lunes, 13 de diciembre de 2010

PARA UN HOMENAJE A ANTONIO GAMONEDA

Debió de ser este el año en que te conocí: 1996. La tarde no era especialmente fría. No recuerdo el mes. Sí que aquella mañana había recorrido León en un rápido avistamiento alucinado. La catedral, los frescos románicos de San Isidoro, las callejuelas y plazas. No he vuelto a ir a tu ciudad. Ojalá pueda hacerlo pronto. La recupero estos días leyendo tus memorias de infancia, Un armario lleno de sombra. No, no la recupero, pues nunca fue mía salvo en aquellos instantes que fijé en algún fragmento de diario y, sobre todo, en imágenes que alguna vez regresan: águilas, devoraciones y labranzas, vástagos y cepas, inscripciones en la piedra húmeda, gargantas y rastrillos, la ciudad silenciosa, dormida sobre la pira de los siglos. No fue, sobre todo, mía cuando le pregunté a mi abuelo paterno, ya al final de su vida, ya viudo, en una tarde agria e irrepetible, por su experiencia en la guerra, como militar del bando vencedor, justamente en Astorga y en León. Nada me contestó. Mudez de sus ojos, vacío en la mirada, ¿acaso ya un abismo de niebla en los recuerdos o tal vez el sordo martilleo de incontables imágenes de sangre, de violencia, de frío, de torturas, de insomnio, de fusilamientos? No sé, Antonio. Sabemos tan poco de aquellos de quienes procedemos. Toda tu obra, me parece, está recorrida por esa necesidad de ahondar en la memoria, de cavar, de adentrarse en donde no sabemos, en donde hemos nacido, en el silencio que estuvo o fue antes de nosotros.

La tarde en que te conocí no imaginé que tendría ese placer. Había quedado en León con el poeta Marcos Canteli. Elegimos esa ciudad como lugar intermedio entre Oviedo, de donde él venía, y Madrid, de donde venía yo. Después del café y de la conversación me propuso amablemente ir a visitarte. Recuerdo ahora que te llamó y le dijiste que fuéramos. Yo no daba crédito: deseé que mi timidez no estorbara el disfrute y la alegría. Creo que con tu ayuda (con la ayuda de tu sencillez y de tu cercanía) lo logré. Estuvimos unas dos horas en tu casa y me regalaste, firmada, Descripción de la mentira. Yo conocía ya, desde hacía unos años, el Libro del frío. Y acababa de conocer el frío real, el de mi primer invierno en Jena, a comienzos de 1995. Pero el frío de tu libro era más intenso aún. Poco después de nuestro encuentro en León yo regresé a Alemania. En el frío de los cuatro inviernos más que allí viví ardía siempre, por dentro, el tuyo, el frío de tu libro, que era al mismo tiempo una llama de vida.

Fue justamente en 1996, no sé si antes o después de nuestro encuentro, cuando escribí la serie La azotea – Réquiem. Se publicó cinco años después junto a ocho dibujos del pintor mexicano Vicente Rojo. Para mí es un solo poema en veinte fragmentos. Surgió como brota de pronto la sangre de una herida. Me desgarré algún lugar del alma en una visita a la azotea de la casa de mi abuela. Allí había tenido un palomar un primo mío muerto cuando yo era un niño en un accidente de moto. Seguían intactas las repisas donde descansaban las palomas. Mi abuela cuidaba de un montón de flores y plantas repartidas en macetas por toda la azotea. Unos alambres medio oxidados servían para colgar la ropa, que en poco tiempo al sol quedaba seca. Yo no fui sólo yo en aquella visita: alguien me acompañaba y susurraba palabras que casi siempre el aire se tragaba. Me detuve en la muerte como quien ya no quiere habitar otro lugar, y la muerte era el abismo que me separaba de la calle, la caída al asfalto, el cielo negro, la carne que se estrella contra la ausencia de carne, el palomar vacío, el sol en su repiqueteo infame sobre las pupilas de un niño o de una anciana. Algo se desgarró. Algo se detuvo en un desgarramiento. Algo brotó. Algo pude salvar. Estas palabras que ahora, Antonio, te ofrezco.*

* Texto leído el 15 de abril de 2009 como introducción a una lectura de La azotea - Réquiem en el congreso "Antonio Gamoneda. La palabra dañada", celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

3 comentarios:

  1. Me encanta tu homenaje a este escritor, cuya obra creo que debiera estudiarse en bachiller. Las notas recordatorias y llenas de meláncolia a tus abuelos llenan el relato de ternura.

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  2. Muchas gracias por tu comentario, que como siempre revela una lectura atenta y pasional. Un saludo.

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  3. Me gusta el texto, como "La azotea-Réquiem" o el "Libro del frío" y "Lápidas". Hermosa rememoración de esos momentos privilegiados en que el poeta joven conoce a un gran poeta, su "presencia casi mítica", como decía Cernuda al recordar su primer encuentro con J.R.J. en los Reales Alcázares de Sevilla. ¡Enhorabuena!

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