sábado, 29 de mayo de 2010

CLAUDIO MAGRIS EN LANZAROTE

“Tener o no tener palabra”: sobre este controvertido asunto versó parte de la conversación que mantuvimos quienes compartimos la suerte y el honor de acompañar a Claudio Magris en la cena que siguió a su conferencia en la Fundación César Manrique el pasado 4 de febrero. La palabra, no tanto como la capacidad de hablar (tan vanamente usada con frecuencia), sino como la garantía de la honestidad, el compromiso en un pacto de verdad respecto al otro, la transparencia confirmada de las intenciones y de los actos. Y se habló con cierta añoranza, como si no fueran los tiempos actuales los más propicios para esa “palabra” dada como máximo signo de un acuerdo, de una amistad, de un nudo entre personas. Quizá, me quedé pensando aquella noche, ya solo en mi habitación de Mozaga después de la cena, toda la obra de Magris hasta ahora haya sido la búsqueda de esa palabra auténtica, palabra-acción o palabra-pacto con y junto a los otros, una búsqueda, sin duda, consciente de tantos límites, de la precariedad del individuo, de la sinrazón de la historia, de las fronteras de todo tipo entre un ser y otro, de tantos y tantos obstáculos para la afirmación sin sombra de esa difícil palabra, pero búsqueda denodada al cabo.

Lanzarote, pensé luego a la mañana siguiente, mientras iba a reunirme con Fernando Gómez Aguilera, director de la Fundación César Manrique, con Magris y con su esposa para visitar el norte de la isla, no es más que un pequeño punto en el inmenso mapa de los viajes de Magris. Pero allí, en esas tierras extrañamente verdes tras las lluvias de enero, en ese lugar insólito para su mirada y quizá también para la nuestra, estaba entero ese ser que unas veces parecía un niño capaz de asombrarse a cada instante y otras alguien plenamente curtido por el sol de tantas desolaciones y naufragios. Su sencillez, su humanidad, su capacidad para escuchar y su absoluta falta de arrogancia en la conversación iban indisolublemente unidas a los cientos de observaciones lúcidas y referencias culturales siempre vividas con absoluta pasión. Mientras nos íbamos acercando al Jardín de Cactus hablamos, por ejemplo, de Gran Sertón: veredas, la fascinante novela de Guimarães Rosa. “Contiene la más extraordinaria historia de amor homosexual que he leído nunca, la única que he podido imaginarme capaz de vivir yo mismo: ese amor del alma entre Riobaldo y Diadorim es tan conmovedor que me decepcionó que al final se descubriera que Diadorim era una mujer”.

Nos asomamos luego, desde el Mirador del Río, a La Graciosa. Hasta allí quería ir Magris, con su mujer, al día siguiente, sábado. Aquel sábado, desde la Caleta de Famara, un sábado radiante, de sol poderoso aunque amable en un cielo azulísimo, los imaginé ya en La Graciosa, bañándose en sus aguas solitarias, como Magris quería, inmerso por unas horas en un mar apartado, casi intacto, alejado tanto de sus recuerdos de infancia como de los horrores de la historia (no del todo, es cierto: los horrores han proseguido y pasan en forma de pateras y cayucos muy cerca de ese mar). Imaginé a Magris allí, en su otro mar, henchido de alborozo, en el mar del amor que engendra olas casi de otro mundo. Deseé, como Fausto, que ese instante se detuviera. Y pensé que la palabra tendría, tal vez, que intentar ser como ese mar en calma en que nadaba Magris: limpia, amorosa, transparente.

1 comentario:

  1. Bellísimo texto, querido Rafa, sobre Claudio Magris, sin duda, uno de los intelectuales más valiosos y lúcidos de hoy. Lástima no haber estado en ese extraño Lanzarote hablando sin fin de Guimaraes Rosa, lastimosamente tan poco conocido y valorado, como mucha de la mejor literatura brasileña. Abrazso.

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