viernes, 7 de mayo de 2010

UN NUEVO LIBRO DE EUGENIO PADORNO

* Eugenio Padorno, La echazón, Anroart Ediciones, Colección La llama sin brasa, Las Palmas de Gran Canaria, 2010.

Una fiebre. La videncia de imágenes que han sido atesoradas muy adentro, en vigilias innúmeras, insomnios junto al sueño del mar, al borde de una echazón. El poeta no canta: silabea. Su silencio y sus sílabas se anudan para decir lo que es casi imposible decir, lo que se anuda en torno a unas varillas oscilantes que no son sino las sombras de una vaga idea que lleva columpiándose durante años en la mente. El poeta no canta: restituye. Y en este arduo intercambio al que se ha sometido sabe que se ha expuesto a perderlo todo desde el principio. Se ha tendido en la arena, busca el puro cuerpo gozoso en la arenosa raíz de la memoria. Y lo encuentra para enseguida perderlo. El poeta no canta: se desnuda. Olvida la ansiedad de otras épocas, la compulsiva “punta de carbón del lápiz” sobre el papel, los rostros con que se dotó en su afán de encontrarse más allá de las sombras. Se desnuda de todo, de sí mismo. Confronta lo que ve a lo que no ve y escoge esto último porque le parece más verdadero. El poeta no canta: palpa. Y su tacto desgrana unas pocas palabras indecisas, para qué harían falta muchas, desbordarse sin fin, si justamente el fin de la palabra es la disolución. En la luz no visible encuentra a quien lo acompañaba entonces y ahora sigue a su lado en una serenidad que otros llaman amor. “Qué oscuro y hondo el centro de la madeja del instante”, le oímos decir. El poeta no canta: presenta. Desunce los oscuros restos de la calcinación de la fragua en que vive, en que arde en cada instante para ver y decir. La quietud del presente contiene la fábula ardorosa del pasado. La contiene y la niega. La distancia y la entraña. Rebosan de lo que ahora aletea, aun en una fijación que simulara el más sumiso aquietamiento, las piruetas, los festines de las más saltarinas veletas de la vida. El poeta no canta: respira. Pero su respiración es la de un “ahogado vivo”. Está y no está. Ha desaparecido aunque se siga revelando. Subyace en donde antes yacía. Desentumece sus huesos que entrechocan como desgajados de la carne: y ese sonido es la nueva vida en su júbilo agrietado. El poeta no canta: habla. Su “carne habladora” es todo lo que tiene. Pero ese poco que es su todo persevera, entre la luz de un mediodía ardiente de verano y la callada noche inundada de estrellas, en su “oscura ganancia”. Oscura porque apenas parece contener un mínimo resto de la doble luz que la cerca. Ganancia porque a pesar de su pobreza y su precariedad esa carne resiste en desigual batalla y su resistencia es su triunfo. El poeta no canta: comulga. Haberse confundido, aunque fuera un instante, con el mar y los pinos, con la luz y los volcanes, es como una gracia que dura para siempre. El resto del tiempo lo dedica a aguardar, consciente de que el infierno (atlántico) en que vive va a hacer todo lo posible por no entregarle nada. Es entonces cuando el poeta pone en marcha su sortilegio. Desde el recóndito e inviolable espacio interior sale en busca de sí mismo. Da vueltas en torno a la fiebre de las imágenes y regresa cargado con tesoros que para otros son nimios. Ensimismado, se reconcentra en las marejadas que lo enredan con sus propios recuerdos, con la echazón en que las aguas interiores se aplacan y se funden con la vida. El poeta no canta: transpira. Se recuesta como para dormir y nunca duerme. La canícula es como una brasa sobre el cuerpo. Todo el calor de un sol espeso se acumula en los poros. El calor africano. El poeta no canta: descifra. Todo lo vivido es como una masa oscura, fría, atenazante, que espera el soplo de un aliento cálido, de un cuerpo, que la voltee de nuevo en la llama. El istmo o la fragua. O la fogata. Como en aquel “pisapapeles en la arena” de un poema ya antiguo, todo debe ser transformado para que pueda convertirse en sí mismo. El poeta no canta: sopla. Su cuerpo es un soplo dentro del soplo del mar, mientras pasea. Las palabras no mueven apenas el aire, al decirse, pero un pájaro súbito, entrevisto en la arena, es casi igual de leve: y llega casi hasta mover el mar. La “espiral de palabras” que el poeta ha tejido en todos estos años (un poeta secreto, al que apenas se lee, al que apenas se atiende) se sostiene frágilmente, como la punta de un hilo, en las manos de un “extraño” que no es otro sino él mismo desde este costado del tiempo. ¿Qué trasiegos, qué vueltas y revueltas, qué extrañas travesías, qué paseos por qué laberintos ha estado dando esa espiral de palabras? Las palabras no nos dicen dónde han estado: simplemente nos invitan a un viaje.

2 comentarios:

  1. Estimado Rafa: gracias por este texto tan bello sobre uno de los más interesantes y personales poetas vivos en lengua española, Eugenio Padorno. Muy hermoso su libro "La echazón".

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  2. Gracias de nuevo, amigo Iván. Coicidimos en nuestro aprecio por Eugenio Padorno. Espero verte pronto, que hace ya tiempo desde la última vez. Un saludo.

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