo está vendiendo una radio para coche y una moderna lámpara de baño. A punto está el guía de comprar la primera, por pura ostentación. En el siguiente bar sí que le compra unas gafas de sol a un vendedor ambulante africano, por tres euros. Luego tiene lugar la escena de la captura policial, en la que el perdido, en el apogeo de su estupidez y de su descoordinación, se niega a identificarse, es cacheado, inmovilizado y humillado en el suelo, introducido en uno de los coches patrulla y conducido a dependencias policiales, mientras el guía y yo protestamos en vano, somos obligados a identificarnos y a escuchar los arrogantes sermones de los agentes (que mienten al decir que han empleado, como indica la ley, la mínima fuerza indispensable) y finalmente permanecemos los dos solos apostados a la barra del bar tomando la última cerveza.