viernes, 10 de diciembre de 2010

BREVE MONÓLOGO AL ATARDECER


In memoriam Alberto Giordano


Todo está preparado. El silencio es el justo. Para qué. Para nada. La ausencia de mí mismo en mí comienza ahora. Todo está ya de más. Cualquier paso que dé será ilusorio. Cualquier deseo quedará sin cumplirse. Ninguna nueva amistad cuajará para siempre. El silencio es el justo porque en él escucho voces que no desentonan. Líneas de sonido muy tenue trazan en el fondo de este instante un mapa invisible de mi rostro. Sé que estoy por ahí en algún lugar, perdido, pero nunca lograré escuchar juntas todas esas voces que me dicen quién soy. Por eso estoy preparado para la ausencia. He renunciado a cualquier pregunta, a cualquier conocimiento, pues no quiero que sigan engañándome las respuestas equívocas, los saberes inútiles. Me desengaño y avanzo hacia el corazón de la nada. Me someto a los párpados que cubren mis ojos de mirada perdida, pues acaso es preferible no ver ya nada si no hay nada que ver antes que perder la mirada en lo que no puede verse. También se escuchan, por encima del canto monódico de las voces apagadas, sonidos estridentes, como de mandíbulas que rechinan o de parturientas abandonadas a su soledad. Qué hacer con ellos, me pregunto aunque enseguida aborrezca la pregunta. Luego vuelve el silencio, un silencio que anuncia el que no tardará en llegar, un silencio de rostros deshechos en llantos sin palabras, un silencio de manos acariciadas en los instantes previos a la muerte, el mismo silencio del cuerpo de un anciano solitario que se cae un día tras otro sin que nadie venga a recogerlo. El cuerpo anduvo tras el estertor de un sentido. Indagó las presencias, palpó carnes convulsas, se extendió sobre pieles distintas de la suya, se meció en las olas de un mar que lo abrazaba. Y ahora está de vuelta. Buenas noches. Me despido de él como si únicamente fuera a dormirse y me fuera dado volver a verlo a la mañana siguiente. Pero no está previsto despertar alguno. Se perderá en las cavidades de un sueño sin fin. Nada está preparado. Todo ocurrirá de golpe, en un instante que ya no durará, que no engendrará otros instantes. Tampoco el silencio es el justo. La luz es excesiva. Las voces son tantas que ninguna puede escucharse. La vida tiembla aún demasiado bajo los párpados de quien se aleja.

2 comentarios:

  1. Bellísimo texto sobre don Alberto Giordano, a quien tanto se le echa de menos. La muerte siempre crea un sentimiento o una sensación de incredulidad, más aún la muerte de un ser querido o admirado. Es muy hermoso.

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  2. Gracias, querido Iván, por este comentario tuyo y por los demás a diferentes entradas del blog. Alberto Giordano es una de esas ausencias que siguen presentes: la fuerza de su inteligencia y la ternura de su corazón conmovían, creo, a cualquiera que lo conociera. Por suerte, son muchos quienes los recuerdan y mantienen vivo ese recuerdo. Un abrazo.

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